El carruaje avanzaba a paso lento por los distritos nobles, abriéndose camino entre la niebla espesa que se derramaba desde el río hasta las calles empedradas de la capital. El silencio dentro del vehículo no era distante; era un espacio denso, cargado de una intimidad casi sofocante tras el enfrentamiento en los pórticos del Templo de la Luz.
Con la espalda apoyada contra el pecho de Kaelen, podía sentir cada respiración profunda que daba, así como el ritmo sordo y firme de su corazón marcando el paso. Su mano, aún entrelazada con la mía, presionaba mis dedos con una fuerza constante, como si necesitara verificar en la penumbra que yo seguía ahí, que la farsa de la corte no me había arrebatado de su lado.
«En el texto de «El ascenso de la paloma de oro», este trayecto nocturno era el preludio de la tragedia. La Elara del libro, sola y desesperada tras haber sido humillada públicamente por Sara en la catedral, intentaba esa misma noche enviar una carta de chantaje torpe que terminaría usando el Sumo Sacerdote para encarcelarla por difamación religiosa».
Pasé la yema del pulgar por los nudillos de Kaelen, sintiendo las cicatrices finas que cruzaban el dorso de su mano, vestigios de las batallas en las fronteras heladas del Norte. El libro que llevábamos en el asiento de enfrente no era una carta de chantaje desesperada; era una sentencia de muerte política redactada con la propia tinta del Templo.
—Estás muy callada, Elara —murmuró Kaelen contra mi sien. Su aliento tibio rozó mi piel, enviando una sacudida eléctrica que llegó hasta la base de mi nuca—. Tu mente está en otra parte. Estás contando los pasos que faltan en el tablero.
—Estoy pensando en cómo la corte siempre favorece a ciertas personas, Kaelen —respondí en voz baja, cuidando cada palabra para no delatar la verdad de mi origen mientras giraba un poco la cabeza para mirarlo. En la penumbra del carruaje, sus ojos violetas atrapaban los tenues destellos de los faroles exteriores, brillando con una luz magnética—. Gente como Sara... no importa cuántas faltas cometan o a cuántos inocentes pisoteen, el Imperio siempre parece perdonarlos y ponerles la corona de la virtud encima.
Kaelen entrecerró los ojos, analizando mis palabras con esa lucidez felina que ahora, libre de la ceguera, resultaba casi desarmante. Desató el agarre de nuestras manos solo para subir sus dedos por mi brazo, delineando el borde de terciopelo de mi manga hasta alcanzar mi hombro.
—Este Imperio no perdona la debilidad, Elara. Y Sara no es una diosa intocable; es solo una mujer con suficiente oro para comprar el silencio de los estúpidos —su tono se volvió más bajo, más oscuro, impregnado de esa posesividad que ya no intentaba matizar ante mí—. Si el destino de la corte pretendía coronarla sobre nuestras cenizas, nos encargaremos de destrozar ese desenlace con nuestras propias manos. No hay ningún poder en esta capital que vaya a arrancarte de mi lado.
El carruaje viró a la izquierda, entrando finalmente al patio interior del Palacio de Escarcha. El sonido de los cascos de los caballos sobre las losas heladas anunció nuestra llegada, pero ninguno de los dos hizo el menor ademán de moverse cuando la carroza se detuvo por completo.
Un lacayo se acercó para abrir la portezuela, pero Kaelen alzó una mano en un gesto imperioso desde la sombra, ordenando con un solo movimiento que nos dejaran a solas. La portezuela permaneció cerrada, aislándonos del aire gélido de la madrugada.
Kaelen se inclinó sobre mí, atrapando mi barbilla entre su pulgar y su índice. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, tan cerca que pude ver el leve temblor de sus pupilas violetas mientras recorría cada milímetro de mis facciones.
—Mañana al amanecer, Julian empezará a hacer las copias de los registros del Sumo Sacerdote —dijo, y su pulgar acarició mi labio inferior con una presión deliberada que me hizo contener el aliento—. Enviará los duplicados por tres rutas distintas hacia la fortaleza del Norte, para asegurarnos de que aunque la capital se vuelva un caos, las pruebas sobrevivan. Pero esta noche... esta noche la corte se queda afuera.
—Kaelen... —su nombre volvió a escaparse de mi garganta como una provocación involuntaria.
—Quédate conmigo esta noche en el ala oeste, Elara —pidió en un susurro ronco, desprovisto de la arrogancia del señor de la guerra, dejando ver por un segundo la vulnerabilidad del hombre que había pasado diez años congelado en la oscuridad—. No quiero volver a despertar en una habitación donde no pueda sentir tu presencia. Si el conflicto estalla en la Recepción del Eclipse, quiero que nos encuentre unidos.
Sostuve su mirada, sintiendo el peso de la decisión. La Elara del guion original jamás habría conocido esta devoción, jamás habría tenido a su lado a un guerrero dispuesto a desafiar al Imperio entero por un solo roce de sus manos.
—El ala oeste suele ser muy fría, Conde —respondí con una sonrisa lenta, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas al enredar mis dedos en el cuello de su túnica militar—. Tendrás que asegurarte de que el fuego del Norte sea suficiente para mantener la estancia cálida.
Kaelen dejó escapar una risa baja, un sonido sordo y lleno de una satisfacción salvaje. Sin agregar una sola palabra, me tomó en brazos con una facilidad pasmosa, empujando la portezuela para salir a la noche helada, llevándome consigo hacia el interior del Palacio de Escarcha bajo el resguardo de la nieve.