Las puertas de roble macizo de la recámara principal en el ala oeste se cerraron tras nosotros con un chasquido sordo y definitivo, dejando el frío de la capital y los rumores venenosos de la corte al otro lado del umbral.
En la gran chimenea de piedra tallada, los leños de madera del Norte ardían con un fuego azulado y constante, inundando la amplia estancia con un resplandor cálido y el perfume limpio a resina y nieve.
Kaelen no me bajó de inmediato. Me sostuvo contra su pecho un segundo más de lo necesario, como si temiera que el suelo de mármol fuera a desvanecerme. Cuando mis pies tocaron finalmente la suave alfombra de pieles que cubría el suelo, su agarre en mi cintura no disminuyó; solo se transformó en un reclamo silencioso.
—El Norte es frío, Elara... pero este palacio jamás había ardido tanto como esta noche —su voz fue un susurro áspero, quebrado por una necesidad que ya no intentaba contener bajo la máscara de señor de la guerra.
Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices de batalla, subieron con una lentitud deliberada hasta los broches de plata de mi capa de terciopelo azul noche. Los desprendió uno a uno sin apartar sus ojos violetas de los míos. La tela pesada cayó al suelo en un suspiro sordo, dejándome únicamente con el vestido de seda oscura, ceñido al torso por las varillas del corsé.
«En las páginas de «El ascenso de la paloma de oro», las pocas escenas íntimas entre los protagonistas estaban llenas de una falsa sumisión donde la mujer se reducía a una sombra pasiva del Gran Duque. Pero lo que ardía en esta habitación no tenía nada que ver con un libreto de sumisión. Esto era un pacto absoluto entre dos voluntades de acero».
Kaelen dio un paso adelante, acorralándome con suavidad contra una de las altas columnas de piedra de la recámara. Sus dedos se deslizaron hacia la nuca, desatando la cinta que recogía mi cabello, dejando caer los mechones azul noche sobre mis hombros y mi escote.
Un leve escalofrío me recorrió la piel cuando la yema de sus pulgares acarició la línea de mi clavícula.
—Por diez años viví en la oscuridad, rodeado de monstruos y traidores —murmuró Kaelen, inclinándose hasta que sus labios rozaron el espacio sensible justo debajo de mi oreja, haciéndome jadear—. Y cuando mis ojos se abrieron de nuevo... lo primero que vi fue a una mujer dispuesta a prender fuego al Imperio para no ser la víctima de nadie.
—No soy una santa que busca redimirte, Kaelen —respondí en un hilo de voz entrecortado, sintiendo el calor de su cuerpo envolverme por completo mientras mis manos se alzaban para aferrarse a las solapas de su túnica militar—. Si te quedas a mi lado, serás el cómplice de una villana.
Kaelen dejó escapar una risa baja, profunda, un sonido lleno de triunfo oscuro.
—Nunca quise a una santa, Elara. Las santas solo sirven para los altares del Templo... y yo pertenezco a las sombras.
Sus labios capturaron los míos con una voracidad que me robó el aliento. No hubo dudas ni titubeos cortesanos. Sus manos encontraron los cordones traseros de mi corsé, aflojándolos con una destreza firme hasta que la prenda cedió, permitiendo que el aire caliente de la chimenea envolviera mi piel. Mis dedos se abrieron paso bajo la seda de su camisa, recorriendo la amplitud de sus hombros y la dureza de su pecho, sintiendo el ritmo frenético de su corazón colisionando contra el Sello Imperial, cuya luz violeta pulsaba suavemente bajo su carne.
Kaelen me levantó de nuevo, llevándome hacia el gran lecho con dosel cubierto de terciopelo y sábanas de seda oscura. Cuando su peso me cubrió, la diferencia entre su fuerza descomunal y la delicadeza reverente con la que me tocaba me dejó indefensa. Cada caricia suya era un reclamo territorial, como si quisiera grabar su nombre en cada centímetro de mi piel, borrando cualquier vestigio del pasado que Sebastián alguna vez pretendió poseer.
—Mírame, Elara —ordenó en un susurro ronco, atrapando mis muñecas y entrelazando sus dedos con los míos contra la almohada mientras sus labios descendían por mi garganta, por mi pecho, encendiendo un rastro de fuego líquido a su paso—. Quiero que tus ojos solo me vean a mí.
Sostuve su mirada en medio de la penumbra dorada de la habitación. Sus pupilas violetas estaban dilatadas, devorándome con una devoción salvaje, libre por fin de la ceguera y del aislamiento.
Cuando nuestros cuerpos se unieron por completo en la penumbra del ala oeste, no hubo espacio para el frío del Norte ni para las amenazas de la capital. Fue una entrega absoluta, marcada por el ritmo febril de su respiración y el compás acelerado de nuestros latidos, uniendo las sombras de su linaje con el fuego implacable de mi propia determinación.
En esa cama de piedra y seda, la última página del destino que el libro pretendía imponernos ardió hasta convertirse en cenizas, sellando nuestra alianza en la carne antes de que la luz del amanecer volviera a exigirnos la guerra.