Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 34 —El cerco en la aduana

El viento del mediodía cortaba como navaja sobre las calzadas de piedra del Distrito de las Aduanas. Los grandes almacenes de ladrillo rojo y vigas de hierro bordeaban el canal fluvial, donde docenas de carretas pesadas cubiertas con lonas de lino beige se alineaban en fila india. Los bueyes resoplaban vapor blanco en el aire frío, listos para emprender la marcha hacia las provincias del Oeste.

​En los costados de cada carruaje colgaban los estandartes ducales: la insignia de la flor de lirio de Lady Sara y el león dorado de Sebastián. Era una exhibición ostentosa de caridad; un desfile diseñado para que la plebe aclamara a la futura Gran Duquesa antes de la caída del sol.

​Avanzamos por el muelle de carga con una escolta reducida de caballeros del Norte. Yo vestía un traje de viaje de lana azul medianoche, forrado en piel de zorro blanco, con la espalda recta y las manos resguardadas en un manguito a juego. A mi lado, Kaelen caminaba con esa pesadez imperial que imponía silencio a su paso. Su abrigo militar negro ondeaba al compás del viento, dejando ver la empuñadura de obsidiana en su cinto. Aunque ya no usaba la venda de seda, sus ojos violetas mantenían un brillo glacial que congelaba a cualquier inspector que se atreviera a sostenerle la mirada.

​—¡Alto en nombre de la Casa Ducal! —un oficial de aduanas con el uniforme amarillo del Sur se interpuso en nuestro camino, alzando una vara de mando con manos temblorosas—. Estos cargamentos cuentan con la bendición del Templo de la Luz y la firma directa de la honorable Lady Sara. Tienen salvoconducto prioritario para partir hacia el Oeste de inmediato.

«En el volumen correspondiente de «El ascenso de la paloma de oro», nadie osaba cuestionar este convoy. La marcha de las carretas era el momento cumbre en el que Sara se ganaba el título de "Madre del Pueblo", consolidando una muralla de simpatía popular que impedía cualquier investigación futura sobre los graneros vacíos del Sur».

​Me detuve frente al oficial, esbozando una sonrisa fría y comedida que no llegó a mis ojos.

​—Un salvoconducto solo es válido si los bienes declarados corresponden a los manifiestos fiscales de la corona, oficial —dije, mi voz alzándose con una claridad cristalina que atrajo la atención de los estibadores y comerciantes cercanos—. Y según los registros del Alto Tesoro Imperial, las reservas de grano del granero número tres no han sido pagadas con fondos privados, sino requisadas bajo una orden de emergencia con sellos adulterados.

​El oficial palideció al instante, mirando con desesperación hacia el fondo del muelle, donde una comitiva acababa de descender de un carruaje con cortinas de seda blanca.

​Sara avanzó por el muelle con paso apresurado, envuelta en un manto de terciopelo marfil con bordes de armiño. La corona de trenzas doradas descansaba impecable sobre su cabeza, pero la tensión en las comisuras de sus labios delataba que la noticia de nuestra presencia había roto su itinerario milimétrico. Detrás de ella venía el Capitán Vane, el comandante de la guardia personal de Sebastián.

​—Lady Elara... Conde Kaelen —Sara forzó una inclinación de cabeza impregnada de una devoción teatral ante los curiosos que se arremolinaban en las esquinas—. No comprendo esta interrupción. El pueblo del Oeste sufre hambre y frío debido a las malas cosechas. ¿Acaso la nobleza del Norte tiene tan poco corazón como para bloquear el pan de los necesitados por una simple disputa de etiquetas?

​El murmullo de la multitud comenzó a subir de tono. Sara estaba jugando su carta habitual: manipular la moral colectiva para pintarnos como tiranos insensibles.

​Kaelen dio medio paso al frente, colocándose sutilmente delante de mí. Su sombra se alargó sobre el muelle de madera, y la temperatura pareció descender un par de grados en un segundo, acallando de golpe los murmullos de los estibadores.

​—El Norte sabe muy bien lo que es el hambre, Lady Sara —la voz profunda y cavernosa de Kaelen retumbó como un trueno en el canal—. Lo que no toleramos es que se use el hambre de la gente humilde para encubrir un fraude fiscal contra la corona.

​Julian dio un paso adelante a una señal mía, arrojando sobre una de las cajas de madera un legajo de pergaminos sellados con el lacre escarlata de la Tesorería Central.

​—Esta es una orden de inspección directa emitida por el Tribunal de Cuentas —anuncié, dando un paso al costado de Kaelen para encarar a la protagonista con absoluta firmeza—. Los libros contables del Templo que auditamos anoche demuestran que usted no pagó por este trigo, Lady Sara. Usó certificados de donación falsificados para vaciar las reservas estratégicas del Estado a un tercio de su valor real. Si estas carretas cruzan la aduana sin el pago de las tasas correspondientes, usted y sus albaceas estarán cometiendo delito de contrabando y malversación de recursos imperiales.

​Sara tragó saliva con dificultad. Su mirada azul, habitualmente mansa, destelló con un odio puro y visceral al reconocer los números de registro que Julian había expuesto. Sabía que teníamos los libros del altar; sabía que el cerco se estaba cerrando.

​—¡Es una calumnia absurda! —exclamó el Capitán Vane, dando un paso al frente y apoyando la mano en su espada—. ¡Lady Sara es la prometida del Gran Duque Heredero! ¡No permitiré que unos señores de la frontera manchen su honor en suelo sagrado!

​Antes de que el capitán pudiera desenvainar un solo centímetro de acero, Kaelen se movió con la rapidez de un espectro.




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