El carruaje negro del Norte cruzó el portón de hierro del Palacio de Escarcha justo cuando los primeros copos de una ventisca vespertina comenzaban a golpear los cristales. La victoria en el Distrito de las Aduanas había dejado un sabor dulce y gélido en el paladar, pero el peso de la represalia flotaba en el aire de la capital como una nube de tormenta.
En cuanto entramos al gran vestíbulo de piedra, Kaelen desabrochó su abrigo militar con un movimiento brusco, arrojándolo sobre el respaldo de un sillón sin mirar a los sirvientes. Sus ojos violetas no se habían apartado de mi rostro desde que abandonamos el canal fluvial.
—Retírense todos —ordenó el Conde, su voz profunda rebotando en los techos abovedados con una autoridad indiscutible—. Nadie sube al ala oeste hasta el amanecer, ni siquiera Julian, a menos que el palacio esté en llamas.
Mina y los dos guardias hicieron una reverencia apresurada y desaparecieron por los pasillos laterales, dejándonos en una soledad absoluta.
Kaelen no esperó a que subiéramos las escaleras con la parsimonia de la etiqueta. Atrapó mi mano con firmeza, entrelazando sus dedos enguantados con los míos, y tiró de mí con pasos largos y decididos hacia sus aposentos privados. Sentía el calor abrasador que emanaba de su cuerpo; la confrontación con el Capitán Vane y el uso de su magia de sombras en la aduana habían dejado su pulso acelerado y su sangre hirviendo.
Al cruzar la puerta de su recámara, la cerró de un golpe seco con el pie y pasó el cerrojo de hierro.
En la chimenea, el fuego azul del Norte crepitaba con fuerza, tiñendo las paredes de piedra y los muebles de roble oscuro con un resplandor místico. Kaelen me acorraló de espaldas contra la madera maciza de la puerta antes de que pudiera quitarme los guantes de zorro. Apoyó ambas palmas a los lados de mi cabeza, inclinándose sobre mí con una respiración densa, pesada, que golpeó directamente mis labios.
—La forma en que te paraste frente a esa mujer en el muelle... —murmuró, y su voz fue un siseo ronco, cargado de una fascinación desbordante—. No hubo un solo segundo de duda en tu voz. Le quitaste el pan de las manos y la dejaste desangrándose ante sus propios cómplices.
—Sara creía que su condición de santa la hacía intocable, Kaelen —respondí, intentando mantener la compostura mientras la cercanía de su pecho me robaba el aire—. Solo le mostré que las leyes de este Imperio también se aplican a los protegidos de la corona.
Kaelen soltó una risa baja, gutural, y llevó una de sus manos a mi mandíbula, acariciando la piel suave de mi mejilla con su pulgar, delineando el contorno de mis labios con una lentitud tortuosa. Sus ojos violetas brillaban con un resplandor febril.
—Me estás volviendo loco, Elara —confesó, y por primera vez no había rastro de la frialdad del estratega en su tono, sino una necesidad cruda que desarmaba cualquier defensa—. Cada vez que desafías a este Imperio, cada vez que te burlas de Sebastián en su propia cara, siento que este maldito sello en mi pecho pierde toda su fuerza. No quiero gobernar el Norte solo; quiero ver caer esta corte contigo a mi lado.
De repente, Kaelen soltó un quejido sordo y apretó los dientes.
Bajo la tela fina de su camisa negra, las líneas plateadas del Sello Imperial brillaron con una intensidad repentina, proyectando pulsaciones violetas que parecían desgarrar su piel. Su respiración se quebró por el dolor del flujo mágico contenido, y las sombras de la habitación se arquearon hacia él, respondiendo a la inestabilidad de su poder.
«En «El ascenso de la paloma de oro», cuando el sello de Kaelen entraba en resonancia destructiva, el Conde se encerraba en las mazmorras a soportar el dolor en soledad hasta quedar al borde de la demencia. La maldición estaba diseñada para devorarlo vivo desde adentro».
No permití que la historia siguiera ese curso.
Sin vacilar, levanté mis manos y desabroché los botones superiores de su camisa, abriéndola para dejar al descubierto la piel firme de su pecho. Apoyé mis palmas desnudas directamente sobre las marcas luminosas del sello, sintiendo el calor ardiente que quemaba bajo sus músculos.
Cerré los ojos y dejé que la melodía ancestral de la Llave fluyera en un susurro inaudible a través de mi contacto.
El efecto fue inmediato. Al sentir el roce de mi piel y la calma de mi presencia, las pulsaciones violetas comenzaron a ceder, transformándose en un suave destello plateado que se adaptó al ritmo pausado de mi respiración. El dolor en los ojos de Kaelen se disipó, reemplazado por un alivio profundo que lo hizo exhalar un suspiro tembloroso contra mi frente.
—El sello no puede contener lo que sientes, Kaelen —le susurré, abriendo los ojos para encontrarme con su mirada devoradora—. Cada vez que tu magia responde a mí, la maldición pierde un eslabón.
Kaelen atrapó mis manos, manteniéndolas firmemente pegadas a su pecho, justo sobre los latidos salvajes de su corazón.
—Entonces deja que se rompa, Elara —su voz se quebró en un ruego desesperado—. Deja que arda en pedazos. No me importa el dolor ni la oscuridad, siempre y cuando el final de esa maldición me deje en tus brazos.
Se inclinó y atrapó mi boca con un hambre devastadora.
Fue un beso profundo, urgente y desprovisto de toda calma, como si el alivio del dolor hubiera desatado una tormenta aún más peligrosa. Me levantó del suelo con una facilidad asombrosa, cargándome en sus brazos mientras sus labios no se separaban de los míos ni por una fracción de segundo.