Mientras el fuego consumía la frialdad del ala oeste en el Palacio de Escarcha, en la mansión de verano de la familia ducal el ambiente era de pura descomposición.
Lady Sara permanecía de pie frente a la chimenea de mármol blanco de su tocador. Ya no vestía el manto inmaculado de armiño con el que se presentaba ante los pobres; llevaba una bata de seda escarlata con las mangas arrugadas. En el suelo yacían esparcidos los restos de tres frascos de perfume de cristal veneciano que había estrellado contra la pared en un ataque de cólera incontenible.
La puerta de sus aposentos se abrió y Sebastián entró sin anunciarse. El Gran Duque Heredero traía el cabello revuelto, la casaca desabrochada y un vaso de licor fuerte en la mano. Su semblante, antes arrogante y pulcro, reflejaba la paranoia y la humillación que lo consumían por dentro.
—Los inspectores de aduanas enviaron el reporte directo al despacho de mi madre —dijo Sebastián, su voz arrastrando las palabras con una mezcla de alcohol y rabia—. Las carretas están confiscadas bajo la guardia de los caballeros del Norte. El Consejo de Nobles está exigiendo explicaciones sobre el faltante en los graneros del Sur. ¡Nos hiciste quedar como unos ladrones frente a toda la plebe, Sara!
Sara se giró hacia él con los ojos encendidos en un odio venenoso, una expresión tan retorcida que hizo que Sebastián se detuviera a medio paso, desconcertado. Jamás había visto a su "santa" mostrar una fealdad semejante.
—¡Cállate, Sebastián! —siseó Sara, apuntándolo con un dedo tembloroso—. ¡Si esas carretas cayeron fue por culpa de tu incompetencia! ¡Tú me aseguraste que Boriska se encargaría de eliminar a Elara en los muelles secos! ¡Me dijiste que tus mercenarios no fallarían!
—¡Elara no es la misma de antes! —rugió Sebastián, estampando el vaso de licor contra la mesa—. ¡La tuviste enfrente en el muelle! ¡Se mueve con la seguridad de un general y tiene a Kaelen protegiéndola como a una fiera! ¡Ese maldito bastardo ciego casi le rompe el brazo al Capitán Vane en mis narices!
Sara apretó los puños, respirando con dificultad. Caminó hacia su joyero de madera tallada y extrajo un pequeño frasco de cristal negro, sellado con plomo y decorado con la runa de una serpiente bicéfala.
Sebastián palideció al reconocer el objeto.
—¿Eso es...?
—La Lágrima de la Sombra Blanca —susurró Sara, su voz recuperando una calma siniestra que helaba la sangre—. Un veneno inodoro e insípido traído de las islas del Este. No deja rastros en la autopsia. Provoca una parálisis pulmonar que los médicos de la corte atribuirán a una muerte repentina por la fiebre invernal.
—Sara, mi madre tiene al Norte bajo protección temporal —advirtió Sebastián, dando un paso atrás con un ápice de cordura—. Si Elara muere envenenada en la capital, Kaelen desatará a sus tropas y marchará sobre el palacio imperial. No podemos arriesgarnos a una guerra civil antes de que yo sea coronado.
Sara se acercó a él, clavando su mirada azul y desquiciada en los ojos del Gran Duque. Apoyó una mano fría sobre la mejilla de Sebastián, acariciándolo con una dulzura fingida que sonaba a amenaza.
—Kaelen no marchará sobre nadie, querido —sonrió la protagonista, con el veneno rezumando en cada palabra—. Porque el veneno no se lo daremos en su palacio. Se lo daremos en la Recepción del Eclipse, servido en la copa con la que tu madre brindará por la paz de las cuatro provincias. Cuando Elara caiga muerta a los pies del trono, acusaremos a Kaelen de haberla sacrificado en un ritual prohibido del Norte para romper su maldición. El Consejo lo ejecutará por traición y herejía, y tú te quedarás con el ejército del Norte sin disparar una sola flecha.
Sebastián miró el frasco de cristal negro y luego a Sara. La ambición por el poder absoluto y el deseo retorcido de borrar la humillación que Elara le había causado terminaron de nublar su juicio.
—¿Quién colocará las gotas en su copa? —preguntó el Gran Duque con voz sorda.
—El Sumo Sacerdote —sentenció Sara con una sonrisa triunfal—. Nadie sospecha de la mano que bendice el cáliz sagrado. Esta vez, Elara no tendrá ningún libro contable que la salve de su propia tumba.