La nieve cubrió por completo las gárgolas del Palacio de Escarcha durante los cinco días siguientes, aislando la residencia en una burbuja de silencio gélido. Sin embargo, en el interior de la fortaleza del Norte, el movimiento era incesante.
Me encontraba en la sala de cartografía del ala oeste. Sobre la mesa de roble, rodeada por tres candelabros de plata cuyas velas despedían un suave aroma a mirra, yacían los borradores del orden protocolario para la Recepción del Eclipse. Mina terminaba de ajustar los encajes de mi vestido de prueba: un diseño de seda pesada color carmesí oscuro, ceñido al talle con varillas de hierro flexible y bordado con hilos de oro que formaban espinas y rosas negras.
«En el manuscrito original de «El ascenso de la paloma de oro», el color carmesí estaba reservado únicamente para las mujeres caídas en desgracia o las acusadas de rebeldía antes de su juicio. Sara siempre vestía de blanco marfil o azul pálido para contrastar con la "oscuridad moral" de la villana. Elegir este vestido no era solo una declaración estética; era adueñarme del papel que la corte pretendía usar para condenarme y transformarlo en un estandarte de guerra».
La puerta lateral se abrió con un crujido seco. Julian entró sin anunciarse, con el rostro endurecido por el frío de la calle y una capa corta empapada de aguanieve. Tras él, Kaelen apareció desde la galería superior, bajando los escalones de piedra con esa elegancia letal que despojaba a la estancia de cualquier aire cortesano.
El Conde vestía una casaca negra cerrada hasta la garganta por broches de plata con la figura de lobos devorando soles. Sus ojos violetas, nítidos y alertas, recorrieron mi silueta de arriba abajo, deteniéndose en el escote y en el carmín encendido de la seda. Por una fracción de segundo, la frialdad de su semblante se fracturó, reemplazada por una admiración posesiva que hizo que Mina bajara la vista de inmediato.
—Déjanos, Mina —ordenó Kaelen con voz queda.
La doncella hizo una reverencia apresurada y recogió sus alfileres antes de deslizarse fuera de la habitación.
—Julian tiene noticias del Templo —dije, apoyando las manos en el respaldo de un sillón para mantener la compostura mientras Kaelen se detenía a escasos centímetros de mí, rozando deliberadamente mi brazo con el suyo.
Julian desplegó un pequeño trozo de pergamino con el sello roto sobre la mesa.
—Interceptamos a uno de los mensajeros del Sumo Sacerdote saliendo de la mansión de verano de Sara a medianoche —informó Julian, señalando los caracteres cifrados—. No usaron la red oficial de palomas del clero; enviaron a un criado a pie por los barrios bajos. El Sumo Sacerdote ha solicitado acceso especial a la sacristía del Gran Salón del Trono dos horas antes de que comience el baile del eclipse, supuestamente para "consagrar" el vino ceremonial del brindis imperial.
Kaelen entrecerró los ojos. La temperatura de la estancia pareció descender de golpe, y las sombras de los candelabros se alargaron por la pared, vibrando al compás de su pulso.
—El brindis de las cuatro provincias —murmuró Kaelen, su voz adquiriendo un matiz metálico y peligroso—. La Emperatriz siempre ofrece la primera copa a la prometida del Norte para ratificar la alianza territorial.
—Exactamente —asentí, mirando el pergamino—. Sara no arriesgará una confrontación abierta tras la humillación en la aduana. Sabe que tenemos los libros del contrabando. Su única salida es eliminarme antes de que pueda presentar los documentos al Consejo de Nobles, y culparte a ti del envenenamiento para quedarse con el control militar de tus tierras.
Kaelen dio un paso al frente, atrapando mi mandíbula entre sus dedos enguantados con una firmeza que no admitía réplica. Me obligó a levantar el rostro hacia el suyo. Sus pupilas violetas ardían con un fuego salvaje, protector, casi desquiciado por la rabia de saber que la trampa apuntaba a mi garganta.
—Nadie pondrá una sola gota de veneno en tu copa, Elara —siseó Kaelen, su aliento cálido golpeando mis labios—. Si ese clérigo decrépito se atreve a tocar el cáliz con malas intenciones, le arrancaré los brazos frente a la propia Emperatriz antes de que empiece la música.
—Si atacas al Sumo Sacerdote sin pruebas públicas, la corte te declarará un traidor sin juicio, Kaelen —le recordé, levantando una mano para posarla sobre su pecho, buscando el latido del Sello Imperial para calmar la agitación de su magia—. Tenemos algo mejor que la fuerza bruta. Tenemos el guion de su propia arrogancia.
Julian dio un paso adelante, intrigado.
—¿Qué planea hacer, mi señora?
—El Sumo Sacerdote cambiará las copas en la sacristía antes del baile —expliqué, una sonrisa gélida formándose en mis labios—. Julian, tus hombres de la sombra entrarán a la sacristía quince minutos después de que el clérigo termine su trabajo. No destruirán el veneno. Simplemente... reordenarán las bandejas.
Kaelen soltó una risa baja, gutural, comprendiendo la maniobra en el acto. La tensión en sus hombros cedió ligeramente, sustituida por una fascinación oscura.
—La copa destinada a la prometida del Norte terminará en las manos de la "Santa" —murmuró Kaelen, y sus dedos se deslizaron desde mi barbilla hasta mi cuello, acariciando la piel sensible con una lentitud electrizante—. Sara beberá de su propia ponzoña bajo la mirada de toda la nobleza.