Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 38—El juramento de obsidiana

La víspera de la Recepción del Eclipse trajo consigo la noche más oscura que la capital había presenciado en décadas. El cielo, despejado de nubes pero desprovisto de estrellas, parecía presagiar la alineación de las dos lunas que bloquearían la luz del sol al día siguiente.

​En la armería privada del ala oeste, Kaelen permanecía de pie frente a un espejo de cuerpo entero mientras dos escuderos del Norte le ajustaban las placas de armadura ceremonial sobre su túnica negra. La coraza, forjada en obsidiana pura y plata templada, llevaba grabada en relieve las runas antiguas de las montañas heladas.

​Al escuchar el sonido de mis pasos sobre las losas de piedra, Kaelen alzó la vista y despidió a los sirvientes con un leve movimiento de cabeza.

​Me detuve a dos pasos de él. Llevaba una túnica sencilla de terciopelo azul y el cabello suelto sobre los hombros. La tensión acumulada durante las últimas semanas pesaba en el ambiente como plomo fundido; sabíamos que al cruzar las puertas del Palacio Imperial a la mañana siguiente, no habría retorno posible.

​Kaelen se giró por completo hacia mí. La armadura le confería un porte aún más imponente, la silueta de un monarca de la guerra listo para reclamar su territorio. Sin embargo, en sus ojos violetas no había frialdad hacia mí, sino una devoción sombría, inquebrantable.

​—Mañana la corte entera será un nido de víboras buscando nuestro cuello, Elara —dijo Kaelen, dando un paso hacia mí. El metal de su coraza emitió un tintineo sordo—. Sebastián ha desplegado a la Guardia Dorada en todos los accesos al Gran Salón. La Regente sabe que algo va a estallar, pero ha decidido sentarse a observar quién sobrevive.

​—Que miren todo lo que quieran —respondí, acercándome hasta apoyar mis manos sobre el metal frío de su armadura, sintiendo la vibración contenida de su poder bajo la superficie—. Tenemos los libros contables, los recibos de Boriska, las matrices de los sellos del Templo y el control de la sacristía. Mañana no seremos los acusados, Kaelen. Seremos los jueces.

​Kaelen llevó su mano a la empuñadura de su espada ceremonial, una hoja negra como la noche más profunda, y la desenvainó con un movimiento limpio. Se arrodilló sobre una rodilla frente a mí sobre las losas de la armería, clavando la punta de la espada en la piedra y sosteniendo la empuñadura con ambas manos enguantadas.

​El gesto me dejó sin aliento. Un señor del Norte, descendiente directo de los reyes de la montaña, no se arrodillaba ante nadie; ni siquiera ante la Emperatriz Regente.

​—Kaelen... ¿qué estás haciendo? —susurré, dando un paso involuntario hacia atrás, pero su mirada violeta me detuvo en seco.

​—Este no es el juramento de conveniencia que firmamos en aquel carruaje, Elara —su voz resonó profunda, solemne, llena de una reverencia que me erizó la piel—. Este es el juramento de sangre de la casa de Obsidiana. Ante la noche que precede al eclipse, pongo mi espada, mis ejércitos, mi magia y mi vida bajo tu voluntad. Si el Imperio se alza contra ti mañana, quemaré sus provincias hasta reducirlas a cenizas. Si caes tú, el Norte marchará detrás de ti hacia el abismo.

​El peso de sus palabras resonó en mi alma, quebrando la última barrera que mi mente intentaba mantener con respecto al guion original. Este hombre ya no era un personaje de un libro trágico; era el dueño absoluto de mi presente, el guerrero que había elegido a su villana por encima de la corona y de los dioses.

​Me incliné hacia adelante y posé mis manos sobre sus hombros cubiertos de acero.

​—Ponte de pie, Conde —le pedí con suavidad, aunque mis ojos ardían de emoción contenida—. Los señores del Norte no se arrodillan ante nadie... excepto para reclamar a su igual.

​Kaelen se levantó con un movimiento fluido, enfundando la espada con la mano izquierda mientras su brazo derecho me rodeaba la cintura con una fuerza abrumadora, levantándome del suelo hasta que mis ojos quedaron a la altura de los suyos.

​—Mañana el Imperio sabrá quién eres, mi señora de Escarcha —murmuró Kaelen contra mis labios, antes de sellar su juramento con un beso feroz, profundo y cargado de la promesa de una victoria absoluta.




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