Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 39—El brindis de la ponzoña

El cielo sobre la capital amaneció teñido de un gris plomizo, preludio del fenómeno astronómico que cubriría el mediodía en una noche artificial. El Palacio Imperial, una colosal fortaleza de mármol blanco y torres coronadas de oro, refulgía bajo la luz mortecina, adornado con los estandartes dorados de la dinastía reinante. Cientos de carruajes nobiliarios formaban una fila interminable ante la Gran Puerta del Fénix.

​En el interior del carruaje de ébano y plata del Norte, el silencio solo era roto por el crujido de la seda pesada.

​Me miré en el pequeño espejo ovalado que colgaba junto a la ventanilla. Mi vestido carmesí oscuro caía en pliegues rígidos y majestuosos, bordado con espinas de oro y rosas negras que parecían cobrar vida con cada movimiento. El corsé de varillas de hierro moldeaba mi cintura con una severidad implacable, y sobre mi garganta descansaba una gargantilla de obsidiana pura, regalo de Kaelen tras su juramento de sangre. Llevaba los labios pintados de un rojo encendido, la marca inconfundible de quien no asiste a una fiesta para sonreír, sino para dictar sentencia.

​A mi lado, Kaelen vestía su uniforme de gala de señor del Norte: terciopelo negro noche con hombreras de plata pulida en forma de garras de lobo y la insignia de obsidiana prendida al pecho. Su porte era imponente, la viva estampa de un soberano de la guerra que ya no necesitaba ocultar la fuerza de sus ojos violetas tras una venda.

​—Toda la corte está esperando verte entrar arrastrando la vergüenza del compromiso roto con Sebastián —murmuró Kaelen. Su mano enguantada descansó sobre mi rodilla, transmitiendo un calor firme que aplacó cualquier ápice de tensión—. Esperan una mujer derrotada.

​—Encontrarán a quien vino a desmantelar su farsa —respondí, girando el rostro para sostener su mirada.

​Kaelen sonrió con esa curvatura lenta y peligrosa que me erizaba la piel. Se inclinó sobre mí, rozando mis labios con la suficiente delicadeza como para no arruinar el carmín, pero dejando grabada su posesividad en mi piel antes de que la portezuela fuera abierta por los lacayos imperiales.

​—¡El Conde Kaelen de la Casa de Obsidiana y Lady Elara Valeska! —rugió la voz del heraldo imperial, amplificada por artefactos mágicos de resonancia en la entrada del Gran Salón del Trono.

​El murmullo de cientos de nobles se extinguió de golpe cuando cruzamos el umbral.

​El Gran Salón era un monumento a la opulencia: techos abovedados con frescos dorados, lámparas de cristal que sostenían miles de velas y una doble escalinata de mármol que conducía al estrado del trono. Los aristócratas de las cuatro provincias, vestidos en sedas claras, marfiles y platas, abrieron paso con una mezcla de fascinación y temor reverencial.

«En «El ascenso de la paloma de oro», este momento marcaba la condena social de Elara. La villana llegaba vestida de forma estrafalaria, siendo el hazmerreír de las marquesas mientras Sara brillaba como la joya más pura de la capital al lado del Príncipe Heredero».

​Caminé con la barbilla en alto, apoyando mi mano enguantada en el antebrazo de Kaelen. Cada paso del Conde era pesado, marcial, dominando el espacio con la seguridad de un depredador en su propio coto de caza. Las miradas de desprecio iniciales de las damas de la corte se transformaron en asombro mudo al ver la imponencia de nuestro paso conjunto; el carmesí y el negro quebraban la monocromía complaciente de la nobleza.

​En el estrado superior, junto a la Emperatriz Regente, se encontraban Sebastián y Sara.

​Sebastián vestía el uniforme blanco y dorado del heredero, pero su rostro mostraba una rigidez enfermiza, los ojos clavados en mí con una furia desbordada al ver mi mano entrelazada con la de Kaelen. A su lado, Sara lucía un vestido de gasa plateada y encajes blancos, diseñado para imitar las alas de una paloma, con una tiara de perlas coronando sus trenzas. Sin embargo, su sonrisa angelical flaqueó por una milésima de segundo cuando sus ojos azules se toparon con la frialdad de mi mirada.

​La Emperatriz Regente, una mujer de cabellos cenizos y mirada calculadora vestida en terciopelo púrpura, alzó su copa desde el trono para exigir silencio.

​—Nobles de las cuatro provincias —proclamó la Regente, su voz fría resonando en la acústica perfecta del salón—. Hoy, bajo la sombra sagrada del eclipse de las dos lunas, ratificamos la lealtad y la unión de nuestras fronteras. Como manda la tradición ancestral, abriremos la ceremonia con el brindis de honor entre la corona y la casa gobernante del Norte.

​En ese instante, las puertas laterales de la sacristía se abrieron.

​El Sumo Sacerdote avanzó por la alfombra dorada, ataviado con sus túnicas ceremoniales de lino blanco y oro. Llevaba una bandeja de plata maciza donde reposaban dos copas de cristal tallado con el vino consagrado. La mirada del anciano clérigo cruzó una fracción de segundo de complicidad con Sara antes de dirigirse hacia el estrado real.

​A unos metros de distancia, entre los caballeros apostados en las columnas traseras, divisé la figura de Julian.

​Me dirigió un asentimiento casi imperceptible con la cabeza. La trampa estaba lista: las bandejas habían sido intercambiadas en la sacristía quince minutos antes. El veneno no aguardaba a la prometida del Norte; aguardaba a la "Santa" del Imperio.




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