Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 40—La caída de los ídolos

El eco de mi acusación resonó en las bóvedas de mármol con la fuerza de un decreto inapelable. En el Gran Salón, el pánico de las marquesas se transformó en un silencio helado, roto únicamente por los jadeos estertóreos de Sara en el suelo y el crujido del cristal roto bajo las botas de los guardias.

​Sebastián sostenía a Sara entre sus brazos, con la casaca blanca manchada del vino envenenado. Su mirada pasaba de la espuma en los labios de su prometida al frasco de cristal negro que yo sostenía en alto. La soberbia del Gran Duque Heredero se había desmoronado por completo, reemplazada por el terror de una fiera acorralada.

​—¡Mientes! —rugió Sebastián, levantando una mano temblorosa hacia mí, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Es una trampa del Norte! ¡Elara envenenó la copa para asesinar a la futura Gran Duquesa y sembrar el caos en la corte! ¡Guardias, ejecútenla por regicidio en grado de tentativa!

​Los caballeros de la Guardia Dorada del Sur dieron tres pasos al frente, desenvainando sus espadas con un siseo metálico coordinado.

​Antes de que el primer filo pudiera apuntar hacia mí, la luz de las lámparas de cristal del techo parpadeó y se extinguió en una ráfaga helada.

​Kaelen se interpuso frente a mí. Su silueta de terciopelo negro y hombreras de plata pareció expandirse con la penumbra. Las sombras de la armería imperial no obedecieron a la luz; se alzaron del suelo como lanzas de obsidiana sólida, rodeándonos en un muro impenetrable que frenó en seco el avance de los guardias del Sur. Los soldados retrocedieron al sentir la vibración gélida de una magia que no pertenecía a las leyes de la capital.

​—Cualquiera que dé un paso más hacia mi prometida perderá la cabeza antes de tocar el suelo —la voz de Kaelen fue un trueno bajo, cavernoso, que hizo temblar las copas de la mesa real—. Este juicio no lo dictas tú, Sebastián. Lo dicta la corona.

​La Emperatriz Regente se puso en pie desde el trono. Su rostro era una máscara de piedra tallada, desprovista de cualquier compasión maternal o política.

​—¡Silencio todos! —ordenó la Regente. Su voz de mando paralizó a nobles y soldados por igual—. Lady Elara Valeska... sostienes un frasco con la runa prohibida de las islas del Este. Tienes tres minutos para justificar tus acusaciones antes de que ordene el encierro de toda la delegación del Norte en las mazmorras de la torre.

«En el manuscrito de «El ascenso de la paloma de oro», la Regente jamás escuchaba a la villana. En el texto original, Elara era ejecutada en el acto bajo la acusación de haber intentado envenenar a los herederos con magia negra. Pero aquí, el peso de las pruebas fiscales y la firmeza del Norte habían roto el guion preconcebido».

​Di un paso al costado de Kaelen, bajando el frasco para entregárselo en mano al Capitán del Tribunal de Cuentas, quien se había acercado bajo la escolta de Julian.

​—Este frasco contiene el antídoto diluido y los residuos de La Lágrima de la Sombra Blanca, requisado anoche de los aposentos privados del Sumo Sacerdote —anuncié, mi voz firme recorriendo cada rincón del Gran Salón—. Pero el envenenamiento no es más que el intento desesperado de silenciar la verdad. Lady Sara no es ninguna santa, ni el Gran Duque un protector del trono.

​Hice una seña y Julian arrojó sobre la mesa del estrado imperial tres tomos pesados encuadernados en cuero con los sellos dorados del Templo de la Luz.

​—Esos son los libros contables reales del altar mayor —continué, señalando los documentos—. En ellos constan los desvíos sistemáticos del diezmo imperial hacia las cuentas fantasmas de «Las Mariposas del Oeste», administradas directamente por Lady Sara. Con ese oro, el Gran Duque Sebastián compró el Polvo de Obsidiana Gris de las minas estatales para armar a las facciones rebeldes de la frontera, mientras confiscaban el trigo de la corona para fingir una falsa caridad ante el pueblo.

​Los miembros del Consejo de Nobles comenzaron a hojear los registros con rapidez. Los susurros de indignación estallaron como un polvorín:

​—¡Son los sellos del Templo!

—¡Aquí está la firma de Sebastián autorizando el paso de las armas en las aduanas!

—¡Vaciaron las reservas estratégicas del Estado!

​El Sumo Sacerdote, aún atrapado contra el suelo por las sombras de Kaelen, rompió a llorar, postrándose de rodillas ante la Regente.

​—¡Misericordia, Majestad! —suplicó el anciano con la voz rota—. ¡Fue el Gran Duque! ¡Él me prometió el Patriarcado Supremo si colocaba las gotas en la copa de la dama del Norte! ¡Lady Sara trajo el veneno en su propio tocador!

​Sebastián palideció hasta parecer un cadáver. Soltó a Sara sobre la alfombra manchada, dando un paso atrás con los ojos desorbitados mientras los propios caballeros de la guardia imperial bajaban las espadas, negándose a proteger a un traidor confeso.

​—¡Madre, escúchame! —gritó Sebastián, intentando subir los escalones hacia el trono—. ¡Todo lo hice por el futuro de la dinastía! ¡El Norte iba a rebelarse, Kaelen pretendía usurpar el trono con su magia maldita!

​—El único que traicionó la sangre de este linaje fuiste tú, Sebastián —dictaminó la Emperatriz Regente, su mirada destilando una repulsión gélida—. Has vendido los recursos de la corona, has conspirado con rebeldes y has profanado el brindis imperial con veneno extranjero.




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