Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 41—La liberación de la obsidiana

La oscuridad del eclipse no era una simple ausencia de luz; era el catalizador ancestral que las runas del Norte habían aguardado por generaciones.

​Kaelen soltó un jadeo profundo y se llevó una mano enguantada al pecho. Bajo las placas de plata y obsidiana de su armadura, el Sello Imperial comenzó a arder con una luz violeta tan cegadora que atravesó la tela y el metal como si fueran de papel.

​Las sombras de todo el Gran Salón —las que proyectaban las columnas, los tronos y los propios cuerpos de los nobles— se desprendieron del suelo, elevándose en un torbellino majestuoso que envolvió el estrado en un domo de viento nocturno.

​Los aristócratas gritaron, retrocediendo hacia las salidas presas del pánico. La Regente se aferró a los brazos de su trono, contemplando con asombro la manifestación de un poder que la corona creía haber extinguido hacía diez años.

«En el final trágico de «El ascenso de la paloma de oro», este momento representaba la autodestrucción del monstruo. El sello se rompía para consumir la mente de Kaelen en la locura, forzando a los caballeros a ejecutarlo como a una bestia descontrolada».

​No retrocedí un solo milímetro.

​Subí los escalones del estrado y me adentré en el vórtice de sombras sin vacilar. La ráfaga de viento gélido arrancó las horquillas de mi cabello, dejando que los mechones azul noche ondularan alrededor de mi rostro mientras mi vestido carmesí ondeaba como una bandera de guerra.

​Kaelen estaba de rodillas sobre el mármol, con los ojos violetas encendidos en un fuego febril y las manos crispadas por el dolor de la liberación mágica.

​—¡Elara... aléjate! —rugió Kaelen, su voz mezclada con el eco cavernoso de las sombras—. ¡El sello... va a estallar! ¡No puedo controlarlo!

​—No tienes que controlarlo solo, Kaelen —le dije con voz firme y serena, arrodillándome frente a él sobre la piedra fría.

​Tomé su rostro entre mis manos desnudas, obligándolo a mirarme directamente a los ojos. El calor que emanaba de su piel quemaba como carbón encendido, pero no solté mi agarre. Apreté mi frente contra la suya, cerré los ojos y liberé la melodía de la Llave con toda la fuerza de mi alma, sincronizando mis latidos con los suyos.

​—El libro se acabó, Kaelen —le susurré contra los labios, dejando que las lágrimas de alivio y triunfo se mezclaran con la escarcha de su respiración—. Ya no eres el monstruo de nadie. Eres el señor del Norte... y yo soy tu señora.

​Un destello dorado colisionó contra la luz violeta en el centro de su pecho.

​Las cadenas invisibles del Sello Imperial crujieron por última vez y se hicieron añicos en una explosión de luz que disipó la tormenta de golpe. Las sombras no desaparecieron; se posaron dócilmente sobre los hombros de Kaelen, formando una capa fluida de penumbra viva que respondía con absoluta calma a su voluntad.

​El dolor en las facciones de Kaelen se extinguió, reemplazado por una lucidez suprema y un poder absoluto, perfecto, sin ataduras ni maldiciones.

​Kaelen alzó la vista hacia mí. Sus ojos violetas brillaban con una pureza sobrenatural, reflejando únicamente mi rostro. Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y me levantó del suelo en un movimiento fluido, pegándome a su pecho con una posesividad arrolladora frente a la Emperatriz Regente y a toda la nobleza que observaba en un silencio reverencial.

​—Se acabó, mi soberana de Escarcha —murmuró Kaelen con la voz ronca por la victoria, antes de atrapar mis labios en un beso profundo, salvaje y definitivo bajo la sombra del eclipse, sellando ante el Imperio entero que la villana y el señor de las sombras habían reclamado su propio destino.




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