Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 42—La verdad bajo la nieve

El viaje de regreso a la fortaleza ancestral del Norte tomó dos semanas de marcha a través de valles cubiertos por bosques de abetos blancos y cordilleras escarpadas. A medida que nos alejábamos de la capital, el aire se volvía más limpio y puro, despojado del hedor a intrigas cortesanas y ambición desmedida.

​La Fortaleza de Obsidiana se alzaba en la cima del valle de Escarcha, una imponente estructura de piedra negra y torres de cristal que dominaba el horizonte helado, resplandeciendo bajo la luz de las lunas gemelas.

​Esa noche, una nevada pacífica caía sobre los jardines interiores. Kaelen me había llevado al mirador más alto de la torre norte, una estancia circular con ventanales de arco ojival que ofrecían una vista panorámica de las montañas plateadas. El fuego azul del Norte crepitaba en la gran chimenea de piedra, inundando la habitación de un calor constante y el aroma limpio a resina de pino y madera de cedro. En el suelo, gruesas alfombras de pieles blancas y terciopelo oscuro creaban un refugio cálido contra la ventisca exterior.

​Estaba de pie junto al ventanal, contemplando el horizonte infinito con una copa de vino especiado entre las manos. A pesar de la victoria total sobre la corte y de la paz que reinaba en mis adentros, un peso invisible seguía habitando en un rincón de mi pecho: el secreto de mi origen.

​Sentí el sutil cambio en la temperatura del aire antes de escuchar sus pasos.

​Kaelen apareció a mis espaldas sin hacer ruido. Había dejado de lado la armadura ceremonial y vestía una túnica de seda negra suelta, abierta en el cuello, dejando a la vista su pecho firme donde el Sello Imperial ya no era más que una suave memoria desvanecida. Me rodeó la cintura con sus brazos, pegando su pecho caliente contra mi espalda y apoyando la barbilla en mi hombro. Su fragancia a nieve fresca, bosque y ceniza me envolvió como un manto protector.

​—Llevas horas mirando la nieve como si temieras que el viento fuera a desvanecer todo lo que construimos, Elara —murmuró Kaelen con su voz grave y rasposa, dejando un beso lento y dulce sobre la curva sensible de mi cuello, haciéndome estremecer.

​Dejé la copa sobre la mesilla de caoba y me di la vuelta despacio entre sus brazos. Apoyé mis palmas sobre su pecho, sintiendo el latido fuerte, pausado y libre de su corazón. Alcé la mirada para encontrarme con sus ojos violetas; me observaban con una adoración tan pura, tan desprovista de las sombras del pasado, que sentí que no podía guardarle ni una sola sombra más de silencio.

​—Kaelen... tengo que confesarte algo —mi voz salió como un susurro vulnerable, cargado de una emoción que rara vez me permitía mostrar—. Algo sobre cómo supe cada paso que darían Sebastián y Sara, sobre cómo encontré la forma de romper tu maldición y por qué nunca actué como la mujer que todos conocían en la capital.

​Kaelen no se apartó. Con una ternura infinita, levantó su mano y acunó mi mejilla con su palma grande y cálida, acariciando el contorno de mis labios con la yema de su pulgar.

​—Te escucho, mi señora.

​Tomé una respiración profunda, sosteniéndole la mirada con el corazón latiendo desbocado.

​—Yo no soy de este mundo, Kaelen. No renací en mi propia historia... yo transmigré. En mi mundo, tu vida, este Imperio, las batallas del Norte, la corrupción del Templo y el sufrimiento de tu ceguera eran las páginas de una novela ficticia titulada «El ascenso de la paloma de oro». Yo era una lectora común que, al morir en un accidente en mi mundo, despertó atrapada en el cuerpo de Elara Valeska justo en el carruaje donde Sebastián me abandonó. Todo lo que hice al principio fue para sobrevivir a la ejecución que el libro había escrito para mí... y para salvarte a ti del destino trágico que te esperaba.

​Esperé que sus facciones se endurecieran por el desconcierto, que la duda o el rechazo asomaran en su semblante.

​Sin embargo, Kaelen no retrocedió ni un solo milímetro. La comisura de sus labios se elevó con lentitud en una sonrisa tenue, serena y profundamente enamorada. Sus pupilas violetas brillaron con una calidez sobrecogedora.

​—Ya lo sabía, Elara —respondió en un hilo de voz lleno de devoción.

​Parpadeé, atónita.

​—¿Lo... lo sabías?

​Kaelen tomó mis dos manos entre las suyas, entrelazando sus dedos con los míos y llevándolos a sus labios para besar mis nudillos uno por uno, con la lentitud de una plegaria sagrada.

​—Lo supe desde la primera noche en la biblioteca del Palacio de Escarcha —confesó, mirándome directo al alma—. Pasé diez años sumido en la oscuridad total de la ceguera. Cuando un hombre pierde la vista, aprende a ver el mundo a través del alma de las personas: reconoce el ritmo de su pulso, el peso de sus pasos y la verdad que vibra en su respiración. La antigua Elara Valeska que la corte me describía era una sombra hueca, guiada por la vanidad y el resentimiento ciego. Pero la mujer que subió a mi carruaje traía un alma completamente distinta.

​Kaelen tiró de mis manos hacia su pecho, pegándome a su cuerpo hasta que no quedó aire entre nosotros. Su brazo izquierdo se deslizó por mi cintura, sujetándome con una posesividad dulce y firme que me robó el aliento.

​—Traías un fuego noble en los ojos, un conocimiento misterioso que no pertenecía a los salones podridos de la capital y un coraje que jamás vi en ningún guerrero de este continente —continuó Kaelen, inclinando su rostro hasta que su frente rozó la mía, mezclando su respiración cálida con la mía—. No me importó de qué mundo vinieras, ni qué decían las páginas de ese libro sobre nosotros. Lo único que me importó fue que tus manos fueron las únicas que calmaron el tormento de mi maldición, y que tu voz fue la única que me devolvió la luz.




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