La nevada en el exterior del mirador se intensificó con la llegada de la medianoche, convirtiendo el valle de Escarcha en un océano infinito de remolinos blancos. Sin embargo, dentro de la estancia circular, el fuego de los leños de pino y la presencia de Kaelen habían creado un microclima donde el frío del invierno era incapaz de penetrar.
Tras la confesión, el silencio que se asentó entre los dos no fue pesado ni incómodo; fue un remanso de paz absoluta, el alivio físico y mental de quien se ha despojado de una armadura que cargó durante meses sobre los hombros.
Kaelen no me había soltado. Me mantenía sentada sobre su regazo en el gran sillón de cuero y terciopelo frente a la chimenea, con una manta de lana gruesa y piel de zorro envolviéndonos a ambos. Sus dedos largos jugaban distraídamente con las puntas de mi cabello azul noche, deslizándolos entre sus palmas con una cadencia pausada, hipnótica.
—Todavía me cuesta asimilar que no tengas miedo de lo que soy —murmuré, apoyando la mejilla sobre la curva de su cuello, sintiendo el latido constante de su pulso contra mi piel—. En mi mundo anterior, la gente teme lo que no comprende. Si alguien hablara de transmigraciones o de almas habitando otros cuerpos, lo considerarían un delirio o una aberración.
Kaelen detuvo el movimiento de sus manos y giró un poco el rostro para mirarme. La luz azul del fuego perfilaba las líneas duras de su mandíbula y se reflejaba en sus ojos violetas con un brillo sereno, casi reverente.
—La capital teme a las sombras porque la corte imperial se construyó sobre la falsedad y la luz artificial de los templos —dijo Kaelen con su voz grave, profunda como el eco de las cavernas del Norte—. Pero en las montañas heladas aprendemos desde niños que la oscuridad no es un enemigo; es el manto que protege la semilla bajo la nieve hasta que llega el momento de florecer. Tu alma cruzó un abismo que ningún hechicero de este continente podría entender, Elara. Para mí no eres un delirio... eres el milagro que evitó que este palacio se convirtiera en mi tumba.
Un nudo de emoción se formó en mi garganta. Levanté la mano y recorrí con mis dedos el puente de su nariz, la cicatriz pálida de su pómulo y la línea firme de sus labios.
«Durante meses, cada noche antes de dormir me asaltaba la misma pesadilla: la posibilidad de despertar repentinamente en mi antiguo apartamento, frente a una pantalla vacía, descubriendo que la calidez de Kaelen, el olor a nieve y las victorias conseguidas no habían sido más que un sueño lúcido. Pero el tacto de su piel, el peso de sus brazos rodeándome y la solidez de este mundo eran más reales que cualquier memoria lejana».
—¿No te inquieta saber qué pasaba en el libro original? —pregunté en un susurro, buscando sus ojos—. ¿No quieres saber cómo terminaban los demás?
Kaelen negó con la cabeza con una calma imperturbable.
—El hombre que estaba destinado a morir en esas páginas no soy yo, y la mujer que debía perecer en el cadalso no eras tú. Esos nombres pertenecen a un libreto que ardió en la chimenea el día en que decidiste sostenerme la mano en el carruaje. Lo único que me importa es el reino que vamos a gobernar juntos a partir de mañana.
Se inclinó lentamente y atrapó mis labios en un beso suave, sin prisa, desprovisto de la urgencia bélica de la capital. Fue un beso templado por la certeza, cargado de promesas mudas y de una dulzura tan profunda que me hizo cerrar los ojos y entregarme por completo a su abrazo.
Sus manos se deslizaron bajo la manta, buscando la piel desnuda de mis hombros con una lentitud reverente. Me levantó en sus brazos sin romper el contacto de nuestras bocas y me llevó hacia el lecho de madera tallada cubierto de sábanas de seda oscura y pieles nórdicas.
Esa noche, bajo la mirada eterna de las estrellas polares, hicimos el amor sin la sombra de ningún destino acechando nuestras espaldas. Fue una entrega serena, profunda, donde cada caricia reafirmaba mi pertenencia a este suelo y donde la piel del señor de la noche selló para siempre que mi alma jamás volvería a partir.