Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 44—La boda de escarcha y plata

El amanecer del equinoccio de primavera trajo consigo el repique solemne de las tres campanas mayores de la Fortaleza de Obsidiana. El sonido metálico y puro rebotó por las laderas del valle, anunciando a los clanes de la montaña que el día de la unión nupcial había llegado.

​Desde las primeras horas de la mañana, las dependencias del palacio hervían de actividad. Los señores feudales de las provincias del Norte, vestidos con sus mejores galas de paño negro, brocados de plata y pieles de lobo blanco, abarrotaban las galerías de piedra. En los patios inferiores, los escuderos preparaban los estandartes con el emblema de la nueva casa: el lobo de obsidiana custodiando la rosa azul noche.

​Mina ajustaba los últimos pliegues de mi vestido frente al gran espejo de plata de mis aposentos. Sus manos temblaban de emoción contenida mientras colocaba los broches de zafiro en la cola de la falda.

​—Lady Elara... jamás en la historia del Norte se había visto una señora tan hermosa —dijo la doncella con lágrimas asomando en sus ojos—. Los ancianos de los clanes dicen que la nieve bendijo su llegada desde el primer día.

​Me contemplé en el reflejo. El vestido de novia era una proeza artesanal: confeccionado en seda blanca tan densa que imitaba la superficie de un lago congelado, con un corpiño ceñido bordado en hilos de plata pura que dibujaban constelaciones estelares. La capa de terciopelo azul noche nacía desde mis hombros y se extendía con majestuosidad por el suelo de piedra. Sobre mi cabello, trenzado con cintas de plata, descansaba la diadema de obsidiana pulida.

​La puerta de la antesala se abrió y Julian se presentó en el umbral, vistiendo su uniforme de gala de comandante de la guardia. Se inclinó con una reverencia impecable.

​—Mi señora, el cortejo está listo. El señor del Norte aguarda en el altar.

​Salí al gran pasillo abovedado, flanqueada por una guardia de honor de doce caballeros con espadas desenvainadas apuntando al techo en señal de respeto absoluto.

​Al cruzar las puertas de la Gran Catedral de Escarcha, el murmullo de cientos de nobles reunidos se extinguió de golpe. El templo no estaba iluminado por cirios comunes, sino por elegantes esferas de fuego azul que levitaban entre los arcos ojivales, proyectando un resplandor etéreo sobre los muros de granito pulido.

​Al final de la nave principal, sobre el estrado de piedra negra, estaba Kaelen.

​Verlo de pie me cortó el aliento. Lucía la túnica imperial de gala del Norte: terciopelo negro con bordados de dragones de escarcha en plata viva y la gran capa de armiño que solo los soberanos absolutos tenían derecho a portar. Sus ojos violetas, completamente nítidos y libres de cualquier rastro de la maldición del Sello, se clavaron en mí en cuanto di el primer paso por la alfombra azul.

​Caminé con paso firme, sintiendo el peso de la historia desmoronada bajo mis pies y la solidez del presente abriéndose ante mí.

​Cuando alcancé el estrado, Kaelen descendió los dos escalones para recibirme. Extendió sus manos desnudas y tomó las mías con una calidez firme y protectora que hizo callar a toda la congregación. La intensidad de su mirada violeta era una promesa silenciosa que ningún protocolo necesitaba dictar.

​El Sumo Patriarca del Norte, un anciano de porte sereno y túnica gris bordada con motivos astrales, se colocó frente a nosotros sosteniendo un cofre de plata tallada donde descansaban las alianzas nupciales.

​—Hijos del Norte y testigos de las cuatro provincias —proclamó el Patriarca con voz clara y potente—. Ante el testimonio eterno de estas montañas, se presentan dos voluntades que han elegido caminar como iguales. Que la lealtad sea su guía y el respeto mutuo su fortaleza inquebrantable.

​Kaelen tomó la primera alianza: un anillo forjado en platino puro con una obsidiana estelar engarzada en el centro. Deslizó la joya en mi dedo anular con una lentitud reverente, mirándome directo al alma.

​—Ante Dios, ante mi pueblo y ante el cielo que cubre estas tierras —declaró Kaelen con una voz profunda que retumbó en cada rincón del templo—, te tomo como mi esposa, mi señora y la soberana absoluta de mi vida. Lo que tú ordenes será ley; tu bienestar será mi única causa; y mientras mi corazón lata, mis brazos serán tu refugio eterno.

​Tomé la alianza a juego del cofre y la deslicé en su mano firme, sintiendo el pulso constante y libre de su corazón.

​—Ante este cielo y este pueblo —respondí, con la voz templada por una convicción absoluta—, te tomo como mi esposo, mi señor y mi compañero de vida. Caminaremos juntos en la prosperidad y en la adversidad, gobernando con justicia y verdad hasta el fin de nuestros días.

​El Patriarca extendió sus manos sobre las nuestras unidas y pronunció las palabras rituales:

​—Por la autoridad conferida por las tierras de Escarcha, pregunto una última vez ante este altar: ¿Aceptas, Kaelen de la Casa de Obsidiana, a Elara como tu compañera eterna?

​—Acepto —respondió Kaelen, su voz un trueno de certeza inamovible.

​—¿Y aceptas tú, Elara de la Casa Valeska, a Kaelen como tu compañero eterno?

​—Acepto —pronuncié con una sonrisa plena.

​En el instante exacto en que la última sílaba escapó de mis labios, algo extraordinario ocurrió.




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