Cinco años después del juicio que desmanteló la corrupción de la corte imperial y la coronación del Norte, la paz se había asentado de forma inquebrantable en las cuatro provincias. La capital del Sur, privada de la influencia del Templo corrupto y bajo la estricta supervisión de la Regente, respetaba escrupulosamente los tratados de autonomía y comercio con nuestras tierras.
El Norte ya no era visto como un rincón gélido de bestias y desterrados; se había transformado en el reino más próspero, justo y temido del continente.
La tarde caía sobre los jardines interiores de la fortaleza. Los cerezos de invierno estaban en flor, desprendiendo pétalos rosados que flotaban sobre la hierba verde y la nieve derretida.
Me encontraba en el mirador de la biblioteca este, sentada en una mecedora de caoba tallada. En mi regazo descansaba plácidamente nuestra hija menor, Lyra, una pequeña de dos años con el cabello azul noche como el mío y una respiración dulce que acompasaba el silencio de la tarde.
A través de las arcadas del balcón, observaba el patio de armas inferior.
Allí, nuestro primogénito, Arthur, de cuatro años, corría con una pequeña espada de madera en la mano, intentando esquivar los movimientos defensivos de Julian, quien fingía ser derrotado entre carcajadas que resonaban por todo el patio.
Unos pasos firmes y pesados se detuvieron detrás de mi asiento.
Kaelen se inclinó sobre el respaldo de la mecedora, rodeando mis hombros con su brazo izquierdo y apoyando su barbilla sobre mi cabeza. Vestía una túnica sencilla de lana oscura, desprovisto de las insignias militares tras haber concluido la sesión del Consejo de Clanes. Su presencia transmitía esa seguridad absoluta que había sido mi ancla desde el primer día.
—Julian lo está malcriando en el combate —murmuró Kaelen con una sonrisa baja en la voz—. A esa edad yo ya tenía que esquivar flechas de madera con los ojos vendados.
—Arthur tiene tiempo de sobra para aprender a ser un guerrero —respondí, girando el rostro para rozar su mejilla con mis labios—. Por ahora, déjalo ser un niño feliz.
Kaelen suspiró con suavidad, dejando un beso en mi coronilla antes de deslizar su mano hacia la mejilla regordeta de nuestra hija dormida.
—Tienes razón, mi señora. En este palacio hay suficiente paz para que nuestros hijos nunca conozcan el dolor que nosotros tuvimos que atravesar.
Contemplé el horizonte de las montañas plateadas, donde las dos lunas comenzaban a asomar en un cielo teñido de violeta y oro.
«La lectora solitaria que una vez abrió un libro de fantasía en una habitación olvidada había desaparecido por completo. En su lugar, permanecía la mujer que había conquistado su propio destino, amada por el hombre que desafió a la historia entera por un solo roce de su piel».
Tomé la mano de Kaelen sobre mi hombro, entrelazando mis dedos con los suyos. No había más páginas que predecir, ni desenlaces impuestos. En los brazos del señor de las sombras, la villana había encontrado su hogar eterno, escribiendo día a día la única historia que verdaderamente importaba: la suya propia.