El tiempo había transcurrido sin atraso, como si avanzar no le significara ninguna carga; sin embargo, para mi querida Helen parecía haberse estancado en un preciso momento de septiembre, a la corta edad de sus trece años. Cargando con la culpa de no haber sabido cómo conservar al amor de su vida, o al menos así lo creía en esos instantes, le parecía cruel la idea de que él se hubiera marchado con la excusa de que nunca aprendería a amar. Si le había dicho que la amaba, ¿por qué se marchaba como si nada de eso importara?
—¿Por qué tienes que hacer esto ahora? Por favor, podemos intentarlo. No hay un destino escrito —se encontraba completamente desconsolada, a comparación de hace dos días, cuando él pidió su mano en matrimonio. En esos momentos su corazón parecía querer explotar de alegría y ahora parecía que trataba de motivarse para no dejar de latir.
—Esto está mal, aún eres solo una niña —él no vacilaba en dar simples respuestas. Le parecía muy incómoda la situación. Él ya había pasado por esto un sinfín de veces; a esto se dedicaba sin ninguna culpa. Iba detrás de cada joven y, cuando veía que estaba muy enamorada, se acobardaba y se marchaba.
—Por favor —suplicó como si su mundo estuviera a punto de dejar de existir. Le costaba decirlo, pero creía que si él se iba, toda su felicidad se iría con él. Su dependencia era demasiado grande y, si él se iba, ella perecería.
—Sabes muy bien que nunca podré amar a alguien —soltó sin más, sin importarle verla llorar. Él tenía sus buenas razones: su gran amor había vuelto a aparecer y no era una oportunidad que desperdiciaría solo por una chica por la cual únicamente sentía lástima.
Ella lloró dos horas seguidas al llegar a su habitación, inmersa en sus pensamientos, preguntándose qué error había cometido para que él no hubiera querido quedarse, para que él no hubiera querido casarse. Se sentía tan miserable. Estaba deseando morir, pero suicidarse era algo que no le convencía o, más bien, no se atrevía. Tampoco podía contárselo a nadie, pues a su familia aún no les había contado nada, y no eran tan unidos como para saber que tendría consuelo en ellos. A sus amigas sí se los había mencionado, pero no sabían toda la historia y se reirían por pensar que se ilusionó con una relación de tres días.
El lunes llegó lleno de colores grises. No se sentía muy animada. Habló con sus amigas, pero tal como se lo imaginaba, ellas se burlaron y ella trató de explicarlo, pero no tuvo caso y, después de un rato, se rindió por completo y continuó el resto del día perdida en su tristeza.
Si se preguntan cómo aquellos dos se conocieron, pues había sido un año atrás, justo por esas mismas fechas, en una biblioteca. Ella había encontrado un refugio en un libro de fantasía y había decidido que quería conocer a más personas que compartieran su mismo gusto. Y fue ahí donde lo vio por primera vez y le pareció tan encantador, desde su forma de hablar y tratar hasta su aspecto físico; en especial sus ojos. Estos eran simplemente magníficos, tenían una calidez hogareña que se transmitía, una que ella hacía mucho tiempo no sentía.
Él no se relacionaba con ella, pues a él le había llamado la atención otra chica del grupo y se había decidido a conquistarla. En serio tenían mucha química, pero esta chica no quería nada; incluso se sentía incómoda con algunos de sus comentarios. Sobre esto Helen no estaba del todo enterada. Ella aún no estaba enamorada; sin embargo, sentía una profunda admiración por él, así que un día decidió que le hablaría en privado.
Y así lo hizo. Él la trató de tal forma que ella se sintió querida por primera vez en su vida, y fue así como poco a poco Helen lo empezó a ver como su confidente, con quien contaba cuando su casa se veía envuelta en dramas. Se enviaban cartas cuando no podían verse y él siempre la escuchaba atentamente, le daba consejos y le mostraba sus escritos, pues quería ser escritor. Ella se encontraba completamente maravillada con aquel hombre. Ante sus ojos simplemente era: “PERFECTO”.
Una tarde, en una plática no tan profunda entre ellos dos, él le mencionó que podría encontrar un reemplazo que ocupara su espacio. Ella lo miró y empezó a nombrar cada una de las cosas que lo hacían ser él: su físico, su personalidad, sus gustos, y al finalizar agregó una pregunta:
—¿Dónde podría encontrar una persona igual?
Fue en ese momento en el que él se quedó asombrado y le dijo:
—Me conoces tan bien. ¿Deberías casarte conmigo?
Finalizó con una sonrisa encantadora y ella, pensando que era broma, le respondió que la esperara cinco años y dos meses, pues al pasar ese tiempo ya tendría una edad considerable para casarse. Él se hizo el ofendido y ella terminó aceptando. Se sentía un poco realizada, pues a comparación de otras chicas ella ya había encontrado al “indicado”, con quien se casaría y tendría hijos, cosa que nunca había querido, pero si era con él estaba dispuesta a tenerlos.
Ya les conté lo que sucedió dos días después, al inicio de la historia, así que continuemos.
Las semanas continuaron como si nada, pero Helen necesitaba desahogarse con alguien y la persona a la que eligió fue a Minerva, la otra chica con la que él coqueteaba. Minerva la escuchó y le hizo saber que pensaba que era una tonta por haberle creído, pero también sabía que no todo había sido su culpa.
Así que un diez de octubre se reunieron los tres para hablar, aunque realmente los únicos que hablaron ese día fueron Minerva y él, porque Helen no se atrevió a alzar la mirada ni la voz. Todo lo que aconteció ese día fue Minerva reclamándole a él por haberse metido con una niña, él excusándose de maneras mediocres hasta que se cansó y se marchó.