Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

El jefe más insoportable del planeta

Isabella

El despertador sonó a las seis en punto, lo apagué de un manotazo antes de que siguiera pitando.

Por la ventana entraba la primera luz del amanecer, y yo me quedé un segundo mirando el techo. La humedad volvió a la esquina derecha. Tendré que llamar a alguien para que lo revise, y para eso necesitaré dinero. Lo que significa seguir trabajando para el hombre más insoportable del planeta.

Me levanté, porque tengo facturas que pagar, un crédito con intereses que suben hasta las nubes y tengo un niño de seis años que en tres horas va a despertar con hambre, y ese pequeño tesoro se merece una mamá que funcione aunque sea por inercia.

Me vestí y luego entré de puntillas al cuarto de Noah. Lo miré desde la puerta, dormía con el brazo colgando fuera de la cama, la boca entreabierta y una paz en la cara que yo encontraba tan tierna que me derretía el corazón.

Le acomodé el brazo y le subí la cobija. Bese su frente tan suave que casi no lo toque. Cerré su puerta justo cuando escuché el golpecito en la entrada, Florencia. Puntual como siempre, con su bolso colgado en el brazo y el pelo todavía a medio peinar.

—Ya me voy —le dije—. Noah sigue dormido, el desayuno está en la nevera.

—Anda tranquila. Yo me encargo.

La besé en la mejilla, agarré el bolso, las llaves, y salí al frío de la mañana a ganarme la vida.

Dos buses, seis cuadras caminando y un café comprado en un kiosco. Esa era mi mañana de lunes a viernes desde hace casi cuatro años.

Empujé las puertas justo a la hora de entrada. Carla, me miró desde la recepción con esa expresión, que yo ya conocía, la que tiene antes de soltar una mala noticia.

—Ya llegó —dijo, casi en susurro—. Y está odioso.

No pregunté quién, pues ya lo sabía.

Solo había una persona en ese edificio capaz de poner a cuarenta adultos con título universitario en niños esperando un regaño. Solo una persona, cuya llegada provocaba ese silencio donde todos parecían estar muy ocupados y nerviosos como para levantar la cabeza de sus cubículos.

Lo escuché antes de verlo.

—Tres errores, Wilson. En un solo informe, tres ¿Cree que es normal?

La voz de Logan Harrington no se molestaba en bajar el volumen ¿Para qué iba a hacerlo? Él nunca era considerado ni pensaba en los demás, así que hablaba como si el mundo entero fuera su oficina privada y todos los demás fuéramos muebles con aparente sordera.

Lo vi cruzar la oficina sin mirar a nadie, Wilson siguiéndolo como perro regañado.

—Si necesita que le explique la diferencia entre una proyección y una tabla de costos —continuó Logan, sin detenerse, sin dignarse a mirarlo—. Lo reubicamos en un puesto donde ese conocimiento no sea necesario.

Wilson murmuró algo entre dientes. Sin embargo, él ya no lo estaba escuchando.

Sus ojos recorrían la oficina con esa mirada que yo odiaba. Esa forma de ver a las personas como si estuviera pasando lista. Calculadora, fría, déspota. Sin el menor esfuerzo por disimularlo.

Su vista me encontró en el momento exacto en que deseaba volverme invisible.

Se detuvo—. Wood.

—Buenos días —dije.

No mencioné señor Harrington, nunca lo decía. Era una cosa pequeña, probablemente insignificante para él, pero que a mí me importaba. Era la única manera de demostrarle mi disgusto y rechazo.

Abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo y puso tres hojas sobre mi escritorio—. El contrato de Jones, cláusula nueve, la cifra está mal.

Tomé las hojas. Busqué la cláusula, encontré la cifra. Un frío me subió por la nuca antes de terminar de leerla.

—Lo corrijo antes del mediodía.

—Ya lo corrigió Philips—recogió la carpeta—. Le descuento el veinte por ciento de este mes.

—¿Perdón?—mis ojos se abrieron como platos.

—El error le costó cuatro horas al equipo legal. Eso tiene un costo, Wood.

Sentí que algo se retorció en el centro de mi pecho. Algo que llevaba meses tensándose y que esta mañana, estaba llegando a su límite.

—Ese contrato pasó por revisión legal antes de llegar a mis manos. El error no es exclusivamente mío.

—El documento lo preparó usted—ya se había apartado caminando—. Si tiene alguna objeción, hable con recursos humanos.

Le ví la espalda mientras intentaba calmarme. Miré la foto de Noah pegada al borde del monitor. El veinte por ciento era el techo que seguía con humedad, la cuota del crédito, la chapa de la puerta que llevaba dos semanas atascada.

Abrí el cajón, y decidida saqué una hoja.

Ya estaba cansada de este hombre, de sus exigencias y de su falta de humanidad.

“Estimado señor Harrington, por medio de la presente…

Iba por la tercera línea cuando escuché su voz desde el otro lado de la oficina—. Wood. Mañana me acompaña a Valle Verde, salimos a las siete.

Levanté la vista, lo observé, y luego vi la hoja en mi mano.

Él ya me había dado la espalda. Claro que sí, porque Logan Harrington no esperaba respuesta, simplemente asumía que el mundo se movía a su antojo.

Doblé la carta despacio y la guardé en el bolsillo.

Mañana, pensé. Se la doy mañana en el camino y que le vaya muy bien encontrando a alguien que lo aguante.

Lo que yo no sabía todavía, es que ese viaje a Valle Verde iba a ser el último día normal de mi vida. Que antes de que terminara, Logan Harrington me estaría mirando con unos ojos que no recordaban absolutamente nada.

Y que yo, por una razón que aún no logro explicarme del todo, iba a decidir no corregirle la memoria.




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