Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Prioridades

Isabella llegó a casa cuando el sol ya estaba cayendo. Empujó la puerta con fuerza, porque la chapa seguía sin funcionar bien.

Florencia ya tenía el bolso en el brazo cuando ella entró.

—Noah está en su cuarto —dijo mientras se abotonaba el sweater—. Comió bien, hizo la mitad de la tarea y la otra mitad dice que no la entiende. Ah, y no le des más galletas, ya le di dos y me pidió cuatro.

—Gracias, Flor.

La mujer asintió, y se fue cerrando la puerta con cuidado.

Isa se quedó un momento parada en el centro de la cocina. Escuchaba a Noah moverse en su cuarto.

Cerró los ojos un segundo, solo uno, después colgó el bolso, se quitó los zapatos, y fue a buscarlo.

Lo encontró en el piso de su cuarto rodeado de dinosaurios de plástico, organizándolos por tamaño con una concentración que ella siempre encontraba adorable. Noah levantó la vista en cuanto la vio y le dedicó una sonrisa preciosa, esa que hacía que todo el sacrificio valiera pena.

—Mamá. El T-Rex da mucho miedo ¿Verdad?

—Buenas noches a ti también —dijo Isabella, y se sentó en el borde de la cama.

—Buenas noches ¿El T-Rex te da miedo?

—Si amor, es un dinosaurio terrorífico.

Noah asintió. Ella lo observó un momento; el pelo revuelto, y el uniforme del colegio todavía puesto porque claramente Flor no había podido convencerlo de cambiarse.

—Vamos a bañarnos.

—Aún no.

—Noah.

—Cinco minutos.

—Está bien mamá, voy.

Al terminar el baño, lo secó, lo ayudó a ponerse el pijama, calentó la sopa y los dos se sentaron a la mesa. Noah le contó sobre sus amigos del colegio. Ella lo escuchaba, respondía y le pedía que no hablara con la boca llena, y por un momento, solo por un momento, se olvidó de lo ocurrido en la oficina. Hasta que el pequeño se quedó callado.

Bella adivinó de inmediato que tenía algo que decir, por lo que esperó pacientemente.

—Mamá, tengo que llevar un dibujo mañana al colegio.

—¿De qué?

Noah dudó un segundo antes de responder—. De mi familia.

Ella dejó la cuchara apoyada en el borde del plato.

—¿Y ya lo hiciste?

Él asintió, se levantó de la silla y fue a su cuarto. Volvió con una hoja doblada que puso sobre la mesa. Isabella lo miró.

Era un dibujo de trazos gruesos, colores que se salían de las líneas, una casa con el tejado torcido. Estaba Noah, con el pelo marrón y su sombrero ranchero favorito. A su lado estaba ella, con el pelo largo y lo que probablemente era su bolso del trabajo, y había un espacio. Al lado de Isabella, un espacio en blanco donde no había nadie.

—¿Quién falta ahí? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Noah se encogió de hombros.

—Los papás de mis amigos salen en sus dibujos. Lucas dibujó al suyo con una pelota de fútbol. Martina dibujó al suyo con una guitarra—hizo una pausa—. Yo no sé qué dibujar ahí.

La castaña miró el espacio en blanco. No dijo nada durante un momento.

—¿Te molesta?

—A veces —confesó—. Cuando me preguntan.

—¿Y qué les dices?

—Que mi papá vive lejos—la miró—. ¿Eso está mal?

—No está mal. Nunca pienses eso.

Él asintió, recogió el dibujo y se fue a su cuarto a terminarlo.

Isabella se quedó sentada en la mesa mirando el plato de sopa. La casa estaba quieta, acompañada por el murmullo de los grillos, y algún animal moviéndose en el establo.

Este campo era lo único que sus padres le dejaron cuando murieron. La casa, los animales, las gallinas, las vacas, los dos caballos que su madre adoraba y que seguía cuidando. Durante la semana Flor se encargaba de lo básico, pero los sábados y domingos era ella quien se levantaba temprano a recoger huevos y ordeñar y revisar que todo estuviera en orden. Lo hacía sin quejarse porque ese lugar lo levantaron sus padres con esfuerzo, y porque Noah crecía ahí con tierra en las manos y eso le parecía lo mejor que podía darle.

Pensó en el espacio en blanco del dibujo, recordó al padre de Noah, que se fue en cuanto quedó embarazada, con tanta prisa que no dejó ni rastro.

Pensó en Logan Harrington y en el veinte por ciento y en los cuatro años de madrugadas, buses y humillaciones.

Repentinamente, tuvo un momento de claridad, en algo que antes no analizó con detenimiento.

Las gallinas ponían huevos todos los días, las vacas daban leche. Tenía el campo, tenía los animales, y si dejaba de desperdiciar energía en un trabajo que la estaba consumiendo por dentro, podía convertir ese campo en algo real. Vender huevos, vender leche, quesos quizás, lo que fuera. No sería fácil, pero estaría aquí, estaría con Noah. Llenaría ese espacio en blanco de otras maneras.

Sacó del bolsillo la hoja doblada de su renuncia. La estiró sobre la mesa, tomó un lápiz y terminó de escribirla.

Cuando estuvo lista la leyó una vez, sonrió sin darse cuenta, y la dobló de nuevo.

Mañana, susurró. Mañana se la entrego y listo. Que el muy cabrón encuentre otra empleada que le aguante sus tonterías.

Lo que Isabella no sabía mientras apagaba la luz de la cocina y se iba a dormir era que mañana iba a ser el último día normal de su vida. Que esa carta no iba a llegar a las manos de Logan Harrington de la manera que imaginó.

Que su vida, la de Noah, y la del hombre más odioso que había conocido, estaban a punto de enredarse de una forma que ninguno de los tres vería venir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.