Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

El peor día para renunciar

Día siguiente

Isabella llegó a la oficina con la carta en el bolsillo y la determinación de renunciar sí o sí.

Se levanto temprano, dejo a Noah con Florencia, tomó los dos buses de siempre y durante todo el trayecto ensayó mentalmente lo que le diría.

Entraría, lo buscaría, le pondría la carta sobre el escritorio con la misma tranquilidad grosera con que él había puesto el contrato el día anterior, y se iría. Sin drama, sin discusión, y con la dignidad intacta.

Era un plan perfecto; sencillo, limpio, sin margen de error.

Lo que Isabella no imaginó era que los planes perfectos y Logan Harrington no existían en la misma línea.

Él ya estaba en la oficina cuando ella llegó. Eso no era raro, él estaba ahí antes que todos, como si necesitara recordarle al edificio quién mandaba ahí.

Isabella esperó su momento.

A las nueve, Logan salió de una reunión y ella se levantó.

—Señor Harrington, necesito un minuto.

—Ahora no —dijo él sin mirarla, y siguió caminando.

—Es importante—le dijo mientras lo seguía.

—Todo el mundo cree que lo suyo es importante—entró a su oficina, y dejó la puerta abierta, lo que en el lenguaje de Logan significaba que podía seguirlo pero que el tiempo que le daría era aproximadamente un minuto—. Necesito el análisis del proyecto Rivera antes del mediodía, eso sí es importante

—Ya está listo desde ayer—Bella sacó la carta del bolsillo—. Esto es lo que necesito que lea.

Logan ni la miró. Agarró una carpeta del escritorio, la abrió, empezó a hojearla con una concentración que daba a entender que lo de ella no merecía su atención.

¡Qué hombre tan petulante!

—Déjelo ahí.

—Prefiero que lo lea ahora.

Él levantó la vista. La miró con molestia—. ¿Perdón?

—Que prefiero que lo lea ahora —repitió Isabella, sosteniendole la mirada por primera vez en sus cuatro años.

Algo cruzó por los ojos de él. No era exactamente sorpresa, porque Logan Harrington no se sorprendía, pero sí era algo parecido a la curiosidad.

Extendió la mano sin decir nada.

Ella le dio la carta, y lo vio abrir el doblez, recorrer las primeras líneas y justo cuando estaba esperando la reacción, cualquier reacción, el móvil vibró sobre el escritorio.

Logan bajó la carta, miró la pantalla del aparato y algo cambió en su cara.

—Prepárese —dijo.

—¿Qué? —ella parpadeó.

—Que se prepare—dejó la carta sobre el escritorio, guardó el teléfono y agarró la chaqueta—. Salimos en diez minutos a Valle Verde, surgió un problema con el terreno y necesito que venga, ya se lo dije ayer, iríamos juntos.

—Yo vine a renunciar.

Logan se detuvo, la miró. Observó la carta sobre la mesa, y volvió a mirarla.

—Eso puede esperar. El terreno no.

Y salió de la oficina.

Bella se quedó parada en el centro del despacho con sus ojos fijos en la carta. Sintió una rabia tan grande que por un momento quiso destrozar la oficina.

Después agarró la hoja, la dobló, se la guardó en el bolsillo, y fue a buscar su bolso.

Último día, se prometió a sí misma a la misma vez que cerraba el cajón con fuerza. Este es el último día.

Se sentó en el asiento del copiloto porque Logan señaló ahí sin preguntar, y durante los primeros veinte minutos ninguno de los dos dijo absolutamente nada.

Fue él quien rompió el silencio, y lo hizo de la manera más Harrington posible.

—El análisis del Rivera tiene un error en la página cuatro.

Isabella lo miró con el ceño fruncido.

—La proyección de ingresos del segundo trimestre no coincide con los datos—continuó él—. Revíselo cuando volvamos.

—Cuando volvamos yo no voy a estar.

—Ya hablaremos de eso.

—No hay nada que hablar. La carta está escrita, está firmada y usted ya la leyó, o la empezó a leer antes de decidir que su terreno era más importante.

Logan giró levemente la cabeza hacia ella. Solo un momento, solo lo suficiente para que Isabella viera una expresión que no supo descifrar.

—Cuatro años —indicó él.

—Cuatro años, sí.

—¿Y renuncia ahora?

—Ahora —confirmó Bella.

—¿Por el descuento?

—Por el descuento, por los cuatro años, por todas las cosas que usted sabe perfectamente que hizo y no voy a enumerarle porque me quedaría sin voz antes de terminar.

—Es una decisión equivocada.

Isabella casi se rió—. Con todo respeto, usted es la última persona en este auto calificada para opinar sobre mis decisiones.

Logan no respondió. Pero ella vio, en el reflejo de la ventana, algo que se parecía remotamente a una sonrisa que él borró de inmediato.

Valle Verde era exactamente lo que el nombre prometía. Un terreno amplio rodeado de montañas, con un río que se escuchaba antes de verse y un silencio reconfortante. Bajaron del auto, Logan sacó unos planos y empezó a caminar hacia el extremo norte donde al parecer estaba el problema, y ella lo siguió porque no había nada más que hacer.

El terreno tenía una pendiente que los planos no mostraban. Él lo sabía, lo había visto en cuanto bajó del coche, y por eso comenzó a caminar evaluando cada metro. Isabella lo seguía a distancia, mirando el paisaje, pensando en Noah, pensando en el campo, y en que después de hoy no iba a tener que seguirlo nunca más.

Fue en el borde de la pendiente donde ocurrió lo impensable.

Logan se detuvo a revisar algo en los planos, dio un paso para tener mejor perspectiva, y el suelo cedió.

No fue dramático, no hubo un grito ni un ruido alarmante, sólo el movimiento de su cuerpo cayendo.

Isabella tardó exactamente dos segundos en reaccionar.

—¡Logan!

Bajó la pendiente sin pensar, resbalando con la tierra seca, y agarrándose de las firmes ramas. El campo y la práctica de los árboles que subía y bajaba en su infancia, la ayudaron a llegar hasta él sin rasguño alguno.




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