Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

¿Su esposa?

Isabella entró detrás de la camilla con las manos todavía sucias de tierra.

—Necesito sus datos —dijo una enfermera deteniéndola en la recepción mientras los médicos se llevaban a Logan por un pasillo.

—Logan Harrington. Tiene treinta y cuatro años.

La enfermera escribía sin levantar la vista.

—Vamos a necesitar a alguien responsable del paciente.

—Yo me quedaré—afirmó, y se sentó a esperar.

Le dieron las pertenencias de él en una bolsa de plástico. La ropa, el reloj, la billetera, el móvil y los documentos de identidad.

Pasó una hora, y luego dos. Cuando la doctora salió, Isabella se levantó de inmediato.

—¿Cómo está?

—Estable. El golpe fue fuerte pero no hay sangrado interno. Está despertando ahora—hizo una pausa—. Necesito pedirle algo antes de que entre.

—¿Qué cosa?

—Prepárese. El golpe en la cabeza provocó amnesia. Por ahora no recuerda ni su nombre, ni su vida, ni nada anterior al accidente. Es una situación que puede ser temporal, y necesitamos que usted lo ayude a orientarse.

Isabella la miró fijamente—. ¿Perdón?

—Que no recuerda nada —repitió la doctora, con paciencia—. Venga, acompáñeme.

Bella siguió a la doctora con las piernas moviéndose por sí solas, porque en su cabeza estaba procesando lo que acababa de escuchar; Logan Harrington sin memoria, sin recordar su nombre, su empresa, sus cuatro años de humillaciones, el veinte por ciento, el contrato de Jones, absolutamente nada.

Se detuvo frente a la ventana de la habitación antes de entrar. Logan estaba en la cama, sentado con dificultad, con la cabeza vendada y un gesto que Isabella nunca le había visto. No era el rostro de superioridad de siempre.

El médico que se encontraba dentro notó que Isabella miraba por la ventana.

En ese preciso momento, se acercó a la cama y le dijo algo a Logan que Isabella no podía escuchar desde afuera pero que claramente tenía que ver con ella, porque Logan la miró, anonadado.

El doctor salió a su encuentro—. Señora, acompáñeme por favor.

—¿Cómo está él, realmente no recuerda nada?

—Acompáñeme —repitió, con una sonrisa tranquila, y abrió la puerta de la habitación.

—Señor Harrington. Le presento a su esposa.

Isabella abrió los ojos como platos, y podía jurar que en sus oídos se oía un pitido.

Repentinamente, Logan, el hombre más frío y calculador del mundo, el hombre que la trató con desprecio, y que le descontó el veinte por ciento del sueldo sin pestañear, la miró de arriba abajo, y sonrió. Una sonrisa enorme, de oreja a oreja.

—Hola —dijo, con una voz suave que ella nunca le escuchó, ni siquiera en sus peores pesadillas.

Isabella no respondió, pues no podía.

Estaba completamente congelada en el centro de la habitación con el bolso colgado en el brazo y la boca ligeramente abierta, observando a su jefe sonreírle como si fuera lo mejor que había visto desde que abrió los ojos, como si verla ahí parada con tierra en los zapatos y el pelo a medio deshacer fuera lo que necesitaba para sentirse bien.

—¿Está bien, señora Harrington?—preguntó el doctor.

Bella cerró la boca. Clavó la vista en la venda que Logan tenía en la cabeza.

Observó la bolsa con sus pertenencias que llevaba en la mano; los documentos, la billetera, todo lo que identificaba a este hombre y que en este momento solo ella sabía que existía.

Y sí, una descabellada y loca idea surgió en su mente, como si de pronto el karma se apiadó y la justicia cayó entre sus manos.

¿Vengarse?... claro que sí.

¿Cobrarse cada humillación del jefe estirado?...Oh, mil veces sí.

—Sí —declaró, con una voz que sonó sorprendentemente convincente—. Estoy perfectamente bien. Solo preocupada por mi querido y amado esposo.

Y esbozó una sonrisa que no tenía absolutamente nada de inocente.

.

.

Isabella pasó los siguientes diez minutos sonriendo. No porque estuviera feliz, sino porque el médico seguía en la habitación explicando cosas sobre el golpe, la amnesia, el período de recuperación, y cada vez que hacía una pausa la miraba a ella esperando que asintiera como haría una esposa comprensiva y presente, y ella asentía porque era lo único que podía hacer mientras su cerebro procesaba a velocidad de la luz lo que acababa de ocurrir.

Logan nuevamente tenía la vista fija en Bella. La veia de una manera que hizo que a ella se le retorcieran las entrañas, ¿Era bueno o malo?.

No lo sabía con exactitud, y para ser sincera, ya no le importaba.

—¿Cuándo podemos irnos a casa?—preguntó, y la palabra casa le salió con una naturalidad que la sorprendió incluso a ella misma.

¿Adaptándose a su papel?, ¡Fuck yeah!

—Mañana en la mañana si todo sigue estable. Necesita reposo, tranquilidad, nada de estrés. El ambiente familiar va a ser fundamental para su recuperación.

Ella asintió muy seria.

Ambiente familiar, clarísimo y anotado mentalmente. Ya verás jefecito cuando llegues a mi granja, a las seis de la mañana te levantarás para recoger los huevos de las gallinas y para ordeñar las vacas —pensó, con una sonrisa triunfante.

El doctor salió, y se quedó sola con Logan. Durante un minuto ninguno de los dos dijo nada. Él seguía viéndola con esos ojos nuevos y ella seguía de pie junto a la puerta.

Fue Logan quien habló primero.

—¿Hace mucho que estamos casados?

Isa parpadeó—. Algunos años.

—¿Tenemos hijos?

Algo se movió en el pecho de ella, una idea. Casi ridícula, una cosa que uno descarta de inmediato pues es una locura y uno es una persona adulta, responsable con criterio y sentido común.

En eso, la imagen de Noah vino a su mente, también el espacio en blanco del dibujo. Sabía que Noah también tenía que ser parte del plan.

—Uno. Un niño, se llama Noah, tiene seis años.

Logan procesó eso con una mueca que Isabella tampoco supo leer —. ¿Se parece a mí?

—Para nada, se parece más a mí.




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