El móvil de Logan vibró dentro de la bolsa.
Isabella asustada lo sacó de inmediato , le dió un vistazo a la pantalla, y sintió que el estómago le daba un vuelco. Era un mensaje de Marcus, el asistente personal de Logan, preguntando por los documentos de la reunión del jueves.
Lo leyó dos veces.
Después miró al susodicho, que dormía con la tranquilidad de alguien que no sabe que su vida entera está siendo reorganizada por la mujer sentada a dos metros de su cama.
Se levantó del sillón, salió al pasillo, y se quedó parada frente a la ventana que daba al estacionamiento, analizando.
Si Logan desaparecía de un día para otro sin explicación, su empresa lo buscaría, su familia lo buscaría. Habría reportes, llamadas, tal vez alguien que llegara al hospital a preguntar por un hombre con esas características, y entonces todo se acabaría antes de empezar. Necesitaba tiempo, no mucho. Solo el suficiente para que el plan tomara forma, para que Logan llegara al campo, para que la situación pareciera real.
Abrió el correo electrónico de Logan.
Buscó la dirección de la empresa, la encontró en los últimos mensajes enviados. Respiró profundo y escribió:
Estaré fuera de la oficina durante los próximos meses, vacaciones personales. No requiero ser contactado durante este período. Cualquier asunto urgente puede ser manejado por el equipo directivo.
Lo leyó tres veces y lo envió.
Después buscó el contacto guardado como Mamá y le envió el mismo mensaje, casi palabra por palabra, con el agregado de que estaba bien y que no se preocuparan.
Apagó el teléfono. Lo guardó en el fondo del bolso, debajo de la carta de renuncia, y volvió sintiendo que acababa de cruzar una línea de la que ya no había vuelta atrás.
El médico la encontró en el pasillo diez minutos después.
—Señora Harrington, ¿Tiene un momento?
Isabella tardó medio segundo en recordar que ese era su nombre ahora.
—Ah, sí claro —dijo.
—Su esposo podrá irse mañana en la mañana si todo sigue estable. Le recomendaría que le trajera ropa cómoda, la que traía puesta quedó bastante deteriorada con la caída.
—Entiendo, no hay problema.
Después entró a la habitación a despedirse. Logan estaba dormido, o eso parecía, pero cuando ella se acercó a la cama, él abrió los ojos muy rápido.
La miró y sonrió.
Isabella seguía sin saber qué hacer con esa sonrisa. Esa espeluznante sonrisa.
—Me voy. Mañana vuelvo con ropa para que puedas salir.
—Espera.
Ella se detuvo.
—Quería preguntarte algo.
—Dime.
—¿A qué me dedico? —preguntó—. ¿Cómo me gano la vida?
Bella lo observó, y de pronto ocurrió soltó con una naturalidad que no había planeado, y que no estaba en ningún guión que hubiera ensayado en su cabeza.
—Eres granjero —afirmó, sin duda alguna—. Tenemos un campo. Te ocupas de los animales, las gallinas ponedoras, las vacas lecheras, los cerdos, los caballos—hizo una pausa—. Siempre te quejas porque el molino hace un ruido horrible cuando hay viento.
Logan abrió los ojos, los abrió mucho, casi espantado—. ¿Yo?
Isabella asintió con toda la seriedad del mundo.
—Tú. Además tienes un grupo de amigos con los que sales a cazar conejos los fines de semana. Arreglas los tractores, entrenas a los caballos, y este año te toca organizar las rifas de la feria anual del pueblo.
Logan parpadeó. Una vez, dos veces. Sacudió la cabeza muy despacio, intentando encajar una pieza en un lugar donde claramente no cabe.
—No puedo creerlo —murmuró.
—Créelo. Ahora descansa, mañana vuelvo por ti.
Salió de la habitación antes de que él pudiera hacer más preguntas, caminó hasta el ascensor, y cuando las puertas se cerraron y estuvo completamente sola se permitió soltar el aire que había estado aguantando sin darse cuenta.
Logan Harrington; granjero, con molino y gallinas y feria anual.
Apretó los labios para no reírse sola en el ascensor.
Flor estaba en la cocina cuando Isabella llegó a casa. Noah todavía no había vuelto del colegio, y ese margen de tiempo era exactamente lo que necesitaba.
Se sentó a la mesa. Miró a Flor y le contó todo.
Todo…con lujo de detalles.
Desde el veinte por ciento, la caída, el hospital, el médico que la llamó señora Harrington hasta el correo que le había enviado a la empresa con el móvil de Logan.
Florencia la escuchó sin interrumpirla. Con los brazos cruzados, y la cabeza ligeramente inclinada.
Al terminar, Flor se rió. Una carcajada que la llevó a tomarse el estómago a dos manos.
—Muchacha, estás más loca que una cabra.
—Lo sé —Isa también se rió.
—¿Y qué piensas hacer cuando recupere la memoria?
—No lo sé.
Flor la miró con incredulidad y afecto, pues ella fue amiga de la madre de Isabella. Por ese motivo, se prometió siempre estar su lado, apoyándola y queriéndola.
—¿Y aun así lo vas a hacer?
Bella pensó en los cuatro años, en la venganza que ya tenía planeada en su mente. En Logan Harrington aprendiendo a ordeñar una vaca.
—Sí —aseguró, con entusiasmo—. Desde mañana no venga. Estaré yo en casa.
Flor asintió, se levantó, le dio un beso en la frente como si tuviera seis años, y agarró su bolso—. Ya me imaginaba—se abotonó el saco—. Vendré de vez en cuando a ayudarte a cocinar. Cuídate, y cuídalo a él también, que aunque sea un desgraciado, sigue siendo un ser humano.
Isabella asintió. Aunque por dentro, claro que no lo cuidaría. Logan se podía ir al carajo, y de eso se encargaría ella.