La reunión de vecinos era en el centro del pueblo, y cuando Isabella entró, todo el mundo levantó la vista con sorpresa, porque Isabella Wood nunca llegaba a tiempo a nada.
—Pero miren —dijo don Aurelio desde el fondo, el más viejo y sabio del grupo—. Si llegó la citadina.
—Necesito el micrófono —pidió Bella sin preámbulo.
Alguien se lo pasó. Ella suspiró y contó todo, de nuevo, por segunda vez en el día, pero esta vez frente a cincuenta personas que la conocían, que conocían su historia, que sabían perfectamente quién era Logan Harrington y lo que cuatro años trabajando para él le habían costado.
Cuando terminó, el silencio no duró nada. Después los hombres silbaron, y las mujeres se rieron, aplaudiendo. Don Aurelio golpeó la mesa con la palma abierta y dijo algo que no era apto para menores pero que resumía perfectamente lo que sentían todos en el pueblo.
—¿Quieren ayudarme? —preguntó Isabella.
El pueblo entero respondió que sí antes de que terminara la pregunta.
Ahí, buscó con la mirada al grupo de jóvenes que siempre andaban juntos, los mismos que organizaban las cacerías, las fogatas y las noches de camping.
—Yo le dije que salía a cazar con ustedes.
Los muchachos se miraron entre ellos con una sonrisa que no supo si era buena o mala señal.
—Mija —dijo el mayor del grupo, un muchacho alto con sombrero de paja y una expresión de quien nunca ha tomado nada en serio—. No te preocupes por eso. Nosotros lo llevaremos a embarrarse de pies a cabeza y a buscar conejos que no va a encontrar. Le vamos a dar la bienvenida que se merece.
Isabella sonrió—. Necesito un favor más. Ropa; jeans, camisas, botas si tienen. No puedo llegar con ropa nueva porque puede sospechar.
Lo que siguió fue una escena que ella no olvidaría fácilmente. Los vecinos corrieron a sus casas buscando camisas, otros ofrecían sombreros. Se pasaban las prendas de mano en mano por encima de las cabezas para que llegaran a la tarima donde Bella se encontraba.
La gente del pueblo, era como su segunda familia. Cada vez que alguien necesitaba ayuda, todos acudían de buena fe.
A los minutos salió del centro con una bolsa llena de ropa de campo.
Cuando llegó a casa ordenó todo en el armario del cuarto. Jeans, camisas de cuadros, jardinera de mezclilla, y botas. Un sombrero de paja que colocó en el gancho de la puerta con una sonrisa maliciosa.
Miró la cama, una sola cama. Porque eran esposos, y los esposos dormían en el mismo cuarto, y eso era un detalle que había pasado por alto en toda la planificación del plan más descabellado de su vida.
Pero decidió no pensarlo demasiado, y se marchó a buscar a su hijo al colegio.
Noah la vio desde la puerta y abrió los ojos, sin poder creer que ella fuera a buscarlo—. ¡Mamá!
Isa se agachó a recibirlo y él partió corriendo con los brazos abiertos. Lo abrazó fuerte, y besó la coronilla de su cabeza.
—¿Por qué viniste tú? —preguntó Noah separándose para mirarla—. ¿Pasó algo malo?
—No. Pasó algo raro. En la casa te cuento.
Caminaron a la granja de la mano y al llegar Isabella lo sentó en el sillón, se acomodó frente a él, y buscó las palabras correctas para explicarle a un niño de seis años algo que ella misma todavía estaba procesando. Sabía que no podía confesarle que quería vengarse de Logan, sin embargo, podía maquillar un poco las cosas.
—¿Recuerdas que te hablé de mi jefe del trabajo?
Noah arrugó la nariz—. El ogro.
—Ese mismo. Hoy tuvo un accidente, se golpeó la cabeza muy fuerte, y el golpe hizo que se olvidara de todo. De su nombre, de su trabajo, de toda su vida.
—¿De todo?
—De todo—afirmó—. Y como no recuerda nada, los médicos del hospital necesitaban que alguien lo cuidara. Entonces yo le dije que íbamos a ayudarlo mientras se recupera. Va a quedarse aquí con nosotros un tiempo.
—¿Aquí? —Noah miró alrededor—. ¿En nuestra casa?
—En nuestra casa..y hay algo más—tomó aire, preparándose para soltar la bomba—. Como él no recuerda nada, cree que está casado conmigo, y cree que tú eres su hijo.
Noah la miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Eso quiere decir que será mi papá? ¿Puedo decirle papá? ¿De verdad?
—Solo por un tiempo. No significa que realmente lo sea, ¿Entiendes? Es solo mientras se mejora ¿Te parece bien?
—¿Y puedo mostrarle mi colección de dinosaurios? ¿Puedo pedirle que me enseñe a jugar a la pelota?
Isabella un poco incómoda asintió, pues no le quedaba de otra—. Sí.
El niño sonrió, una sonrisa resplandeciente—. Está bien, mamá. Seré el mejor hijo, lo prometo.
Isabella lo abrazó para que él no viera su cara. Porque en ese momento, con Noah sonriendo así y el armario lleno de ropa de campo y el pueblo entero de su lado, Isabella Wood se preguntó si esto era un error enorme, o la mejor oportunidad que había tenido en años.