Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Esto es solo el comienzo

Isabella abrió los ojos. No supo exactamente a qué hora, solo se quedó un momento quieta, esperando ese sonido, el pitido insistente que llevaba cuatro años perturbandole el sueño. Pero no había nada; únicamente silencio y la luz que entraba por la ventana.

Estiró los brazos, bostezó, y se quedó en la cama diez minutos más, porque podía, porque quería y porque hoy no había dos buses ni seis cuadras, ni Logan Harrington esperando para hacerla sentir inferior.

Hoy era SU día, y empezaba a la hora que ella decidiera, que resultó ser las siete y cuarto.

Noah estaba despierto cuando ella abrió la puerta de su cuarto, sentado en el piso con los dinosaurios en sus manos.

—Mamá, ¿Sabes a qué hora viene el papá nuevo?

Isabella sintió que su pecho se apretaba. No supo si de ternura o pánico, o bien de ambas.

—Hoy lo voy a buscar —dijo—. Después del colegio ya va a estar aquí.

El pequeño analizó eso con su ceño fruncido.

—¿Y si no le gustan los dinosaurios?

—Seguro que le gustan.

—¿Y si le da miedo montar a caballo?

Isabella pensó en Logan Harrington frente a un caballo.

—Ese va a ser su problema —susurró bien bajito, para ella misma, y se fue a la cocina a hacer el desayuno antes de que la sonrisa se le notara demasiado, pues sabía que su jefe jamás en la vida había montado a caballo.

Sería divertido verlo intentar.

—Ojalá y se caiga al estiércol —pensó.

Hicieron huevos revueltos los dos juntos, Noah subido en la silla, hablando sin parar y Isa escuchándolo con atención.

De vez en cuando besaba su mejilla, disfrutando realmente de algo que en cuatro años no pudo hacer.

Lo arregló para el colegio, le peinó el cabello, le acomodó la mochila, y caminaron juntos hasta la puerta.

Noah se detuvo antes de salir.

—Mamá.

—Dime.

—¿Podré llamarle papá delante de mis amigos del colegio?

Isabella lo miró; su pequeño tesoro de seis años, con sus hermosos ojitos azules, la mochila más grande que él, y una sonrisa que la enamoraba cada día más.

—Sí…puedes.

El niño sonrió y salió corriendo a la calle.

Ella se quedó un momento en la puerta mirándolo alejarse.

¿Será que todo esto es un error? Si lo es, es un error que esta mañana le dió a Noah la sonrisa más grande que he visto en semanas—luego salió para ir a dejarlo al colegio.

Al volver, preparó la ropa de cambió para Logan y salió al encuentro de Don Augusto, quien la esperaba con la carrera lista.

—Cuando quieras —le dijo el señor con un asentamiento de cabeza.

Subieron, y los caballos partieron. Isabella miró el paisaje moverse a ese ritmo que tiene la carreta, tan distinto al auto de Logan con su motorcito de ochocientos caballos de fuerza. Y sonrió, una sonrisa llena de burla y travesura.

El doctor la esperaba en el pasillo, antes de que ella ingresará al cuarto de Logan.

—Un momento, señora Harrington.

La llevó aparte, y bajó la voz—. Su esposo deberá volver para los controles de seguimiento, y si en algún momento recupera la memoria, avíseme de inmediato—hizo una pausa—. Pero quiero ser honesto con usted. El golpe fue severo. Para la altura desde la que cayó, francamente, debería haber tenido fracturas. Tuvo mucha suerte, pero la amnesia en estos casos puede durar bastante tiempo. No espere que las cosas vuelvan a la normalidad pronto.

Ella asintió—. Gracias, doctor. Lo cuidaré bien.

El médico convencido por su papel de esposa devota volvió sobre sus pasos. No sabía que esa información para ella, no era más que la gloria. Si Logan se tardaba en recuperar la memoria, aprovecharía cada momento para hacerlo sufrir, para llevar a cabo su cruel y anhelada venganza.

Logan se encontraba sentado en el borde de la cama cuando ella entró. Él, apenas la vio, se removió y sonrió, como si la hubiese estado esperando hace horas.

Isabella puso la bolsa sobre la cama sin decir nada, conteniendo las ganas de tirársela sobre la cabeza.

Logan la abrió, y miró la ropa. Tomó una camisa de cuadros azules, la sostuvo un momento y frunció el ceño.

—¿Esta es mi ropa?

—Tu favorita —afirmó Isabella.

—¿De verdad?

—Te la pones todos los sábados para ir a ver los caballos. Dices que trae buena suerte.

Él, totalmente iluso, se encogió de hombros y comenzó a vestirse.

Quince minutos después el enfermero llegó con la silla de ruedas.

—Procedimiento estándar —dijo—. Hasta la salida.

Logan observó la silla, y por alguna razón que no entendía, se negó. La idea de sentarse ahí, cómo si fuese un discapacitado, le provocaba rechazo—. No es necesario, puedo caminar.

—Señor, es el protocolo.

Logan fijo los ojos en Isabella con una expresión que pedía ayuda. Ella le sonrió con toda la inocencia del mundo.

—Es el protocolo querido—repitió.

Abrió la boca para protestar, pero Bella se adelantó, lo agarró del brazo y lo levantó —. No le causes problemas al enfermero, ya siéntate.

Por un momento, el pelinegro se sintió como un niño siendo regañado. Frunció el ceño y a regañadientes se sentó en la silla.

El enfermero le sonrió a Isabella y ella le guiñó un ojo.

Los tres salieron de la sala y luego del hospital.

La carreta estaba estacionada a unos metros de la entrada. Don Augusto, fiel a su estilo, permanecía apoyado en el asiento del conductor, con los brazos cruzados y el sombrero hasta las cejas, mirando el horizonte sin ningún apuro.

En cuanto Logan vio la carreta se quedó pasmado, desconcertado. Volteo la cabeza una y otra vez en busca de algún vehículo.

—¿Eso es lo que tenemos para volver a casa?

—Don Augusto fue muy amable en prestárnosla. En el pueblo nos movemos así, es un lugar pequeño.

—¿No tenemos auto?

—No. Sin embargo, lo tenemos planeado, tú dijiste que ibas a trabajar el doble, y que ahorrarías cada centavo para comprarnos un cacharrito.

Logan proceso eso en silencio. Después se levantó de la silla, y caminó hacia la carreta.




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