El pueblo apareció después de la última curva del camino de tierra, cuando Logan ya había vomitado exactamente dos veces. El pobre casi no podía mantenerse cuerdo.
Las casas eran bajas, con tejados de teja, y un enorme árbol se encontraba en el centro del lugar. La gente estaba afuera, como casi siempre a esa hora, y cuando la carreta pasó por la calle principal las cabezas se giraron…y todos saludaron.
—¡Logan, bienvenido!
—¡Qué alegría verte, muchacho!
—¡Ya era hora de que volvieras!
El aludido parpadeó, miró a la gente, luego a Isabella. Volvió a mirar a la gente que lo saludaba con una familiaridad que lo sorprendió.
No recordaba a ninguno. Ni una cara, ni un nombre, ni una sensación de recuerdo. Pero la gente sonreía, demasiado alegre para su gusto.
Se decidió a levantar la mano, y saludar. Con una incomodidad tremenda, intentó sonreír y que parecía natural. Sin embargo, ¡Maldición!, que difícil le resultaba, cómo si jamás en su vida hubiera sonreido por tantos minutos seguidos.
Isabella lo observaba hacer una mueca parecida a una sonrisa. Claro que sabía lo incómodo que se encontraba, el arrogante jamás era amable con nadie, simplemente no estaba en su ADN.
La casa apareció apareció al final de un camino bordeado de árboles. Logan la vio desde lejos y se quedó callado.
Era una granja bonita. Eso era lo primero que pensaba cualquiera que la veía por primera vez, y Logan no fue la excepción.
La casa con su madera clara, el granero rojo al fondo, el molino que giraba despacio, los potreros donde dos caballos se movían. Era el tipo de lugar que daba serenidad.
Don Augusto detuvo la carreta. Bajó, ayudó a Logan, que aceptó el apoyo sin resistencia pues las piernas las tenía como gelatinas.
—¿Esta es nuestra casa?
—Es mía —contestó Isabella—. Herencia de mis padres.
—Es bonita.
—Lo es—hizo una pausa—. Pero hay muchas cosas que necesitan arreglo. La cerca tiene varios palos rotos, la chapa de la puerta principal lleva semanas atascada, hay humedad en el techo que hay que tratar, las ampolletas del granero no están funcionando bien, el molino hace un ruido cuando hay viento.
Logan escuchaba con atención—. ¿Cuándo pensabas arreglar todo eso?
—Yo no —dijo Isabella—. Tú.
Él levantó ambas cejas—. ¿Yo?
—Tú. Eres el hombre de la casa. Siempre te has ocupado de esas cosas.
Hubo un silencio.
Logan detallo la cerca, la chapa, y el molino.
Se rascó la cabeza despacio—. Está bien. Lo haré.
Aquello no sonó muy convencido, pero a Isabella le bastó, tenía bastante tiempo para obligarlo a ocuparse de todo.
—Entonces bienvenido a casa, esposo.
Empujó la puerta con fuerza, debido a la chapa atascada, y entró sin mirar atrás.
La puerta se abrió con ese sonido desagradable. Logan, que lo notó, se detuvo en el umbral, mirando la chapa, preguntándose cómo diablos se cambia eso y después entró.
La estancia era pequeña pero ordenada, acogedora. Había flores en la ventana, un dibujo pegado en la nevera, una hilera de botas junto a la puerta, dos pares pequeños y uno grande que supuso eran de él.
Isabella lo observaba caminar mientras él recorría el salón despacio, tocando las cosas con la punta de los dedos, el respaldo del sillón, el borde de la mesa, el marco de una foto en la pared que era de los padres de Isabella y que Logan miró durante varios segundos sin decir nada.
—¿Quiénes son?
—Mis padres. Los dos murieron hace años.
Logan asintió.
—¿Y de mi familia? ¿Hay algo?
Bella pensó en esa pregunta. La ensayó mentalmente desde la noche anterior.
—No te llevabas bien con ellos —afirmó—. Hace tiempo que no hay contacto.
—¿Por qué?
—Esas son cosas que tú nunca quisiste contarme del todo.
Él asintió de nuevo.
—Ven. Te muestro el resto.
El baño era pequeño. La ducha con una cortina de flores, el espejo con la esquina despegada, el estante con tres cepillos de dientes y un jabón a medio usar.
Logan se quedó frente al espejo. Isabella se quedó en la puerta.
Él se contempló durante un momento largo. La venda en la cabeza, la camisa de cuadros, sus rizos despeinados.
Se miraba con atención, queriendo hallar algún gesto,algún detalle que le ayudará a reconocerse. No encontró nada, o encontró algo que no entendió, porque frunció el ceño y se pasó una mano por la mandíbula con una lentitud que a Isabella le pareció, verdaderamente triste.
—¿Estás bien? —dijo ella.
—Sí.
Salieron del baño sin más comentarios.
El cuarto de Noah olía a su perfume favorito, una fragancia infantil y dulce.
Logan entró despacio. Miró los dinosaurios en el estante, los dibujos pegados en la pared, la cama pequeña con el edredón azul y un peluche de cocodrilo.
De pronto vio el dibujo en el escritorio.
Isabella, desde la puerta, sabía exactamente qué dibujo era ese. Lo había visto en la mesa la noche anterior, la familia con el espacio en blanco. Contuvo el aliento sin darse cuenta, claramente se le olvidó ocultarlo.
—¿Quién falta aquí? —preguntó Logan, sin voltearse.
—Tú. Noah lo estaba terminando cuando tuviste el accidente.
Él no dijo nada, solo siguió viendo el dibujo, después lo dejó exactamente donde estaba, y salió del cuarto.
El dormitorio principal era el último.
Isabella abrió la puerta y entró primero. La cama estaba tendida, las almohadas en su lugar, el armario cerrado.
Logan entró, y sus ojos se fijaron en la cama.
—Dormimos juntos —soltó Isabella, cómo si no fuera obvio—. Llevamos años haciéndolo, no debería sorprenderte.
—No me sorprende —dijo Logan—. Solo estaba ubicándome.
—Claro.
—Ubicándome en el espacio.
—Entiendo.
—¿Cuál lado es el mío?
Isabella señaló el lado derecho sin dudar, que era el lado donde ella nunca dormía y que por lo tanto era el único disponible, aunque Logan no tenía manera de saber eso.