Logan estaba lavando los platos cuando tocaron la puerta. Abrió y encontró a un hombre corpulento, usaba un sombrero desgastado y botas de trabajo.
—¡Logan! ¿Cómo estás, muchacho? —le dio un apretón de manos que casi le disloca los dedos—. Soy Rosendo, vivo tres casas más allá. Tu esposa me dijo que estabas mejor y que podías echarme una mano con la reja de don Jacinto.
—Claro —dijo Logan, aunque no tenía la menor idea de quién era don Jacinto—. Déjame ponerme algo y vamos.
Rosendo se apoyó en el marco de la puerta mientras Logan se cambiaba—. Oye, ¿Y la cabeza? ¿Ya mejor?
—Mejor, sí. Todavía no recuerdo nada, pero me estoy adaptando.
—¿Nada de nada?
—Nada.
Él hombre silbó—. Ni siquiera recuerdas la vez que nos ganaste a todos en la carrera de sacos de la feria del año pasado.
—¿Yo gané una carrera de sacos?
—Amigo, eres el campeón indiscutido.
Cuatro años consecutivos. Nadie entiende cómo lo haces con esas piernas tan largas.
Logan se miró las piernas, confundido—. ¿De verdad?
—Te lo juro que—dijo Rosendo con una seriedad que habría convencido a cualquiera.
Salieron al camino. Él hombre hablaba sin parar, le contó sobre el tiempo, sobre las lluvias que venían, sobre la yegua de Don Aurelio que se había escapado el mes pasado y apareció en el pueblo vecino como si nada.
Logan lo escuchaba con atención. No porque recordara algo, sino porque de cierta manera le resultaba agradable.
La casa de don Jacinto era pequeña, con un patio amplio cercado a medias. El viejo estaba sentado en una silla de plástico bajo un árbol, con un vaso de algo que probablemente no era jugo de naranja.
—¡Por fin! —exclamó al verlos—. Creí que no venían. Siéntense, les sirvo algo.
—Vinimos a trabajar, don Jacinto, no a tomar.
—Una cosa no quita la otra. Pero bueno —don Jacinto se levantó con dificultad—. La reja está allá atrás. Hay que sacar la vieja, que ya no sirve ni de adorno, y poner la nueva. Los postes están marcados, las herramientas están en la bodega.
Logan caminó hacia la parte trasera de la propiedad con Rosendo. Los postes estaban marcados con pintura roja y la reja nueva esperaba apoyada contra la pared de la bodega.
—Empezamos sacando los postes viejos —indicó Rosendo, pasándole una pala—. Tú cavas, yo sostengo. Como siempre.
Como siempre—pensó Logan, agarrando la pala con las dos manos como si fuera la primera vez que sostenía una.
Empezó a cavar. Los primeros tres golpes fueron patéticos, la pala rebotó en la tierra dura, y Rosendo lo miró con una ceja levantada.
—Oye, ¿Seguro que estás bien? Pareces un oficinista.
—El golpe —justificó Logan—. Me afectó la coordinación.
—Ah, claro. La coordinación —Rosendo se cruzó de brazos con una sonrisa—. Yo te enseño de nuevo. Mira, pones el pie así, agarras así, y el golpe viene de la cadera, no de los brazos.
Logan corrigió la postura. El siguiente golpe fue mejor. La pala entró en la tierra.
—¡Eso! —Rosendo le dio una palmada en la espalda que casi lo manda al suelo—. ¡Así es como se hace! ¿Ves? El cuerpo recuerda aunque la cabeza no.
Trabajaron durante dos horas. Don Jacinto los supervisaba desde su silla, dando instrucciones que a veces eran útiles y a veces eran simplemente excusas para contar historias.
—Ese poste de la izquierda está torcido, Rosendo.
—Está derecho, don Jacinto.
—Está torcido como mi espalda. Logan, dile que está torcido.
El aludido miraba el poste sin tener la menor idea de si estaba torcido o derecho.
—Yo creo que está... aceptable.
—Aceptable —repitió don Jacinto con disgusto—. Muchacho, en mis tiempos las cosas estaban derechas o estaban mal. No existía lo aceptable.
Rosendo le guiñó el ojo a Logan y siguieron trabajando.
A las once, don Jacinto sacó una jarra de limonada y tres vasos. Se sentaron a la sombra del árbol. Logan tenía tierra hasta los codos, el sudor le bajaba por las sienes y le dolían los músculos.
Pero la reja estaba en su lugar. No era perfecta, tenía un ligero desnivel en la esquina que Rosendo prometió corregir después. Sin embargo estaba firme, funcional.
Don Jacinto la miró desde su silla con los ojos entrecerrados y asintió una sola vez.
—Bien —afirmó, y viniendo de él, eso era lo más cercano a un elogio.
Logan tomó la limonada de un trago. Tenía demasiada azúcar, más en ese momento le pareció a gloria. Al terminarla sonrió.
—Oye, Logan —dijo Rosendo de pronto, mirándolo con curiosidad—. ¿De verdad no recuerdas nada?
—Nada.
—¿Ni a tu mujer? ¿Ni a tu hijo?
—No. Los estoy conociendo de nuevo.
Rosendo se quedó pensativo un momento—. ¿Y cómo se siente eso?
Logan miró el vaso vacío en sus manos. Pensó en Isabella, en su pelo recogido, en la forma en que lo miraba de reojo cuando creía que él no se daba cuenta. Pensó en Noah, en la curita de dinosaurio, en la sonrisa encantadora que tenía para él cada mañana.
—Se siente —hizo una pausa— . Como estar en un lugar donde todo es nuevo, pero donde por alguna razón quieres quedarte. Es como si fuese lo que necesitaba, y ni yo mismo lo sabía.
Rosendo asintió despacio—. Eso es buena señal, muchacho.
Don Jacinto, que escuchaba desde su silla con los ojos cerrados, levantó el vaso.
—Por quedarse donde uno quiere estar.
Brindaron con limonada.
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Isabella luego del colegio pasó a casa de Florencia, y a las cuatro de la tarde volvió con Noah de la escuela . Entraron por la puerta y el aroma los recibió antes que cualquier otra cosa.
Logan se encontraba en la cocina. Tenía puesto un delantal y se movía entre la olla y la tabla de cortar cuál experto.
—¿Qué haces? —preguntó Isabella desde la puerta.
—La cena.
—Son las cuatro de la tarde.
—Empecé temprano porque no estaba seguro de cuánto me iba a demorar. Encontré una receta pegada en la puerta de la alacena.