Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

En el corazón, nadie manda

El despertador sonó a las cinco y cuarenta y cinco. Isabella ya estaba despierta. Apagó la alarma y se levantó despacio, con cuidado de que el colchón no se moviera demasiado, y bajó descalza por la escalera con las botas en la mano.

Necesitaba salir de ese cuarto. Necesitaba aire, distancia, algo que no fuera el calor de Logan a centímetros del suyo y la memoria del beso que todavía no podía sacarse de la boca.

Salió al patio trasero. Recogió los huevos uno a uno, sin apurarse, dejando que el aire helado le entrara hasta los pulmones. Después fue al establo, ordeñó a las dos vacas que faltaban del día anterior, llenó los bebederos y las alimentó.

Cuando volvió a la cocina puso el agua a hervir, sacó los huevos y encendió la sartén. Hizo el desayuno y acomodó la mesa.

Estaba poniendo el último plato en la mesa cuando escuchó los pasos en la escala.

Logan se detuvo en el último escalón.

—¿Hiciste todo? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué no me despertaste? Eso lo hago yo.

—Hoy no.

—Isabella.

—Siéntate, se enfría.

Él se quedó parado un momento más, mirándola, queriendo decir algo y sin encontrar las palabras. Al final se sentó.

Noah bajó al rato con el uniforme a medio poner. Se trepó a la silla, agarró la taza, y empezó a hablar de un examen de matemáticas que tenía la próxima semana.

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, mi amor.

—Estás callada.

—Estoy pensando en mis cosas.

Logan la observaba desde el otro lado de la mesa. Isabella sentía que cada mirada le quemaba la piel, pero no alzó la vista del plato.

Cuando terminaron, ella se levantó primero.

—Voy a llevar a Noah al colegio.

—Te acompaño.

—No.

La palabra le salió más cortante de lo que pretendía. Él se quedó con la taza a medio camino de la boca.

—Las bombillas del granero llevan semanas fallando —agregó ella, suavizando un poco el tono pero sin mirarlo—. Hay repuestos en la caja de herramientas del galpón. Tres están fundidas, una parpadea, y revisa los cables, a veces el problema no es la bombilla sino la conexión.

—Está bien.

—Necesitas una escalera. Está apoyada en la pared del fondo.

—Está bien, Isabella.

Asintió sin mirarlo, agarró la mochila de Noah, y salió.

Él se quedó solo en la cocina, escuchando los pasos de su esposa alejarse por el camino de tierra y preguntándose en qué momento exacto las cosas habían cambiado.

.

.

Pasó la mañana en el granero. Las bombillas eran un desastre. Las fue cambiando una por una, subido en la escala de madera que se tambaleaba con cada movimiento. Le tomó dos horas. Se electrocutó una vez, levemente, lo suficiente para soltar un improperio y sacudir la mano. Descubrió que Isabella tenía razón, dos de los problemas eran los cables y no las bombillas, y tuvo que pelar y unir las conexiones dañadas.

Al terminar y encender todo, el granero se iluminó por primera vez en meses. Los animales se removieron, sorprendidos por la claridad, mientras que él se quedó de pie en el centro admirando su trabajo con las manos en la cintura y una satisfacción que cada día le resultaba más agradable.

Sin embargo, la satisfacción no le duró. Porque al limpiar las herramientas, al fijarse en la casa, lo único que pensaba era en la expresión de Isabella esa mañana. En esa frialdad, en esa distancia que ella levantó entre ambos.

Repasó los últimos días en la cabeza. La cacería, la liebre, el beso en la puerta.

Se detuvo en el beso.

¿Habrá sido eso? —pensó. Pero descartó la idea casi de inmediato, era su esposa. Un beso entre esposos no podía ser el problema.

¿O sí?

.

.

Isa volvió después de un rato. Lo encontró saliendo del granero con las manos sucias y la camisa salpicada de polvo blanco. Se cruzó de brazos y se acercó.

—Quedaron las luces.

—Sí, cambié todo. Hay dos cables que estaban mal, los uní con cinta nueva.

—Bien.

Se quedaron un segundo en silencio.

Logan esperaba algo, una conversación, una palabra más amable, algo que indicara que la distancia de su esposa era sólo producto de su imaginación.

—Los hombres del pueblo van a venir a buscarte. Se viene la feria anual, todos

los hombres ayudan con los preparativos.

—¿Yo también?

—Tú también.

—¿Qué hay que hacer?

—Decoraciones, puestos, mesas. Todo lo que se pueda armar antes del fin de semana. Las mujeres se encargan de los manteles, las guirnaldas, esas cosas. Los hombres del trabajo pesado.

Él sonrió, una sonrisa amplia, genuina, de las que ya empezaban a hacerse una costumbre.

—Está bien, quiero ir.

Esa sonrisa le incomoda a Isabella. No porque fuera falsa, sino porque era todo lo contrario, era tan honesta que le costaba apreciarla y olvidar lo desgraciado que fue como jefe.

—Voy a hacer el almuerzo —y se marchó a la casa.

Logan terminó de guardar las herramientas, y después fue a alimentar a los animales. Les llevó el forraje a las vacas, les cambió el agua a los caballos, recogió los huevos que habían puesto en la última hora. Se movía por la granja con una facilidad que antes no tenía.

Al mediodía almorzaron los dos solos.

Comieron en silencio durante los primeros minutos. Él masticaba despacio, con la cabeza gacha, juntando el coraje para decir algo que le rondaba la cabeza desde la mañana.

—Isabella.

—Mmm.

—Si hice algo mal, dímelo.

Ella levantó la cabeza—. No hiciste nada.

—Estás distinta y no quiero que estés así. Si fue algo del beso...

—Logan.

—Si te molesté, perdóname. No volveré a hacerlo si no quieres.

Bella sintió que el calor le subía hasta las orejas.

—No fue el beso.

—¿Entonces qué fue?

—Nada, estoy cansada. Hay mucho que hacer con la feria, con la casa, con Noah. Eso es todo.

Era una mentira y los dos lo sabían. Pero él, otra vez, decidió no presionar.




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