A las cuatro Isabella se puso de pie.
—Voy por Noah.
Las mujeres asintieron sin levantar la vista.
Se sacudió la falda, dejó la canasta sobre el banco, y empezó a caminar hacia la calle que llevaba al colegio. No miró hacia el grupo de hombres. No quería darle a Logan la oportunidad de…
—Espera.
Demasiado tarde.
Logan dejó la viga con Rosendo, se limpió las manos en los jeans, y cruzó la plaza.
—Voy contigo.
—No es necesario.
—Quiero ir.
Isa miró a su alrededor. Las mujeres del roble fingían no escuchar, los hombres del fondo fingían no mirar, pero estaban todos pendientes, todos atentos, y decirle que no a Logan en ese momento iba a ser una escena que ella no quería protagonizar.
Asintió con la cabeza.
Salieron de la plaza por la calle que bajaba al colegio. La luz de la tarde caía sobre el sendero de tierra, caminaron uno al lado del otro sin hablar, sus pasos crujían sobre la tierra seca.
Bella iba con los brazos pegados al cuerpo, la mandíbula apretada, la vista fija al frente. Logan caminaba a su lado, mirándola de reojo, intentando entender, intentando descifrar.
A mitad de camino él extendió la mano hacia la de ella. Isabella la retiró, un movimiento sutil, casi imperceptible, pero que él sintió como una puerta cerrándose.
Se detuvo.
Ella dio dos pasos más antes de darse cuenta. Él estaba parado en medio del camino, con el sol cayéndole en el rostro y una expresión que Isabella no le había visto nunca. No era enojo, no era frustración. Era algo más vulnerable, era la expresión de un hombre que estaba intentando con todo lo que tenía y no entendía por qué no alcanzaba.
—Isabella.
—Vamos, se nos hace tarde.
—Espera. Solo un momento.
Ella se quedó quieta. Lo miró desde esos tres metros de distancia que se sentían como treinta.
Entonces, Logan hacia ella. Despacio, sin apuro, con las manos a los costados.
Se paró frente a frente, mirándola con intensidad. Y cuando habló, su voz sonó distinta. No era la voz del hombre que bromeaba con Rosendo ni la del que le hacía cosquillas a Noah. Era la voz de alguien que necesita decir algo aunque le cueste sacarlo.
—No sé qué hice mal. No sé qué pasó ni por qué no me miras a la cara, y no te estoy pidiendo que me lo expliques si no quieres. Pero necesito pedirte una cosa.
Isabella tragó. Sentía el nudo en la garganta creciendo, presionando hacia arriba.
—No me niegues la mano.
Ella parpadeó.
—Eres mi esposa, y yo quiero ser un buen esposo para ti. Quiero ser un buen papá para Noah. No sé si lo estoy logrando, no sé si antes lo hacía mejor, pero estoy intentándolo. Con todo lo que tengo, estoy intentándolo. Así que por favor —extendió la mano—, no me niegues tu mano.
La mano de Logan estaba ahí. Abierta, esperando. Con los nudillos raspados de los clavos y las gallinas y las cercas, con tierra bajo las uñas, con callos que no tenía tiempo atrás.
Isabella la miró, y algo se le rompió por dentro, algo como una grieta que cambia toda una estructura. Porque este hombre, este mismo hombre que durante cuatro años la trató con desprecio, que le descontó el veinte por ciento sin pestañear, que la humilló delante de cuarenta personas, este hombre estaba parado en un camino de tierra pidiéndole que no le negara la mano. Con la voz temblándole, con los ojos buscándola como si ella fuera lo único que importaba en el mundo.
Y lo peor, lo que la destrozaba por dentro, era que él no estaba actuando, no estaba fingiendo. Lo sentía de verdad, cada palabra, cada gesto, cada mirada.
Él no sabía que era una mentira. No sabía que el matrimonio era falso, que Noah no era su hijo, que la granja no era su hogar, que los vecinos que lo saludaban estaban todos en el secreto.
Él solo sabía que quería darle la mano a su esposa y que ella se la negaba.
Isa levantó la mano despacio, la puso sobre la de él.
Logan cerró los dedos alrededor de los suyos, firme y cálido, y ella sintió ese contacto en cada terminación nerviosa de su cuerpo, como una corriente que le subía por el brazo y le llegaba directo al pecho. Volteó la cara hacia el otro lado.
Una lágrima le bajó por la mejilla, una sola, rápida, tibia. Se la limpió con el dorso de la mano antes de que él pudiera verla. Tragó el nudo de la garganta, respiró profundo, y empezó a caminar.
Logan caminó a su lado sin soltarle la mano.
Le acariciaba el dorso con el pulgar. Un movimiento pequeño, repetitivo, casi inconsciente, que a Isabella le rompía y le reparaba el corazón al mismo tiempo.
.
.
Noah los vio desde la puerta del colegio.
Estaba junto a la profesora, esperando, con la mochila colgando de un solo hombro y los zapatos sin atar como siempre. Cuando los vio venir tomados de la mano, abrió los ojos, sonrió y soltó la mochila al suelo.
—¡Mamá! ¡Papá!
Salió corriendo. Cruzó los cinco metros que los separaban en tres pasos, se lanzó contra ellos, y los abrazó a los dos al mismo tiempo. Un brazo a la pierna de Isabella, otro a la de Logan, la cara aplastada contra ellos.
—¡Vinieron juntos!
—Sí, campeón —dijo Logan, agachándose para revolverle el pelo.
—¿Y vamos a volver juntos?
—Vamos a volver juntos.
Noah se separó, recogió la mochila del suelo, y se metió en el medio de los dos.
Le tomó la mano libre a Isabella con la izquierda, le tomó la mano libre a Logan con la derecha.
—Listo. Ahora sí.
Empezaron a caminar de vuelta a la granja.
Noah hablaba sin parar. Le contaba a Logan sobre el partido de fútbol del recreo, sobre cómo le había ganado a Lucas en una carrera, sobre la profesora que les había prometido un experimento con vinagre la próxima semana. Logan le respondía a todo, le hacía preguntas, le seguía la corriente con esa atención que se había vuelto su sello.
Los dos se reían.
Bella caminaba en silencio. Escuchaba las voces a su lado como si vinieran de muy lejos. La risa de Noah, la risa de Logan, ronca, distinta a cualquier risa que le hubiera escuchado al hombre del traje.