Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La feria y lo que no se puede negar

Pasaron los días.

Días en los que Isabella y Logan se movieron por la casa como dos personas que comparten espacio pero no se tocan. Compartían los desayunos, las cenas, las tareas con Noah, pero entre ellos había una distancia invisible que ninguno de los dos sabía cómo cruzar. Logan lo intentaba a su manera, con una taza de café puesta para ella, con una mirada intensa, con un buenos días que esperaba algo que no llegaba. Isabella respondía con monosílabos amables, y con sonrisas cortantes. Pero los dos sabían que algo cambió el día que se dieron la mano en el camino a la granja.

El sábado amaneció con un cielo azulado y despejado. Era el día de la feria.

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Isabella se vistió en su cuarto con la puerta cerrada. Eligió el vestido floreado que llevaba años guardado en el armario, el que su mamá le había regalado el último cumpleaños antes de morir. Tenía flores pequeñas en tonos rojos y amarillos sobre un fondo crema, con el cuello en V y la falda que caía justo por encima de las rodillas. Lo sacó del fondo del cajón, lo planchó con cuidado, y se lo puso despacio. Después se colocó las botas vaqueras. Se recogió el pelo a un lado con un broche de su mamá, dejó algunos mechones sueltos sobre la cara, y se puso unas gotas del único perfume que le quedaba, uno de jazmín y vainilla que usaba solo para ocasiones especiales.

Se observó en el espejo. Hace mucho que no se veía así.

Es para Noah —se dijo—. Es para que el niño tenga su feria como cualquier niño. Nada más. Sin embargo, en el fondo, bien en el fondo, en ese lugar que quería mantener enterrado, sabía que no era así.

Bajó la escalera. Logan estaba en la cocina, de espaldas, terminando de servir un café. Llevaba puesta una camisa azul oscuro arremangada a los antebrazos, unos jeans, y las botas nuevas que Rosendo le había prestado. Se peinó los rizos de manera que caían como resortes por su frente y se afitó.

Cuando se dio vuelta y la vio, se quedó congelado, con la taza a medio camino de la boca.

La miro durante un momento extenso, sin pestañear, con una cara de bobo. Incluso, olvidó lo que iba a decir.

—Estás hermosa—susurró, arrastrando las palabras. Lo dijo bajo, casi para sí mismo, como si la frase se le hubiera escapado antes de poder siquiera pensarla.

Isabella sintió que el calor le subía por el cuello hasta las orejas.

—Vamos a llegar tarde —farfulló deprisa, evitando sus ojos, y se fue a buscar a Noah.

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La plaza del pueblo era irreconocible.

Los puestos de madera que armaron durante la semana estaban acomodados en círculo alrededor del roble grande, cada uno con su mantel de cuadros rojos y blancos, con cintas de colores colgando de las esquinas.

Del roble salían cuerdas hacia las casas vecinas, y de esas cuerdas colgaban guirnaldas de papel y banderines triangulares amarillos, azules, rojos, que se movían con la brisa. Sobre los puestos había ampolletas redondas conectadas con cables, esperando la noche para encenderse.

En el aire permanecía una fragancia a maíz tostado, a empanadas recién salidas del horno, y a leña. En el centro estaba una tarima de madera con un equipo de sonido viejo, y de los parlantes salía música country.

Los niños corrían entre los puestos con sonrisas plasmadas en sus rostros. Las mujeres llevaban platos de comida de un lado a otro. Los hombres se encontraban junto a los barriles de cerveza, con las manos en los bolsillos, y risas estridentes.

Todo el pueblo reunido.

Noah soltó la mano de Isabella en cuanto vio a sus amigos.

—¡Mamá, voy con Lucas!

—¡No te alejes mucho!

Pero el niño ya estaba corriendo.

Ella y Logan se quedaron ahí, parados a la entrada de la plaza, uno al lado del otro, mirando a su alrededor. La cercanía de los cuerpos era incómoda y al mismo tiempo necesaria, porque la multitud los empujaba a mantenerse juntos.

—Tengo que ayudar con los manteles —dijo Isa, sin mirarlo.

—Yo voy a ver lo de la rifa. Después te busco.

Isabella asintió y se alejó hacia el grupo de mujeres que ya la llamaba con la mano.

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Pasó las primeras dos horas con Rosa, Marta y doña Carmen, acomodando los manteles en los puestos de comida, desplegando las bandejas de empanadas, ordenando los vasos.

Cada vez que levantaba la cabeza, los ojos de Logan estaban en ella.

Lo veía del otro lado de la plaza, hablando con un comerciante, repartiendo boletos de rifa, anotando algo en un cuaderno. Y aun en medio de todo eso, sin que ella supiera cómo, sentía la mirada que la hallaba, cada vez, como si tuviera un radar.

—Te está mirando otra vez —dijo Marta, sin levantar la vista de un tazón.

—Lo sé.

—Es la décima vez en una hora. Llevo la cuenta.

Bella no respondió. Doblaba un mantel con más concentración de la necesaria.

Más tarde, Logan cruzó la plaza hacia ella. No vino solo, traía a Noah de la mano.

—Mamá, papá dice que vamos a jugar al juego de los patos, hay que tirar a unos patos de madera con un rifle de aire. Si le das, te ganas un peluche.

Ella quiso negarse, pero ambos la miraban sonrientes, anhelantes, y así ¿Cómo decir que no?

—Vamos.

El puesto de los patos era manejado por un señor mayor con sombrero de paja.

Tres rifles de aire apoyados en el mostrador, una hilera de patos de lata en el fondo, premios colgando del techo; peluches, tazas, llaveros, una pelota de fútbol grande que era el premio mayor.

Noah quería la pelota.

—Papá, esa pelota —señaló—. Esa quiero, por favor.

—Hay que darle a cinco patos seguidos—comentó el señor.

Logan miró a los patos y luego a su hijo.

El pequeño tenía los mofletes colorados y una sonrisa que no cabía en su rostro.

—¡Tú puedes papá!

—Voy a intentar—declaró tragando el nudo de su garganta. Si con suerte pudo cazar a una liebre, ¿Cómo lo haría para ganar el premio que Noah quería?




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