Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Consecuencias

Un suspiro escapó de sus labios. Sí, definitivamente estaba perdida. Perdida pues aquel plan de venganza ya no tenía fundamento ni razón. Lo que comenzó impulsado por el rencor, poco a poco se convirtió en el motivo por el cual su corazón latía como un caballo a galope.

Esperó un par de minutos, lo suficiente para que Logan se quedara dormido antes que ella.

Subió a paso lento la escala, arrastrando los pies, como si cargará en ellos el peso de sus decisiones.

Ya en el cuarto, notó que la respiración de Logan era lenta y profunda. Tomó su pijama y entró al baño. Se cambió y se metió en la cama, acurrucándose bien a la orilla, lo más lejos posible de él. No soportaría tener que sentir una vez más su piel contra la de ella.

Sin querer y sin poder evitarlo recordó el baile, el olor de su cuello, la mano en su cintura cuando la pareja de forasteros los llamó los Harrington.

~{Isabella ya duérmete, deja de pensar en imposibles}~

Se durmió sin darse cuenta, y horas más tarde, lo que la despertó, fueron unos pequeños pasos. Unos pies descalzos corriendo por el pasillo, la puerta del cuarto abriéndose despacio, y después la voz temblorosa de Noah.

—Mamá.

Se incorporó en la cama de golpe. El reloj de la mesita marcaba las tres y diez de la mañana.

—¿Qué pasó, mi amor?

El pequeño estaba parado al lado de la cama. Una lágrima caía de su mejilla. Traía un peluche apretado contra el pecho.

—Tuve un sueño feo.

Logan también se despertó. Se frotó el rostro con la mano y miró al niño, preocupado.

—¿Qué soñaste, campeón?

—Que me quedaba solo, que mamá no estaba, y que tú tampoco estabas—su labio le temblaba.

—Ven —dijo Logan, y corrió la cobija—. Duerme con nosotros.

Noah no esperó a que se lo dijeran dos veces. Trepó a la cama gateando, pasó por encima de Isabella, y se metió en el medio de los dos. Se acurrucó con la cara contra el pecho de Logan y el peluche aplastado entre los dos.

Logan le pasó el brazo por encima.

—Aquí estamos, los dos.

—¿No se van a ir?

—No nos vamos a ir.

Isabella se quedó quieta, con el corazón doliendole. Se acercó a Noah por el otro lado y le puso la mano en la espalda. Sintió a su hijo respirando entre los dos, primero agitado, después, cada vez más tranquilo, hasta que se durmió.

Ella, en cambio, se quedó mirando el techo con los ojos abiertos en la oscuridad.

A su lado, Noah dormía con la boca entreabierta, agarrado al brazo de Logan como si fuera un salvavidas, y al otro lado de su hijo estaba él, con la mano de Noah cerrada en un puño sobre su pecho.

Los miró a los dos. A esas dos personas que no deberían estar ahí juntas, que no tenían ningún motivo real para estar compartiendo una cama, y que sin embargo encajaban como si fueran padre e hijo de toda la vida.

En cierto momento Logan abrió los ojos, encontrándose con la mirada de ella.

No dijo nada, simplemente levantó la mano por encima del cuerpo dormido de Noah, muy despacio, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

Una caricia tibia, dulce y a la vez breve.

Isabella cerró los ojos. No se movió, ni se apartó. Se quedó ahí, sintiendo con cada fibra de su cuerpo la mano de Logan acariciar su piel.

Logan bajó la mano después de unos segundos. Se acomodó para seguir durmiendo, pero antes de cerrar los ojos la miró una vez más, y le susurró:

—Buenas noches, Isa.

Nunca la había llamado así. Ella sintió algo cálido subirle por el pecho. Apretó los labios para no hacer ruido.

—Buenas noches.

.

.

Por la mañana, Noah se despertó primero.

Isabella lo sintió moverse, levantar la cabeza, mirar a un lado y al otro, comprobando que seguían ahí. Luego se le acercó a la cara, apoyó la frente contra la de ella, y le habló en voz muy baja.

—Mamá.

—Dime.

—No me quites a papá nunca.

Bella sintió un pinchazo en el pecho, agudo, limpio, como si alguien le hubiera clavado un alfiler. Lo abrazó fuerte, le besó la coronilla de su cabeza. No confió en su propia voz para responder, no quería llorar, no quería admitir que ella tampoco quería quedarse sin Logan.

Noah aceptó el silencio como respuesta. Le dio un beso en el cachete, se bajó de la cama, y salió corriendo a buscar la pelota de la feria.

Logan seguía dormido, o fingía estar dormido. Ella no quiso averiguarlo, y en su lugar se levantó despacio. Bajó a la cocina y agarró el bolso con el cual iba a la empresa.

Lo dejó sobre la mesa y se quedó parada mirándolo. Adentro, en el fondo, debajo de la carta de renuncia que nunca entregó, se encontraba el celular de Logan. Apagado desde el primer día, guardado como un secreto bajo llave.

Las palabras de Noah le seguían dando vueltas en la cabeza. No me quites a papá nunca. Y antes de eso, el susurro de Logan en la oscuridad, la caricia en la mejilla, el brazo sosteniendo a su hijo

dormido.

Era demasiado. Todo estaba yendo demasiado lejos, todo salía de su control.

Metió la mano en el bolso y sacó el teléfono. Se le quedó mirando en la palma, frío, pesado. Un objeto que no le pertenecía, de un hombre que todavía existía afuera de esa casa aunque él no lo supiera.

Lo encendió. La pantalla se iluminó y una avalancha se le vino encima a Isabella como una ola.

Ciento treinta y siete notificaciones; llamadas perdidas, mensajes de texto, correos. Fue leyendo con el pulso alterado. Marcus, el asistente; tres llamadas esta semana, cinco la anterior. Mensajes cada vez más tensos.

Logan, ¿Todo bien? Los directores preguntan por ti.

Logan, necesito una instrucción urgente sobre el contrato con los alemanes.

Logan, por favor llámame. No entiendo qué está pasando.

Y después, otros mensajes más angustiosos; Mamá.

Hijo, ¿Por qué no contestas?

Logan, me estoy preocupando. No me has llamado ni nada.

Hijo, por favor, una señal de que estás bien.




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