Isabella se despertó con la boca seca y la cara hinchada. Buscó el reloj de la mesita y se incorporó de golpe.
Las tres y diez de la tarde.
Noah salía del colegio a las cuatro, tenía menos de una hora. Se levantó rápido, se mojó la cara con agua fría tres veces y se peinó con los dedos frente al espejo.
Apretó las palmas contra los párpados un momento, respiró profundo e intentó disimular lo que no se podía disimular.
Bajó la escalera con la chaqueta en la mano. La casa estaba en silencio. Logan no se encontraba en la cocina ni en el salón.
Salió al patio trasero y lo vio del otro lado del corral, agachado al lado del bebedero de los caballos, cambiándoles el agua. Trueno le mordisqueaba el hombro de la camisa con confianza.
Logan levantó la vista cuando la sintió llegar.
—Te despertaste.
—Sí. Es tarde.
Él la miró con esa atención que tenía cuando notaba algo y no sabía si preguntar.
—¿Estás mejor?
—Estoy bien.
No estaba bien, y él se daba cuenta. Pero asintió con la cabeza como si le creyera, porque era lo único que podía hacer.
—Yo voy a salir un rato—dijo ella, sin sostenerle la mirada.
—¿A dónde?
—A casa de Florencia, luego voy por Noah. Necesito caminar y tomar aire.
—Te acompaño.
—No.
La palabra le salió más rápida de lo que pretendía. Él enderezó, se limpió las manos en los jeans y se le acercó dos pasos.
—Isa.
—Por favor, Logan. Necesito ir sola.
La miró un largo segundo. Quería preguntar, quería saber.
Ella lo notó, lo veía en los ojos, en la mandíbula apretada, en la forma en que abrió la boca y la cerró sin decir nada.
Pero al final asintió—. Está bien.
Isabella se dio media vuelta antes de que él pudiera decir algo más.
Caminó hacia el sendero con las manos en los bolsillos y los hombros tensos, sintiendo la mirada de Logan en su espalda hasta que la curva del camino la sacó de su vista.
.
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La casa de Florencia estaba al otro lado del pueblo, después de la plaza, en una calle de tierra bordeada de árboles. Era una casa pequeña, con las paredes pintadas de un rosa pálido descolorido por el sol y un jardín delantero lleno de macetas con tulipanes y hierbas aromáticas que la mujer cuidaba con devoción.
Tocó la puerta. Florencia abrió segundos después, con un trapo de cocina en el hombro y la cara que ponía cuando algo le olía a problema antes de que se lo dijeran.
—Niña.
La miró, a los ojos rojos, la cara descompuesta y la chaqueta puesta torcida.
Sin decir nada, abrió los brazos.
Isabella entró en ese abrazo y un llanto desgarrador salió de sus labios.
—Ya, ya, mi niña.
Flor la sostenía con los dos brazos, una mano en la espalda y otra en la nuca, como cuando era chica y se raspaba las rodillas en el patio. La dejó llorar todo lo que necesitaba llorar, sin apurarla, sin decirle nada más, hasta que Isabella se separó respirando entrecortado y se limpió los ojos con las dos manos.
—¿Te hizo algo? ¿Logan?
—No, Flor. No es eso. Él no ha hecho nada malo, es todo lo contrario.
La mujer frunció el ceño. La tomó del brazo y la llevó adentro, hasta el sillón viejo del salón. Le hizo sentarse, le acomodó un cojín en la espalda, y se sentó al lado.
—Cuéntame. Desde el principio.
Bella le contó. Le contó todo, sin ocultar detalles, sin acomodar las cosas para que sonaran mejor. Le contó del beso en la puerta cuando Logan llegó con la liebre. De la cocina donde le enseñó a preparar el animal y él la miraba como si ella fuese la mujer de su vida, de la noche en que él la abrazó por la espalda y susurró su nombre dormido. Le contó del baile en la feria, de cómo Logan le olió el cuello y le dijo que olía increíble, de la pesadilla de Noah a las tres de la mañana, de su hijo metiéndose entre ellos, de la mano de Logan acariciándole la mejilla por encima del niño dormido. Y al final, porque ya no podía guardarlo más, le contó del teléfono. De los ciento treinta y siete mensajes, y la mamá de Logan suplicándole una señal. De la llamada que vibró en su mano y que ella no se atrevió a contestar.
Florencia la escuchó sin interrumpirla.
Cuando Isabella terminó, se quedaron en silencio. Flor se levantó, fue a la cocina, volvió con dos tazas de té que olían a manzanilla, y le puso una en la mano.
—Tómatelo. Te va a calmar.
La muchacha obedeció. Las manos le temblaban un poco contra la taza—. Yo nunca pensé que esto iba a pasar, Flor —dijo, mirando el té—. Te lo juro. Yo solo quería que pagara. Quería que sufriera un poco, que sintiera lo que se siente trabajar para alguien como él. No iba a durar tanto. No iba a llegar tan lejos.
—Pero llegó.
—Llegó, y ahora siento cosas. Cosas que no tengo derecho a sentir, y ya no sé cómo parar.
Florencia le tomó la mano—. Hija, lo que yo vi en la feria. Cómo te miraba él, cómo lo mirabas tú. No hay que ser un brujo para entenderlo, ustedes dos están enamorados.
Isabella se rió. Una risa que no era risa, era un sonido quebrado en el medio del pecho.
—Yo sí, Flor, yo lo admito. Estoy enamorada de él, qué tonta soy. Pero él... él nunca se va a enamorar de mí.
—¿Por qué no?
—Porque tú no lo viste antes. Tú no viste a las mujeres que pasaban por su oficina. Mujeres modelo; altas, perfectas, con tacones, con ropa de marca, con esa manera de caminar que parece que se balancean perfectamente. Yo no soy eso, yo nunca voy a ser eso.
Bajó la vista a su vestido, ahora arrugado de la siesta.
—A mí no me gusta usar tacones —siguió—. Yo prefiero las botas vaqueras. No me gusta usar vestidos cortos y ajustados, prefiero los sueltos, los floreados, los que tienen cinco años en mi armario. No me sé maquillar bien, no sé hablar de cosas elegantes. Yo soy de levantarme a las seis a recoger huevos y de tener barro en las uñas. Un hombre como Logan Harrington nunca, nunca se va a enamorar de una mujer como yo. Lo de ahora es porque no se acuerda de quién es. Cuando recuerde, va a abrir los ojos y se va a dar cuenta de que está casado con una contadora cualquiera de pueblo.