Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

No te alejes de mí

Los días siguientes pasaron en una rutina que Isabella intentó mantener igual, y que Logan se empeñó, sin decirlo, en romper.

Ella se levantaba temprano y ponía la cafetera. Él aparecía a los pocos minutos, todavía con el pelo húmedo de la ducha, y le rozaba la mano al alcanzar una taza. Un roce breve, casi accidental, que solo los dos sabían que no era accidental.

Ella cortaba el pan, él le pasaba la mantequilla antes de que la pidiera.

Ella fregaba los platos, él aparecía con el trapo de cocina y le secaba cada pieza después de que ella la enjuagaba, parado a su lado, con el codo rozándole el brazo.

Ella se agachaba a atarle los zapatos a Noah, él se agachaba al mismo tiempo del otro lado, y sus cabezas quedaban a centímetros la una de la otra, y Noah, en el medio, los miraba a los dos con una sonrisa.

Cada vez que la tocaba, cada vez que la buscaba con la mirada, cada vez que la llamaba Isa con un tono de voz dulce, a Isabella se le retorcía algo por dentro.

Cada gesto suyo le dolía, no porque no le gustara. Le gustaba demasiado, le dolía porque cada gesto era una cuota más de una deuda que ella iba a tener que pagar, y cada día la deuda crecía, y cada día le quedaba menos valor para decirle la verdad.

Logan no sabía nada de eso. Logan simplemente se acercaba, y ella no lo apartaba, porque ya no podía, y al mismo tiempo no lo dejaba entrar del todo.

.

.

El sábado amaneció con un cielo despejado y hermoso y un sol tibio que entraba por la ventana de la cocina.

Noah bajó antes que nadie. Llevaba las botas puestas por encima del pijama y una seriedad que hacía mucho Isabella no le veía.

—Papá —anunció, plantándose frente a la mesa—. Hoy es sábado.

Logan levantó la vista del café—. Eso parece.

—Me prometiste que el sábado me enseñabas a montar a Canela.

Isabella, de espaldas a los dos revolviendo los huevos, apretó los labios para no sonreír.

—Te lo prometí, sí.

—Y no se rompen las promesas.

—No se rompen.

Noah cruzó los brazos sobre el pecho, conforme—. Entonces vamos después del desayuno.

Logan miró a Isabella por encima del hombro de Noah.

—¿Vienes? —le preguntó él.

No era una pregunta que admitiera un no, no por el tono, sino por la forma en que la miró al hacerla. Como si necesitara que ella viniera, como si la mañana entera dependiera de eso.

—Voy —dijo ella.

Y bajó la vista al sartén antes de que los ojos le delataran algo más.

Salieron al potrero a las nueve.

Canela estaba del lado de la cerca, masticando pasto con esa tranquilidad que tenía siempre, como si no existiera nada en el mundo que la pudiera apurar. Trueno andaba más lejos, del otro lado, indiferente al alboroto.

Noah fue el primero en cruzar la cerca, con la montura miniatura que le había regalado Don Augusto y las riendas al hombro como un vaquero. Isa lo seguía, con la montura grande al brazo. Logan venía detrás, mirando a la yegua con la misma cara que había puesto el primer día frente a las gallinas.

—Está bien —declaró él, deteniéndose a dos metros—. Vamos a hacer esto.

—¿Pasa algo?—preguntó Isabella.

—No.

—Estás raro.

Logan se rascó la nuca, bajó la vista. Dio un paso más.

—Isabella.

—Qué.

—Tengo que confesarte algo. Yo no sé montar.

Isabella se quedó quieta, parpadeó fingiendo sorpresa. Claro que sabía que él no sabía montar.

—¿Perdón?

—No sé montar, Isa. Le prometí a Noah enseñarle, pero yo mismo no tengo idea. Cuando me acerco a la yegua me late el pulso como en el hospital. No sé si es por el golpe o si nunca he montado, pero te juro que no sé cómo subirme a ese animal sin caerme en los primeros diez segundos.

Isabella fijó sus ojos en él, que tenía una expresión de temor. Sin poder detenerse, se le escapó una carcajada.

—¿Te ríes?

—Me río porque eres un desastre.

—Lo sé.

—Le prometiste a tu hijo enseñarle algo que no sabes hacer.

—Sí, lo sé.

Noah, que estaba a unos metros cepillando a Canela, levantó la cabeza.

—¡Papá, ya está lista!

Logan miró a Isabella. Le ofreció una sonrisa, pidiendo clemencia.

—Enséñame tú. Rápido, antes de que él se dé cuenta.

Ella suspiró, dejó la montura sobre la cerca.

—Ven.

Le enseñó primero desde abajo. Le explicó cómo sujetar las riendas sin tensarlas de más. Cómo acomodar los pies en los estribos con el talón hacia abajo y la punta hacia afuera. Cómo usar las rodillas para guiar al animal. Logan la escuchaba con seriedad, como si estuviera en una reunión importante, asintiendo con la cabeza cada vez que ella terminaba una frase.

—Ahora súbete.

—¿Ya?

—Ya.

Puso el pie izquierdo en el estribo. Tomó la perilla con la mano. Se impulsó con una fuerza que resultó excesiva, pasó de largo, y quedó con el cuerpo casi tumbado al otro lado del caballo, aferrado al cuello de Canela para no caerse.

La yegua se sacudió, molesta.

Noah estalló en carcajadas—. ¡Papá se cayó del otro lado!

—No me caí.

—Casi te caíste.

—Eso es otra cosa.

Isabella también se reía. Se tapaba la boca con la mano.

Logan, ignorando a ambos, se acomodó con dignidad, se sentó en la montura, respiró hondo.

—Listo. Ya estoy arriba.

—Estás arriba, sí.

—Y no me caí.

—Casi, pero no.

Le enseñó a mover a Canela al paso. Primero en círculos alrededor de Isabella, con ella sosteniendo una cuerda larga atada al bocado, igual que se entrena a los caballos jóvenes. Logan daba indicaciones a la yegua con muchísima concentración. Canela, por pura paciencia, le obedecía.

Después de media hora le pasó las riendas sueltas.

—Hazla andar sola.

Lo hizo. Con torpeza, con paradas imprevistas que no había pedido, con un par de momentos en que Canela se detuvo en seco a masticar pasto y él no supo qué hacer. Pero lo hizo.

Noah aplaudía desde la cerca.




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