Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Algo que no encaja

Día siguiente

Logan se levantó antes que ella. Bajó descalzo por la escalera con cuidado de no hacer ruido, puso la cafetera al fuego y subió al baño a afeitarse antes de que Isabella o Noah se despertaran.

Encendió la luz del baño, se miró en el espejo. Él rostro que vio reflejado era el de siempre. La barba de un día, los ojos un poco hinchados de dormir, una marca leve en la mejilla por la almohada. Esa cara se le había vuelto familiar después de tantas semanas mirándose sin reconocerse del todo, y ya casi no le hacía pensar.

Abrió el agua caliente, se mojó la cara, agarró la espuma de afeitar y la rasuradora.

Empezó por la mejilla derecha, y de pronto ocurrió.

Fue un segundo, tal vez menos de un segundo.

Una imagen vino a su mente; una sala grande, pared de vidrio que daba a una ciudad con edificios altos, mesa larga de madera oscura, y él, parado al final, con un traje negro y una corbata azul, hablando con una voz que era la suya pero distinta, más seca, más cortante.

Una voz a su derecha, una mujer con tono profesional, le decía algo.

—Señor Harrington, los inversores están esperando en la sala dos.

La imagen desapareció tan rápido como vino.

Logan se quedó con la rasuradora en la mano, suspendida en el aire, la espuma todavía sin tocar. Parpadeó seguidamente. Se sostuvo del borde del lavabo con la mano libre.

—¿Qué fue eso?

Lo dijo en voz alta, sin pensar. Esperó, tratando de recuperarla. Cerró los ojos y se concentró, intentó volver a ver la pared de vidrio, los edificios, la mujer del tono profesional. No vino nada, únicamente el zumbido leve de la luz del baño y el olor de la espuma de afeitar.

Le había parecido tan real, tan suya. La pared de vidrio, el peso del traje en los hombros, el tono de su voz, como si lo hubiera vivido.

—Es el golpe —se dijo, y volvió a la rasuradora—. Son cosas del golpe.

Terminó de afeitarse despacio, con los movimientos un poco más lentos que de costumbre. Pero la imagen volvió a aparecérsele tres veces más mientras se enjuagaba la cara, y cada vez que volvía, traía un detalle nuevo, un olor a café molido, la textura de un papel grueso debajo de la palma, una pluma entre sus dedos.

Bajó a la cocina con el corazón un poco acelerado y la esperanza de que el café le devolviera el suelo bajo los pies.

Isabella bajó media hora después.

Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y una bata sobre el camisón. Se acercó a la cafetera, se sirvió, y solo entonces lo miró.

—Madrugaste.

—No podía dormir.

Ella lo miró con un poco más de atención. Logan estaba apoyado contra la mesada con las dos manos a los costados, los hombros tensos, la vista perdida en algún punto del piso.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí, estoy bien.

La respuesta llegó un segundo tarde. Isabella dejó la taza, se le acercó.

—Logan.

—Estoy bien, Isa. Te lo juro, solo no dormí mucho.

La miró cuando dijo eso, y le sonrió. Fue una sonrisa suave, calculada para tranquilizarla, pero a Isabella, que había aprendido a leerlo, no le bastó.

Sin embargo, no insistió. Se sirvió el café y se sentó a la mesa en silencio.

Él se quedó parado contra la mesada un rato más, repasando la imagen una y otra vez en la cabeza, como quien busca una pieza perdida en una habitación oscura.

Pasó la mañana inquieto. Cumplió con sus tareas, dio de comer a las gallinas, ordeñó las vacas, revisó la cerca del fondo. No obstante, los flashes seguían apareciendo. No de manera continua, no como un recuerdo completo, sino como pinchazos. Imágenes que duraban un parpadeo y se desvanecían antes de que pudiera atraparlas.

Mientras cargaba un fardo de paja, vio durante un segundo el interior de un coche caro, asientos de cuero, una pantalla en el tablero. Cuando caminaba al granero, escuchó dentro de la cabeza un nombre.

Marcus.

Lo dijo en voz alta, parado en el medio del camino, con el fardo todavía en los brazos.

—Marcus.

La palabra le sonó conocida, le sonó como cuando uno escucha el nombre de alguien que conoce sin recordar de dónde. Cerró los ojos, trató de ponerle un rostro a ese nombre y no apareció ninguna.

Pero el nombre estaba ahí, y antes no había nada.

Dejó el fardo, se sentó en el escalón del granero, se pasó la mano por el cabello. Algo no encajaba. Era una sensación leve, y cada vez que él intentaba ignorarla volvía a recordarle que existía. Algo de su vida no encajaba con la vida que estaba viviendo. No podía precisar qué, no sabía nombrarlo, solo lo sentía.

Se quedó ahí sentado un rato largo, mirando el patio, mirando la casa donde Isabella se movía detrás de la ventana de la cocina, mirando a Noah que jugaba con la pelota nueva contra la pared del granero.

Y por primera vez desde que despertó en el hospital, sintió inquietud, como si este momento fuese la calma antes de la tormenta.

.

.

Isabella lo notó durante el día.

Lo notó en la manera en que él se quedaba mirando objetos cualquiera, una llave, un cuchillo, su propia mano, como si estuviera tratando de reconocerlos. Lo notó en los silencios, en las respuestas que llegaban un segundo tarde. Lo notó en la forma en que la miraba a ella cuando creía que no se daba cuenta.

No le preguntó, no quiso preguntar.

Una parte de ella, una pequeña parte muy cobarde, prefería no saber. Por dentro empezó a temblar, y ese temblor no se le fue durante el resto del día. Se le quedó ahí, en algún lugar entre el estómago y el pecho, mientras pelaba papas, mientras tendía las camas, mientras le hablaba a Noah de cualquier cosa para llenar el aire.

Cenaron a las ocho.

Isabella hizo arroz con verduras y un pollo al horno. Noah hablaba sobre un libro nuevo de la biblioteca del colegio, uno con dibujos de dinosaurios voladores. Logan le respondía, le preguntaba, lo seguía con atención, pero algo en él estaba apagado.




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