Logan se despertó con la cabeza pesada.
Había dormido mal. La pregunta de la cena anterior le quedó dando vueltas, y los flashes volvieron durante la noche, en imágenes sueltas.
Se levantó antes que Isabella. Bajó descalzo, puso la cafetera y salió al patio trasero a respirar el aire frío de la mañana.
El cielo estaba gris, sin lluvia todavía pero amenazándola.
Permaneció de pie en el escalón, con las manos en los bolsillos, mirando la granja. La cerca que él mismo había arreglado, el granero rojo donde se electrocutó cambiando bombillas, el gallinero del que salió la primera vez con las manos llenas de picotazos, el potrero donde Canela todavía estaba tendida en la hierba, dormida.
Fue al gallinero a recoger los huevos como cada mañana. Las gallinas ya casi no le picoteaban, lo recibían con indiferencia. Se agachó frente al primer nidal, metió la mano, recogió un huevo, lo puso en la canasta, pasó al segundo, al tercero.
Estaba agachado frente al cuarto cuando el flash le llegó.
Logan
Y de pronto no estoy en el gallinero.
Estoy parado en una sala grande, con piso de mármol pulido y luz blanca. Es lunes por la mañana. Lo sé porque siempre los lunes hago la ronda por los cubículos antes del directorio de las nueve. Llevo un traje gris oscuro, una corbata azul de seda, los zapatos lustrados.
Camino entre los escritorios con las manos en los bolsillos del pantalón.
Y ahí la veo. Está parada frente a su escritorio, vestida con esa blusa color crema que se pone los lunes. La falda negra, sencilla, hasta la rodilla. El pelo recogido en un moño bajo, dos mechones sueltos a los costados de la cara, con un lápiz entre los dedos.
Isabella.
Se me acelera el pulso de golpe. Lo siento subirme por las costillas, golpearme el cuello. La respiración se me corta dos segundos. Apreto la mandíbula, suprimo lo que sea que se está moviendo en mi pecho, y me obligo a mantener la cara neutra.
No puede notarse, nadie puede notarlo, yo no puedo notarlo.
Ella levanta la vista, me ve venir. Le veo el cambio en el rostro, ese leve gesto que pone cada vez que me cruza, como si se preparara para algo.
Pasa frente a mí. Por un segundo, un solo segundo, su brazo casi roza el mío. Huele a algo, a jazmín, o lavanda, y a mí me late el corazón como si tuviera diecisiete años.
Tengo en la mano una carpeta con un informe. Lo trae ella, yo se lo pedí ayer. Es bueno, lo sé porque lo revisé anoche en mi oficina. Está bien hecho, mejor que muchos.
En lugar de decírselo, abro la boca y hago lo que siempre hago.
—Wood. Este informe es lo que esperaría de alguien que entiende lo básico, no de alguien con su antigüedad.
Mi propia voz me sale fría, cortante. Me escucho hablar y por dentro me odio.
—Es lo que pude hacer, señor —responde ella, sin levantar la vista.
—Es lo que pudo. Justamente. Esto no es la oficina del estudiante, Wood. Aquí no se entrega lo que uno pudo. Se entrega lo que el cliente espera.
Veo a Carla mirar de reojo desde la recepción, q Wilson sonreír disimulado en su cubículo, a Philips levantar la cabeza con esa cara de quien va a presenciar un espectáculo.
Y yo, en lugar de parar, sigo.
—Le recuerdo, Wood, que es contadora. No estratega, no ejecutiva, contadora.
Limítese a lo suyo.
La risa empieza por el lado de Wilson. Una risita corta, que después se contagia. Dos, tres, cuatro personas. Risas bajas, disimuladas, de las que se ríen porque el jefe acaba de humillar a alguien y ellos quieren caerle bien.
Isabella no se ríe. Levanta los ojos, y me clava una mirada que no voy a olvidar nunca. Una mirada que no es de tristeza, no es de vergüenza. Es de dolor primero, dolor puro, de los que se sienten en el centro del pecho, y cuando entiende que no voy a corregir nada, que no voy a callar a nadie, que voy a dejar que se rían, la mirada cambia. Se vuelve dura, se vuelve odio.
Me odia y tiene razón.
Quiero acercarme, quiero decirle algo, quiero pedirle perdón ahí mismo, delante de todos, decirle que el informe está bien, que está mejor que bien, que lo único que me pasa cuando ella habla es que pierdo el control de lo que digo y termino diciendo cualquier estupidez para que nadie se dé cuenta de lo que me está pasando por dentro.
No hago nada, doy media vuelta. Camino derecho hacia mi oficina con los hombros rígidos, sin mirar a nadie, sin detener las risas que siguen sonando a mi espalda. Entro, cierro la puerta, voy hasta el escritorio y me dejo caer en la silla con una sensación de asco en la boca.
Eres un imbécil —me digo—. Eres un imbécil, Logan. Un grandísimo imbécil.
Me paso las dos manos por el rostro. Me revuelvo el pelo, me levanto, me siento, me vuelvo a levantar.
La trataste así, otra vez, otra vez. La única mujer que te interesó en años y la tratas así cada vez que se te cruza por delante. La única que te hace sentir algo y eres incapaz de decirle dos palabras sin humillarla.
Camino hacia la ventana. Nunca vas a poder tenerla cerca si no aprendes a tratarla, y no sabes. Nunca aprendiste…y a esta altura, después de todo lo que le has dicho, después de todas las veces, ella te odia. Te odia con razón, y no la culpo.
Apoyo la frente contra el vidrio frío.
Eres un imbécil, y te lo mereces.
.
.
Logan abrió los ojos.
Estaba arrodillado en el gallinero, con la mano dentro del cuarto nidal, un huevo entre los dedos. Las gallinas seguían a su alrededor removiendose.
Pero él ya no era el mismo de hace treinta segundos. Sintió el corazón golpeándole las costillas, la respiración agitada, la frente fría a pesar del aire helado. Le costó un momento darse cuenta de que estaba llorando, de que había humedadas en su mejilla.
Soltó el huevo con cuidado en la canasta. Se sentó en el suelo de paja, contra la pared del gallinero. Apretó las manos contra el pecho como si pudiera frenar lo que se le había soltado adentro.