Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La decisión

Logan no durmió. Cada vez que cerraba los ojos volvía la oficina, a la blusa color crema, el moño bajo, la mirada de ella levantándose del escritorio con ese odio tan ganado que le había atravesado el pecho.

Cerca de las tres de la mañana vinieron más flashes. Piezas sueltas de un rompecabezas que empezaba a tener forma.

Cuando el despertador sonó, ya llevaba horas con los ojos abiertos. Lo apagó antes del segundo pitido para no despertar a Isabella. Se levantó de la cama y bajó con cuidado.

Necesitaba moverse, necesitaba hacer algo con las manos, algo que no le diera tiempo a seguir pensando.

Salió al patio. El cielo seguía gris como el día anterior, pero esta mañana la tierra estaba húmeda, había llovido durante la noche sin que él lo hubiera notado.

Fue al establo, específicamente al lugar de las vacas. Se posicionó con el banquito en una mano y el balde en la otra. Empezó a ordeñar, con cuidado. Pero tenía la cabeza en otro lado. Pensaba en la mujer del flash, en su rostro cuando él la humilló, en la risa de los empleados que él no detuvo. Pensaba en cuántas veces más habría hecho lo mismo, en cuántas veces ella habría vuelto a su casa a llorar por su culpa. En cuántas humillaciones llevaba guardadas esa mujer que ahora dormía del otro lado del cuarto con la espalda vuelta hacia él.

Terminó con la primera vaca, movió el banquito a la segunda. Llevaba medio balde cuando pasó a la tercera, la grande, la del coletazo del primer día.

Tenía la mente tan lejos que no vio venir lo que pasó. Una pequeña rata cruzó corriendo por un rincón del establo. La vaca la sintió antes de verla, dio un salto, las patas traseras se movieron bruscamente. El banquito se desestabilizó bajo Logan. Él intentó agarrarse de algo, no encontró nada, y su cabeza se golpeó con un borde de madera al caer.

Isabella bajó a las siete menos cuarto.

Era una hora más tarde de lo que bajaba normalmente. También había dormido mal, sintiendo a Logan despierto a su lado durante la mitad de la noche.

La cocina estaba vacía. Pero el desayuno no estaba puesto. Se detuvo en el último escalón. Todos los días, todos, Logan ponía la mesa antes de que ella bajara. Era un ritual tan fijo como el despertador. El café hecho, el pan cortado, a veces los huevos ya en la sartén.

Hoy no había nada.

—¿Logan? —llamó.

No hubo respuesta. Asomó la cabeza al salón, vacío. Al baño de abajo, igualmente vacío.

Sintió una punzada fea en el estómago, como si algo malo hubiese sucedido. Se puso la chaqueta y salió al patio.

—¿Logan?

Fue al gallinero primero, pero no estaba ahí. Fue al potrero, Canela estaba masticando pasto tranquila en el fondo. Trueno levantó la cabeza…Logan tampoco estaba.

El pecho se le apretó dolorosamente.

—Logan —dijo más alto, ya con la voz tensa.

Caminó hacia el establo y vio la puerta entreabierta. El corazón le empezó a latir en la garganta antes de entrar.

Empujó la puerta, y lo vio. Tirado en el piso, boca abajo, el pelo mojado por la leche volcada y un hilo de sangre oscura bajándole desde la sien hasta el suelo de tierra.

—¡LOGAN!

El grito le salió desde el fondo del pecho. Corrió hacia él, se arrodilló a su lado, le tomó la cara con las dos manos. Estaba pálido, frío. Le buscó el pulso en el cuello con los dedos temblando tanto que casi no podía sentir nada.

Había pulso, ¡Dios!, sí tenía pulso.

—Logan, Logan, abre los ojos. Por favor.

Él no los abrió, se encontraba inconsciente.

Isa se levantó de un salto, salió del establo, y corrió al camino gritando con toda la fuerza de sus pulmones.

—¡Ayuda! ¡Necesito ayuda! ¡Por favor!

El pueblo respondió en minutos.

Tomás llegó corriendo primero, con la camisa sin abrochar y los zapatos sin atar.

Detrás Elías y Miguel, los tres de la cacería. Don Aurelio venía más atrás con la carreta y los dos caballos, avisado por alguien en el camino.

Entraron al establo. Tomás se agachó al lado de Logan, le puso dos dedos en el cuello y miró a Isabella.

—Está bien. Solo está golpeado.

—Hay que llevarlo al hospital ¡Ahora!

—Lo llevamos. Ayúdame Elías.

Lo levantaron entre los tres, un brazo por los hombros y otro por las piernas. Don Aurelio había acercado la carreta hasta la puerta misma del establo. Subieron a Logan en la parte de atrás, sobre una manta que alguien había tirado rápido.

Isabella trepó detrás con las piernas temblorosas como gelatina. Acomodó la cabeza de Logan sobre su regazo, le apartó el pelo ensangrentado de la frente. Noah que venía junto a ella, tenía los ojos inundados de lágrimas.

—Mamá, ¿Papá va a estar bien?

—Sí cariño, te quedarás con la tía Flor, ¿Está bien?

El niño asintió.

—Vamos, don Aurelio.

La carreta arrancó con el trote de los caballos. Pasaron por el pueblo, rápido, con Tomás de pie gritando a los que se acercaban que abrieran paso. Se desviaron a la casa de Florencia. Isabella se bajó, corrió a la puerta, golpeó tres veces.

—Niña, ¿Qué pasó?

—Logan se cayó. Se golpeó la cabeza, lo llevo al hospital. Te traigo a Noah, por favor cuídamelo, no quiero que vaya.

—Tráelo. Ahora.

Isabella volvió corriendo a la carreta. Cargó a Noah, que estaba todavía en pijama. Le dió un beso en la frente y se lo pasó a Florencia

Isabella volvió a trepar a la carreta.

—Vamos. Vamos, por favor, don Aurelio.

La carreta tomó el camino al pueblo siguiente, donde estaba el hospital. Los caballos al trote largo, la tierra volando detrás, las ruedas saltando en cada bache.

Isabella le sostenía la cabeza a Logan. Le limpiaba la sangre de la frente con la manga. Le hablaba en voz baja, como quien habla a un niño dormido.

—Logan, Logan, escúchame. Vas a estar bien, vas a estar bien.

Mientras lo decía, por dentro lo único que le daba vueltas a toda velocidad era una pregunta sola, gigante, que le golpeaba las costillas como una piedra.




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