Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Bajo la lluvia

Los días que siguieron al hospital fueron distintos.

No en lo visible, pues la rutina seguía igual. El despertador a las cinco cuarenta y cinco, el café, los huevos, las vacas, Noah al colegio y de vuelta. Pero algo en Logan había cambiado, y aunque Isabella no podía nombrarlo, lo sentía en cada rincón de la casa.

Estaba más presente. No solo presente como antes, cuando la buscaba con la mirada o le rozaba la mano al pasar. Ahora era otra cosa. Era una presencia más profunda, más consciente. Como si cada gesto que hacía estuviera predeterminado, como si cada palabra que le decía la hubiera pensado antes de soltarla.

Le servía el café y se quedaba mirándola mientras lo tomaba. Le pasaba un plato en la cocina y dejaba los dedos un segundo de más sobre los de ella, sin apurarse, sin disimularlo. Le hablaba a Noah y cada tres frases levantaba los ojos hacia ella, no para verificar que estuviera escuchando, sino para confirmar que seguía ahí.

Y cuando la miraba, la miraba distinto. No con la adoración ciega del hombre que no recuerda nada. La miraba con algo más intenso, como alguien que sabe exactamente lo que tiene delante y ha decidido que no lo va a soltar.

Isabella lo notaba, y cada vez que lo notaba, algo en su pecho le dolía aún más. Porque ese hombre la estaba queriendo sin reservas, y ella seguía mintiéndole.

El jueves amaneció oscuro. El cielo estaba cargado desde temprano, con nubes bajas y grises que tapaban las montañas. El viento empezó a soplar fuerte a media mañana, sacudiendo las ramas del roble de la plaza y arrancando hojas que volaban por las calles de tierra.

A las diez llegó el aviso por la radio. Tormenta severa para la tarde. Vientos de sesenta kilómetros, se suspendían las clases.

Isabella fue a buscar a Noah al colegio antes de que la lluvia empezara. Lo trajo de la mano caminando rápido bajo un cielo que se iba poniendo cada vez más negro. Noah iba encantado, porque un día sin clases era un regalo del universo y la tormenta le parecía una aventura.

Llegaron a la casa. Cerró las ventanas y las aseguró, guardó las herramientas del patio y la ropa del tendedero. Logan la ayudó sin que se lo pidiera, moviéndose los dos en sincronía por toda la casa.

A la una de la tarde el cielo reventó.

No fue una lluvia, fue un diluvio. El agua cayó de golpe, el viento silbaba en las rendijas de las ventanas y el molino giraba enloquecido.

Noah estaba en el salón, jugando con sus dinosaurios en el piso, ajeno a todo.

Tocaron la puerta. Fuerte, tres golpes seguidos.

Logan abrió. Tomás estaba empapado de pies a cabeza.

—Hermano, necesito ayuda. A tres vecinos se les están volando los techos. Don Jacinto, la señora del almacén y los Gutiérrez. Necesitamos manos para atornillar las láminas antes de que se lleve todo.

—Voy—contestó sin dudar. Se puso la chaqueta más gruesa, las botas y agarró el martillo del galpón.

Isabella lo vio desde la cocina.

—Ten cuidado.

—Vuelvo pronto.

Le sostuvo la mirada un segundo. Pero en ese segundo había algo que ella no supo leer, algo que parecía una promesa.

Salió con Tomás. Trabajaron durante dos horas bajo el aguacero.

En la casa de Don Jacinto, Logan sostenía las láminas de zinc mientras Rosendo y Tomás las atornillaban con una velocidad impresionante. El agua les entraba por el cuello de la chaqueta y les bajaba por la espalda.

En la casa de la señora del almacén, Elías y Miguel ya habían resuelto lo peor, pero faltaba reforzar una esquina que se levantaba con cada ráfaga. Logan subió al techo sin pensarlo, se puso a gatas sobre las láminas mojadas, y clavó las puntas con golpes precisos, golpes que tiempo atrás no habría sabido dar.

Los hombres trabajaban juntos. Nadie daba órdenes, nadie preguntaba qué hacer, cada uno sabía su lugar y lo ocupaba.

Cuando terminaron, Tomás le dio una palmada en la espalda.

—Vete a casa, hermano. Tu mujer te espera.

Él asintió. Se despidió de los demás con un gesto de la mano y empezó a caminar hacia la granja bajo la lluvia que no aflojaba.

Mientras Logan arreglaba techos, Isabella se había inquietado.

Noah jugaba tranquilo en el salón, pero ella no podía quedarse quieta. Miraba por la ventana, escuchaba el viento, pensaba en los animales. Las gallinas estarían bien, el gallinero era sólido. Los caballos tenían techo en el cobertizo. Pero las vacas estaban en el establo viejo, el que tenía unas goteras que ella venía posponiendo desde hace meses.

Se puso la chaqueta impermeable y las botas de goma.

—Noah, quédate aquí. Vuelvo en un momento.

—¿A dónde vas?

—A ver a los animales. No te muevas del sillón.

Salió por la puerta trasera. La lluvia la golpeó con una fuerza que casi la hizo retroceder. Caminó agachada contra el viento hasta el establo.

Adentro, las vacas se movían inquieta de un lado a otro, mugiendo bajo. Y las goteras estaban peor de lo que pensaba. El agua entraba por tres puntos del techo, cayendo en chorros finos sobre la paja.

Las tablas estaban desencajadas. Si no las tapaba ahora, la lluvia iba a pudrir la paja y enfermar a los animales.

Buscó unas tablas sueltas que había contra la pared. Arrastró la escalera hasta la esquina más afectada. Se subió.

Empezó a encajar una sobre la gotera más grande, empujándola con la palma para tapar el hueco. Logró tapar la primera gotera. Se movió al segundo punto. Más difícil, se estiró sobre las puntas de los pies, con los brazos extendidos, tratando de taparlo sin perder el equilibrio.

.

.

Logan llegó a la casa, abrió la puerta. Noah estaba en el sillón, con un dinosaurio en cada mano.

—¿Y tu mamá?

—Fue a ver a los animales.

Logan sintió un frío en el pecho que no tenía nada que ver con la lluvia.

—¿Hace cuánto?

—Un rato.

No se quitó la chaqueta, no se quitó las botas. Salió por la puerta trasera.




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