Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La vida que elegí

Logan

Le dije que la amo.

Se lo dije con la lluvia cayéndonos encima, con la ropa empapada, con el barro hasta los tobillos y la voz temblándome como no me ha temblado nunca. Se lo dije sabiendo quién soy, sabiendo quién es ella y todo lo que pasó entre nosotros en la oficina, todo lo que ella armó después del accidente.

Se lo dije porque no podía seguir un día más sin decírselo.

Llevaba años guardándomelo. Años de verla entrar a la oficina con esa carpeta bajo el brazo y sentir que el aire se me cortaba en la mitad del pecho. Años de inventar excusas para hablarle, que siempre terminaban en una orden seca o una corrección innecesaria porque mi boca no sabía decir otra cosa cuando ella estaba cerca. Años de llegar a la mansión vacía pensando en su rostro, en cómo me miraba cuando yo le devolvía un informe con marcas rojas, en esos ojos que me odiaban un poco más cada semana.

Y ahora, en el patio de una granja que no es mía, bajo una lluvia que no me importa, se lo dije.

Isabella no me dijo te amo de vuelta.

No se lo esperaba, y siendo honesto, no me lo merezco todavía. Esa mujer carga un peso que yo conozco y que ella no sabe que sé y decirme que me ama significaría para ella abrir una puerta que aún no puede abrir. Lo entiendo y lo acepto.

Pero me besó ¡Dios!...ME BESÓ!!!

Lo que tantas noches soñé, lo que más deseaba en el mundo entero, sucedió, y juro que valió la pena, valió absolutamente todo. Valió incluso, esa bendita caída del Valle verde.

Se paró en puntas de pie, me tomó la cara con las dos manos, y me besó.

Y ese beso me dijo más que cualquier palabra. Me dijo que sí, que quiere. Me dijo que tiene miedo pero que está aquí, y eso, para un hombre que pasó treinta y cuatro años sin que nadie lo besara así, con esa entrega desesperada e intensa, es suficiente.

Mi amada Isabella, es más que suficiente.

La lluvia sigue cayendo. Ella se separa de mí con los labios hinchados y los ojos brillantes. Se queda ahí, temblando, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo chorreando sobre los hombros. Está empapada, está helada, y es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

No hermosa como las mujeres que cruzaban el lobby de mi empresa buscando treparse a mi cuenta bancaria.

No hermosa de la manera que cuesta dinero mantener. Ella es hermosa de verdad. Hermosa con el pelo pegado a las mejillas y la nariz roja del frío, hermosa con su vestido floreado y sus botas vaqueras. Hermosa sin esfuerzo y sin máscaras.

—Te vas a enfermar —murmuro.

—Ya lo estoy —responde, y no sé si habla del frío.

Me agacho. Le paso un brazo por la espalda y otro por debajo de las rodillas. La levanto del barro. Ella abre los ojos con sorpresa.

—Logan, qué haces.

—Llevarte adentro.

—Puedo caminar.

—Lo sé.

No la bajo. La sostengo contra mi pecho, firme. Si fuera por mi, jamás la soltaría, he esperado demasiado tiempo para este momento. Empiezo a caminar hacia la casa con el agua golpeándome la espalda. Mi preciosa granjera se mantiene quieta en mis brazos con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza apoyada contra mi hombro.

Siento su peso, es liviana. Más liviana de lo que debería ser, pienso, para una mujer que trabaja la tierra, carga baldes, y cuida animales.

Siento su respiración en mi cuello, aquello provoca un escalofrío que recorre mi espalda.

Subo el escalón de la entrada, empujo la puerta con el hombro.

Noah está en el sillón. Nos mira con los ojos enormes y una sonrisa.

—¡Papá trajo a mamá como una princesa!

—Así es —le digo—. Las princesas no caminan en el barro.

—¿Enserio es una princesa?

—La más real que existe.

Isabella me mira desde mis brazos. Tiene los ojos llenos de algo que no es lluvia. Algo que es tan hermoso como esta sensación que nos envuelve.

Bajo la vista antes de que me gane a mí también. La dejo de pie con cuidado. Está temblando, tiene frío, un frío que le hace apretar los dientes y abrazarse a sí misma.

Me muevo rápido. Subo la escalera, abro el armario. Primero me cambio la camiseta y el jeans, y después saco ropa seca para ella, unos pantalones de algodón suave que usa los domingos, un suéter grueso de lana que le queda grande, un par de medias, y una toalla para su cabello.

Mientras busco la ropa, me detengo un momento frente al armario abierto. La mitad izquierda, la de las camisas prestadas y los chalecos de Don Augusto. La mitad derecha, la de los vestidos floreados y las blusas de Isabella.

Y pienso que en toda mi vida, en esa mansión de tres pisos con armarios del tamaño de este cuarto, con trajes italianos y camisas a medida y zapatos que costaban más que el sueldo mensual de la mitad de mis empleados, nunca abrí un armario con la sensación de estar abriendo algo mío.

Pero este armario sí es mío. Con las camisas de cuadros que no me pertenecen y el sombrero de paja que alguien prestó. Esto es mío porque lo elegí, y no hay nada que me guste más que está sensación de pertenencia.

Bajo con la ropa. Isabella sigue parada donde la dejé, temblando, con un charco de agua formándose a sus pies.

Le pongo la ropa en las manos.

—Ve a cambiarte, no quiero que te enfermes.

Ella me observa con los ojos entrecerrados. Tiene esa expresión que le conozco, la de cuando quiere decir algo y no le sale. En su lugar asiente y se va al baño.

Me quedo solo en la cocina. Voy a la chimenea. El fuego está bajo, apenas unas brasas. Pongo dos leñas nuevas, las acomodo, soplo hasta que la llama agarra. La madera empieza a crepitar y el calor se extiende despacio por el salón.

Voy a la cocina. Pongo agua a hervir. Saco dos tazas, el café para mí, el té de manzanilla para ella. Le pongo dos cucharadas de azúcar en el té porque sé que le gusta dulce aunque ella diga que no.

Noah me mira desde el sillón hacer todo esto.




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