Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Un amor puro y real

Después de la tormenta, todo cambió.

No hubo una conversación, ni un acuerdo, o un momento donde alguno de los dos dijera ahora somos esto. Simplemente pasó.

Isabella dejó de resistirse. Lo hizo al día siguiente, cuando bajó a la cocina y encontró a Logan preparando el café como cada mañana, y en vez de desviar la mirada cuando él se volteó a verla, le sostuvo los ojos. Él le sonrió, ella le devolvió el gesto, y algo que llevaba semanas atascado entre los dos, al fin, cedió.

Desde ese día, las mañanas fueron distintas. Logan se levantaba primero, como siempre, pero ahora cuando Isabella bajaba y entraba a la cocina, él dejaba lo que estaba haciendo, cruzaba los tres pasos que los separaban, y la abrazaba. Así, sin motivo, sin explicación. Le rodeaba la cintura con los brazos, le apoyaba la barbilla en la coronilla, y se quedaba un momento ahí, como si necesitara ese contacto antes de que el día empezara.

Ella se dejaba. Apoyaba la frente contra su pecho, cerraba los ojos, y por treinta segundos el mundo se reducía al olor de su camisa y al latido que le sentía debajo de la tela.

Después se separaban, se servían el café, y seguían como si nada. Pero los dos sabían que algo había pasado. Que esos treinta segundos eran el ancla.

Los días de esa semana pasaron envueltos en una dulzura que Isabella no conocía.

En las mañanas, después de que Noah se iba al colegio, la casa se quedaba en silencio y ellos en él. No era un silencio vacío como antes. Era un silencio de dos personas que están juntas y no necesitan l de palabras para sentirse acompañadas.

Se sentaban en el sillón frente a la chimenea apagada, porque la mañana era fresca y la sala todavía guardaba el frío de la noche. Isabella se acurrucaba contra él, con las piernas dobladas debajo del cuerpo y la cabeza en su hombro. Logan le pasaba el brazo por encima y le acariciaba el pelo despacio, sin apuro, con esa paciencia que ha descubierto que tocarla es un privilegio y no tiene intención de apurarlo.

Hablaban de cosas pequeñas. De lo que iban a comer, de si la cerca del fondo necesitaba otro clavo, de que Noah quería un perro y de si tenían espacio para uno. Cosas que no importaban en sí mismas pero que importaban porque las decían juntos, porque eran los ladrillos con los que se construye una vida compartida.

A veces no hablaban. Se quedaban en el sillón con el café entre las manos, mirando la ventana donde el sol iba asomando, y el silencio decía más que cualquier frase.

A veces Logan le tomaba la barbilla con los dedos, le giraba la cara hacia él, y la besaba. Besos cortos que sabían a café con azúcar, besos que le dejaban a ella los labios tibios y una sonrisa que tardaba minutos en borrarse.

Isabella descubrió cosas de Logan que no sabía. Descubrió que tarareaba cuando cocinaba, siempre la misma melodía que no parecía de ninguna canción en particular, descubrió que se rascaba la nuca cuando estaba pensando en algo difícil, descubrió que cuando leía el cuento de Noah por las noches, si la historia era triste, le cambiaba el final sin que el niño se diera cuenta.

También notó que cuando ella entraba a una habitación donde él estaba, lo primero que hacía era levantar la vista y buscarla con los ojos, como comprobando que seguía existiendo. Que le gustaba olerle el pelo cuando la abrazaba, que le acomodaba el mechón detrás de la oreja con tanta frecuencia que ya se había convertido en un gesto suyo, una firma, algo que solo él hacía y que ella esperaba sin confesarlo.

Y Logan descubrió cosas de Isabella.

Descubrió que se mordía el labio inferior cuando estaba contenta pero no quería que se le notara demasiado, que hablaba sola con los animales, especialmente con Canela, a quien le contaba cosas que no le contaba a nadie. Que cuando pensaba que nadie la miraba, se quedaba parada en la ventana de la cocina con la taza entre las manos y una expresión que no era de tristeza sino de algo más profundo, como si estuviera midiendo el tamaño de su felicidad para asegurarse de que era real.

Descubrió que olía a jazmín detrás de la oreja izquierda, porque ahí se ponía el perfume con la punta del dedo. Que le gustaba que le tomaran la mano pero que nunca lo pedía, que cuando él le decía Isa, algo le cambiaba en el rostro, algo sutil en los ojos, como si ese nombre corto fuera una caricia que entraba por el oído.

Las tardes eran para los tres.

Noah volvía del colegio y la casa se llenaba de su energía. Logan lo recibía en la puerta levantándolo del suelo con un solo brazo, el niño riéndose con la cabeza hacia atrás. Isa los miraba desde la cocina con esa sensación en su pecho que ya no le asustaba.

Hacían las tareas juntos en la mesa. Noah repasando sumas, Logan a un lado corrigiéndole los números con paciencia e Isabella preparaba la merienda y les servía leche con chocolate mientras el niño protestaba porque las matemáticas no servían para nada.

—¿Para qué voy a necesitar saber cuánto es siete por ocho? —se quejaba Noah.

—Para cuando vendas los huevos de las gallinas y tengas que cobrar bien —respondía Logan.

—Las gallinas te odian a ti, no a mí, papá. Yo no necesito vender huevos.

—Te tienen más respeto que a mí, eso es distinto.

La castaña se reía. Se reía mucho esa semana. Más de lo que se había reído en meses, y cada risa le salía con más naturalidad que la anterior.

Las noches eran de ellos dos.

Después de que Noah se dormía, la casa se aquietaba y el mundo se reducía al cuarto, a la cama, a los dos cuerpos que ya no se daban la espalda.

Se acostaban de frente. Logan le tomaba la mano debajo de las cobijas. Le entrelazaba los dedos y se quedaban así, mirándose en la penumbra, hablando en susurros aunque no hubiera nadie que pudiera escucharlos.

—¿En qué piensas? —le preguntó él una noche.

—En que me acostumbré a dormir contigo

—contestó ella—. Y que eso me da miedo.




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