Logan llevaba dos días planeándolo.
Empezó el miércoles, cuando fue a buscar a Tomás al taller con la excusa de devolverle una herramienta. Le pidió velas. Tomás levantó las cejas, se rió, y le pasó una caja entera que tenía guardada para las emergencias de luz.
El jueves habló con Miguel. Le pidió prestadas unas copas de vidrio, de las que tenía en la vitrina y que sacaba solo para Navidad. Miguel no preguntó para qué. Solo fue a la vitrina, sacó dos, las envolvió en un trapo, y se las dio.
—Cuídalas. Son de mi abuela.
—Con mi vida.
El viernes pasó por lo de Elías. Le pidió una liebre, si tenía alguna guardada. Elías abrió el congelador, sacó una envuelta en papel, y se la pasó con una sonrisa.
—¿Cena romántica?
—Algo así.
—Ya era hora, hermano.
Lo último fue Don Aurelio. Logan fue a verlo esa misma tarde y le pidió la colcha gruesa que el viejo tenía en el respaldo de su sillón, la de lana tejida que su esposa le había hecho antes de morir.
Don Aurelio lo miró un momento.
—¿Para qué la necesitas?
—Para ponerla en una banca en el patio. Quiero que Isabella y yo miremos las estrellas.
El viejo se quedó callado tres segundos. Después se levantó, fue al sillón, tomó la colcha, la dobló con cuidado, y se la puso en las manos.
—Mi Alba y yo mirábamos las estrellas todas las noches. Hasta la última.
Logan tomó la colcha con una delicadeza que Don Aurelio notó.
—Gracias, don Aurelio.
—Cuídala bien, muchacho. A la colcha y a ella.
.
.
El viernes por la noche, después de la cena, Noah empezó a bostezar a las ocho.
Logan le leyó el cuento más corto que encontró, no por falta de ganas sino por exceso de nervios. El niño se durmió antes de la tercera página, con el peluche de cocodrilo bajo el brazo y la boca abierta.
Lo tapó, le besó la frente y salió del cuarto.
Isabella estaba en el pasillo—. Se durmió rápido —dijo ella.
—Isa.
—Dime.
—Sube al cuarto. Ponte un vestido, el que tú quieras, y baja en veinte minutos.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Para qué?
—Es una sorpresa.
—Logan, ¿qué estás tramando?
—Veinte minutos, Isa.
Le dio un beso rápido en la mejilla y bajó la escalera antes de que ella pudiera preguntar más.
Trabajó rápido. Apagó todas las luces de la casa. Sacó las velas de la caja de Tomás y las distribuyó por el salón y la cocina, en platitos, en la mesa, en la repisa de la ventana, en el borde de la chimenea. Las fue encendiendo una por una con un fósforo, y a medida que cada llama prendía, la casa se iba transformando. La luz de las velas le daba a la madera de las paredes un tono cálido, dorado, que hacía que la cocina y la mesa parecieran otra cosa. Algo sacado de un cuento.
Salió al jardín. Cortó flores con las manos, las que encontró, margaritas silvestres, unas dalias que Isabella había plantado al lado de la cerca, unas ramitas de lavanda que crecían solas junto al establo. Las puso en tres frascos de vidrio que llenó con agua y los repartió por la mesa.
Sacó la liebre de la heladera, la había preparado esa tarde mientras Isabella bañaba a Noah, siguiendo la receta que ella le enseñó el día de la cacería. Ajo, sal, pimienta, cebolla, zanahoria, papas. Hizo un puré de patatas y una ensalada con lo que había en la huerta.
Puso la mesa. Dos platos, dos servilletas, las copas de la abuela de Miguel. Abrió la botella de vino que Rosendo le había regalado sin que él se lo pidiera, porque al parecer todo el pueblo sabía lo que Logan estaba planeando menos Isabella.
Se cambió la camisa, la que usó en la feria, la que Isabella le había mirado con esos ojos cuando bajó a la cocina aquella mañana. Se peinó con los dedos frente al reflejo borroso de la ventana.
Se miró. El hombre que le devolvió la mirada no se parecía al que aparecía en los retratos corporativos de Harrington Holdings. No llevaba traje, no tenía el pelo refinado, no tenía la mandíbula apretada de quien va a una reunión donde todo el mundo le tiene miedo. Tenía una camisa arremangada, las manos con callos, los rizos cayendo en la frente sin control.
Sonrió. Era su mejor reflejo, sin duda.
Fue al jardín. Cortó un ramo más grande, las mejores flores que quedaban, y lo ató con un hilo de cocina porque no tenía cinta.
Volvió adentro. Se paró en el centro del salón, con el ramo en las manos, las velas encendidas alrededor, y esperó.
Arriba, Isabella se miraba en el espejo del baño.
Se había puesto un vestido floreado. El cabello lo recogió a un lado, se dejó unos mechones sueltos sobre la cara, y se maquilló apenas, solo un poco de color en los labios y las pestañas.
Se puso el perfume de jazmín detrás de las orejas y en las muñecas.
Estaba nerviosa. Le temblaban las manos al abrocharse los aretes. No sabía qué esperar. Solo sabía que Logan le había pedido veinte minutos, un vestido, y que bajara.
Se miró una última vez, respiró profundo.
Salió del baño, cruzó el pasillo, y empezó a bajar la escalera.
Lo primero que notó fue la oscuridad.
Las luces estaban apagadas. Solo vió un resplandor suave, que venía de abajo y que le iluminaba los peldaños.
Velas. La casa entera estaba iluminada con velas.
Bajó el último escalón y se detuvo.
El salón era otro lugar. Las llamas pequeñas llenaban cada rincón de una luz dorada. Los frascos con flores en la mesa, el olor a lavanda mezclándose con el aroma de la liebre que venía de la cocina.
Y en el centro de todo, Logan. De pie, con la camisa azul marino, el pelo cayéndole en la frente, y un ramo de flores silvestres entre las manos.
Isabella se llevó las manos a la boca.
Él la miraba con una expresión diferente. No era la sonrisa suave de las mañanas ni la mirada intensa de las noches. Era algo más vulnerable, más especial.
Se arrodilló. Levantó el ramo hacia ella.