Isabella
Abro los ojos y lo primero que veo es su brazo.
Está sobre mi cintura, pesado, con los dedos relajados contra mi estómago. No me muevo. Me quedo ahí, respirando despacio, sintiendo el calor de su pecho contra mi espalda y el ritmo suave de su respiración en mi nuca. Aún duerme.
Miro la ventana. El sol se cuela por la cortina. Es sábado, no hay despertador, no hay colegio, no hay apuro. Solo nosotros. Cierro los ojos otra vez, me permito sentir; la tela de las sábanas contra la piel, el peso de su brazo, el olor de la almohada que ya huele a los dos. Anoche pasó lo que pasó y debería sentirme asustada, debería sentirme expuesta, debería estar pensando en todas las razones por las que esto es un error.
Pero no siento nada de eso. Lo que siento es paz. Una paz grande, que me ocupa el corazón por completo. Este hombre que duerme a mi espalda me quiere. Me quiere de verdad, con esa verdad que no se puede fingir, que se nota en cómo me toca, en cómo me mira, en cómo me besó anoche con una ternura que me deshizo el alma.
Y yo lo quiero a él. Ya no me da miedo pensarlo, ya no necesito esconderlo detrás de excusas ni de planes de venganza ni de resistencias que no sirven para nada. Lo quiero, lo quiero con su camisa de cuadros y sus callos en las manos y su manera de decirme Isa que me derrite cada vez.
Me giro despacio en la cama, con cuidado de no despertarlo.
Quedo de frente a él. Tiene la cara relajada, tiene el pelo cayéndole sobre la frente, la boca entreabierta, una marca de la almohada en la mejilla.
Le paso los dedos por el pelo. Despacio, apenas rozándolo.
Sonríe dormido. Un movimiento pequeño en las comisuras que aparece y se va.
Me quedo mirándolo un rato más. Después me levanto sin hacer ruido, me pongo la bata, y bajo a la cocina.
Pongo la cafetera al fuego. Abro la ventana. El aire de la mañana entra fresco, con ese olor a pasto mojado.
Las velas de anoche se apagaron solas. Hay restos de cera en los platitos, en la mesa, en la repisa. Los frascos con las flores todavía están ahí. Sonrío sin poder evitarlo, sin querer evitarlo.
Empiezo a recoger los platitos con la cera mientras el café se calienta. Junto las flores, limpio la mesa con un trapo.
Escucho los pasos en la escalera. Los reconozco antes de verlo. Son los pasos de Logan.
Aparece en la puerta de la cocina. Tiene el cabello revuelto y los ojos a medio abrir.
Me ve y sonríe. Cruza la cocina en tres pasos, me rodea la cintura por detrás, me pega contra su pecho, y me besa el cuello.
—Buenos días —murmura contra mi piel.
Cierro los ojos. Me apoyo contra él.
—Buenos días.
Permanezco así un momento. Sus brazos rodeándome, su barbilla apoyada en mi hombro, los dos mirando la ventana donde el sol ya apareció y el campo brilla.
Podría acostumbrarme a esto, es más, quiero acostumbrarme a esto. Si el resto de mi vida fuera exactamente este momento, no necesitaría nada más.
Escuchamos a Noah al mismo tiempo.
Los pasos corriendo por el pasillo de arriba, bajando la escalera de dos en dos.
—¡Es sábado!
Aparece en la cocina, deteniendose al vernos.
Ladea la cabeza—. ¿Por qué se abrazan tanto?
Logan me apreta un poco más—. Porque nos queremos —dice, y me mira al decirlo.
—Está bien. ¿Hay panqueques?
Me río. Me río fuerte, con la cara pegada al brazo de Logan, sintiendo también su risa.
—Vamos a hacer panqueques —digo.
Desayunamos los tres en la mesa con la ventana abierta. Noah come cuatro panqueques con miel y le queda un bigote pegajoso que Logan le limpia con la servilleta mientras mi hijo protesta que puede hacerlo solo.
Cuando terminamos, Logan recoge los platos y yo lavo las tazas, y en algún momento nuestras manos se encuentran en el fregadero, mojadas y jabonosas, y él me sostiene los dedos debajo del agua.
—Hoy hay que devolver las copas a Miguel, y la colcha a Don Aurelio.
—Vamos los tres. Aprovechamos y damos un paseo.
Noah levanta los brazos desde la mesa.
—¡Sí! ¡Paseo!
Salimos a las once.
Él lleva las copas envueltas en un trapo y la colcha la llevo yo, doblada sobre el brazo. Mi pequeño va adelante, pateando piedras por el camino.
El día está hermoso. Uno de esos días de campo que parecen pintados, con el cielo azul, el sol tibio, y un viento suave que mueve las copas de los árboles.
Logan me toma la mano. Lo hace sin pedirme permiso, sin dudar, sin esa cautela que tenía antes cuando extendía la mano esperando que yo la aceptara. Simplemente la toma. Entrelaza sus dedos con los míos y seguimos caminando.
Yo no la retiro. No la retiro porque ya no quiero retirarla, porque su mano en la mía se siente como algo que siempre debió estar ahí y que tardó demasiado en llegar.
Entramos al pueblo.
La calle principal está movida a esta hora. Las señoras del almacén acomodando cajas en la vereda. Doña Marcela barriendo como siempre, con el sombrero hasta las cejas. Los niños corriendo entre los puestos. El olor a pan recién hecho saliendo de la panadería de Rosa.
Y cuando nos ven pasar, pasa algo que no esperaba.
Todos sonríen. No es una sonrisa disimulada, no es un guiño de complicidad. Es la sonrisa de algo que ya esperaban y que probablemente veían venir antes que yo.
La señora del almacén nos saluda con la mano levantada. Marcela deja de barrer un segundo, nos mira pasar, y asiente una vez.
Marta nos ve desde la puerta de su casa y grita:
—¡Pero miren nada más! ¡Si están radiantes!
Me sonrojo. Logan se ríe y levanta nuestras manos entrelazadas en el aire como si fuera un trofeo.
—¡Radiantes y tomados de la mano! —grita de vuelta.
Marta aplaude desde la puerta. Yo le doy un codazo a Logan pero me río, porque todo esto es ridículo y hermoso al mismo tiempo.
Llegamos primero a la casa de Miguel.