Tocaron la puerta el martes a las nueve de la mañana.
Logan abrió y encontró a Tomás, Elías y Miguel en la entrada, los tres con ropa de trabajo.
—Hermano, necesitamos manos —dijo Tomás sin preámbulo—. Los techos que arreglamos en la tormenta quedaron mal. Latas encima de latas, goteras tapadas con parches. Hay que hacerlo bien esta vez. Sacar la madera podrida, cambiar las vigas, poner láminas nuevas. Don Jacinto, la señora Gutiérrez y Doña Rosa. Tres
casas.
Logan no necesitó pensarlo.
—Voy. Déjenme ponerme las botas.
Isabella lo miró desde la cocina. Él le sonrió, le guiñó un ojo, y desapareció escaleras arriba a cambiarse.
Cuando bajó, le dio un beso en la mejilla al pasar.
—Vuelvo para la cena.
—Cuídate.
Y salió con los tres al camino de tierra.
Trabajaron tres días. El martes en la casa de Don Jacinto, sacando vigas podridas. El miércoles en la de los Gutiérrez, reemplazando latas oxidadas que llevaban años sin cambio. El jueves empezaron con la de Doña Rosa, que era la más complicada porque el techo tenía una inclinación desigual que hacía que el agua se acumulara en una esquina.
Logan trabajaba hombro con hombro con los tres, subiendo y bajando del techo, clavando, midiendo, cortando madera. Ya no era el hombre torpe que se golpeaba los dedos con el martillo. Tenía las manos seguras, la postura correcta, y una capacidad de trabajo que Rosendo, que pasó a echar una mano el miércoles, describió como envidiable.
Pero el jueves por la tarde, a mitad del techo de Doña Rosa, se terminaron los tornillos largos, y las vigas de repuesto que habían cortado no alcanzaban.
Tomás bajó del techo, se quitó el sombrero, y se rascó la frente.
—No tenemos material. La ferretería de Germán no tiene vigas de ese tamaño ni los tornillos que necesitamos. Hay que ir a la ciudad.
Elías se encogió de hombros.
—Yo puedo ir.
—¿Y si vamos todos? —propuso Miguel—. Hace meses que no salimos. Compramos lo que necesitamos y volvemos.
Tomás se volteó hacia Logan.
—¿Vienes?
Él sintió una incomodidad en el pecho.
La ciudad. No había pensado en la ciudad desde hace tiempo. La ciudad era un lugar más allá de las montañas y del camino de tierra, un lugar que pertenecía a la vida de otro hombre. Un hombre con traje, oficina, asistente y madre que esperaba.
Un hombre que él ya no quería ser.
Pero estos eran sus amigos. Los primeros reales que había tenido y le estaban pidiendo que los acompañara.
—Está bien. Voy.
Tomás sonrió.
—Salimos mañana temprano. A las siete en mi camioneta.
Esa noche, en la cama, Logan no durmió bien. No quiso decirle nada a Isa, no quería ponerla nerviosa.
Ella estaba acurrucada contra él, respirando tranquila, con la mano sobre su pecho como cada noche. Él miraba el techo.
La ciudad. Ir a la ciudad significaba exponerse, significaba caminar por calles que alguien podría reconocer, pasar frente a tiendas donde alguien podría haberlo visto en una revista de negocios, cruzarse con alguien que supiera quién era Logan Harrington.
Sin embargo, no podía decirle a Tomás que no quería ir sin dar una explicación. Y la única explicación verdadera era una que todavía no estaba listo para dar.
Porque no estaba listo para contarle la verdad a Isabella. No porque no quisiera. Quería. Cada noche, cuando ella se dormía en su pecho, él pensaba en cómo decírselo. En qué palabras usar, en cómo explicarle que sabía todo, que recordaba todo, que se había quedado por decisión propia porque la amaba.
Pero también sabía que decirle la verdad significaba obligarla a enfrentar la suya, y ella aún no estaba lista. Lo veía en sus ojos cuando a veces, en los silencios largos, algo le cruzaba la cara y la sonrisa se le apagaba medio segundo antes de volver.
Todavía no.
Cerró los ojos. Apretó a Isabella un poco más contra su pecho.
Solo un viaje rápido —se dijo—. Entro, compro, salgo. Nadie me va a reconocer en una ferretería.
La camioneta de Tomás era una reliquia.
Una Ford vieja, de las que ya no fabrican, pero funcionaba, y eso era lo que importaba.
Se subieron los cuatro a las ocho en punto. Tomás al volante, Miguel de copiloto, Logan y Elías atrás.
El camino a la ciudad era largo. Dos horas por una carretera.
Los tres hablaban durante todo el camino. Elías contaba sobre su novia nueva, una chica de un pueblo vecino que había conocido en la feria. Miguel opinaba poco pero se reía de todo. Tomás conducía con una sonrisa. Logan participaba en la conversación, se reía cuando tocaba, respondía cuando le preguntaban. No obstante, por dentro iba tenso. A medida que la camioneta se acercaba a la ciudad, a medida que las montañas iban quedando atrás y los edificios empezaban a aparecer, sentía una piedra en el estómago.
Cuando la primera avenida grande apareció frente a ellos, con los semáforos, los autos, la gente caminando por las veredas, Logan sintió algo que no esperaba.
Rechazo.
No era miedo, no era nostalgia. Era rechazo. Todo era demasiado, demasiado ruido, demasiado gris.
Yo vivía aquí —pensó—. Yo era parte de esto.
La idea le pareció absurda.
.
.
La ferretería estaba en una calle del centro.
Tomás estacionó la camioneta a media cuadra y los cuatro bajaron. El contraste era evidente. Cuatro hombres de campo con botas embarradas, camisas de cuadros y sombreros en una calle llena de oficinistas con corbata y mujeres en tacones.
A Logan la ropa le servía de camuflaje. Nadie miraría dos veces a un hombre con camisa de cuadros y jeans sucios. El Logan Harrington que aparecía en las revistas de negocios usaba traje de tres piezas y el cabello peinado. Este Logan tenía el pelo largo, y la barba de días.
Entraron a la ferretería. Compraron los tornillos, las vigas, unos rollos de alambre y unas láminas de zinc. Tomás negoció el precio con el vendedor mientras Elías cargaba las bolsas a la camioneta.