Las luces de la ciudad se hicieron más visibles a través del vidrio de la ventana junto con los vehículos que transitaban y los edificios. A Logan aquello le parecía ajeno, distante.
Su madre iba a su lado en silencio, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Marcus conducía sin hablar, con la atención fija en la carretera.
Faltaban veinte minutos para la mansión cuando Logan habló.
—Mamá.
Elizabeth abrió los ojos.
—Nadie puede saber que recuperé la memoria. Nadie, ni los empleados de la empresa, ni los socios, ni las amigas tuyas, nadie.
Su madre lo miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
—Porque primero necesito hablar con Isabella. Necesito decirle yo la verdad, cara a cara, sin que ella se entere por otra persona. Si esto se filtra, si alguien lo comenta, si llega a cualquier lado antes de que yo vuelva a esa granja, todo se arruina.
Elizabeth asintió despacio.
—Está bien.
Logan levantó la vista hacia el espejo retrovisor. Los ojos de Marcus lo miraban desde ahí.
—Marcus.
—Señor.
—¿Le dijiste a alguien que recuperé la memoria?
—No, señor. Solo le dije a su madre que lo encontré y que no me reconoció.
—¿A nadie más? ¿Ni a los de la empresa, ni a los socios, ni a nadie?
—A nadie.
—Bien, y va a seguir así. Si una sola palabra sale de tu boca sobre mi memoria, sobre dónde estuve o con quién, te despido. ¿Quedó claro?
Marcus tragó. Logan vio la nuez subir y bajar en su garganta a través del espejo.
—Clarisimo, señor.
—Cuando vuelva a hablar con Isabella y le diga la verdad, cuando ella lo sepa, entonces le diré a todos que recuperé la memoria. Hasta ese momento, para el mundo entero, yo sigo sin recordar nada.
Elizabeth le tomó la mano.
—Entendido, hijo. Nadie va a saber.
Logan asintió. Volvió a mirar por la ventana.
Las calles se fueron haciendo más anchas, con menos autos y casas más grandes a medida que se acercaban al barrio donde estaba la mansión. Conocía cada esquina, cada árbol.
Pero nada de eso le decía bienvenido.
La mansión apareció al final de la calle. Tres pisos de piedra blanca, con ventanales enormes que dejaban ver los candelabros del interior. Un jardín delantero impecable, decorado con estatuas de piedra, algo que Logan nunca apreció y que ahora le sentó absurdo. La reja automática se abrió y avanzaron hasta la puerta principal.
Marcus estacionó. Bajó primero, abrió la puerta de Elizabeth.
Logan se quedó un momento fuera del auto, mirando la fachada.
La última vez que estuvo aquí fue la mañana del accidente. Salió por esa puerta con un traje gris, una corbata azul y una carpeta con el contrato de Jones.
Salió pensando en números, en cláusulas, en el porcentaje que le había descontado a una empleada que no le caía bien porque le gustaba demasiado.
Subió los escalones. La puerta se abrió accionada por Marcus desde un control. El vestíbulo lo recibió con su techo alto, sus pisos de mármol blanco y sus lámparas de cristal colgantes.
Caminó despacio por el salón principal.
Los muebles eran los mismos, el sofá de cuero italiano que costó más que el granero entero de Isabella. La mesa de centro que nadie usaba, las cortinas de importación que nunca se abrían del todo.
Se detuvo en el centro del salón.
Miró la chimenea, era de mármol negro, con un fuego a gas que se encendía con un botón. Nunca crepitaba, ni olía a leña, nunca llenaba la casa de ese calor que tiene la madera cuando arde de verdad.
Y de pronto, parado ahí, vio otra cosa.
No el salón de la mansión. Vio el salón de la granja. El sillón viejo con la manta marrón en el respaldo. La chimenea de ladrillo con las brasas naranjas. Noah acostado con el peluche de cocodrilo en el brazo, Isabella recostada contra su hombro con una taza de café entre las manos. Los tres juntos, tapados con la manta de dinosaurios que el niño insistía en compartir, recibiendo el calor del fuego mientras afuera el molino giraba y los grillos cantaban.
Cerró los ojos. El contraste le dolió en el centro del pecho. Porque este salón era hermoso, era costoso y era perfecto. Sin embargo, estaba muerto. No tenía risas, no tenía olor a guiso ni a café con dos cucharadas de azúcar, no tenía un dibujo de dinosaurios pegado con un imán en la puerta de la nevera.
No tenía nada que importara.
Elizabeth lo observaba desde el marco de la puerta del salón. Llevaba un rato ahí, mirando a su hijo parado en el centro de la habitación con los ojos cerrados y una expresión que ella no le conocía. No era tristeza exactamente, era añoranza. Él rostro de alguien que está en un lugar pero que su mente está en otro.
Se acercó, le tomó la mano. La de él estaba tibia y áspera, con los callos que ella había notado en la granja y que ahora, bajo la luz de los candelabros, le parecían más evidentes. Las manos de su hijo ya no eran las de un empresario. Eran las de un hombre que trabaja con ellas.
—Hijo.
Logan abrió los ojos.
—¿Realmente te enamoraste de ella?
No lo preguntó con reproche. Lo preguntó con la curiosidad sincera de una madre que necesita entender algo que se le escapa.
Logan la miró. A su madre, a Elizabeth Harrington, la mujer que lo crió en esta mansión, que le compró trajes desde los quince años, que le enseñó a sentarse derecho en la mesa y a estrechar la mano con firmeza. La mujer que hizo todo lo que sabía hacer para darle una buena vida y que ahora descubría que su hijo había encontrado la felicidad en el lugar más inesperado.
—Con toda mi alma, mamá. Ella y Noah son mi familia.
A Elizabeth le bajó una lágrima por la mejilla, que no se limpió.
Se acercó a él, lo abrazó. No con la desesperación de la granja, sino con algo más suave, más resignado, más similar a la aceptación.
—Entonces haz lo que tengas que hacer. Ve a la empresa mañana, ordena todo, porque Marcus se ha vuelto loco tratando de mantener las cosas funcionando sin ti. Busca a alguien que se haga cargo. Arregla los papeles, los contratos, lo que haga falta.