La alarma sonó a la misma hora de siempre.
Isabella abrió los ojos antes del segundo pitido. No porque la hubiera despertado. No había dormido, llevaba horas acostada en la oscuridad, con la almohada de Logan apretada contra el pecho, escuchando el silencio de una casa que nunca había estado tan callada.
Extendió el brazo y apagó la alarma.
El lado derecho de la cama estaba vacío. Las sábanas frías, sin arrugas, sin el hueco que dejaba el cuerpo de él. La almohada que había abrazado toda la noche ya no olía tanto como antes. El olor se estaba yendo…como él.
Se levantó. Se cubrió con la bata, recogió su cabello con las manos, y bajó la escalera con los pies pesados.
La cocina estaba oscura. No había café hecho, no había platos en la mesa, no había un hombre moviéndose entre la sartén y la cafetera.
Se puso las botas y salió al patio. Fue al gallinero. Las gallinas la recibieron con su alboroto de siempre, sin notar que faltaba alguien. Recogió los huevos uno a uno, con los dedos torpes porque no había dormido y las manos no le respondían bien. La gallina gris le picoteó el dorso de la mano y Isabella no la apartó. Ni siquiera la miró.
Fue al establo. Las vacas mugieron al verla. Se sentó en el banquito, puso el balde debajo, y empezó a ordeñar. El mismo movimiento que Logan había aprendido con torpeza aquella primera mañana, cuando la vaca le dio el coletazo en la cara y él volvió a la cocina con leche en el pelo y una marca roja en la mejilla.
Se le escapó un sollozo, lo contuvo mordiéndose el labio.
Terminó con las tres vacas. Llenó los bebederos de los caballos. Canela le apoyó la cabeza en el hombro como hacía siempre, y eso fue lo que casi la quiebra, porque el caballo la buscaba igual que todos los días sin saber que hoy faltaba alguien.
Volvió a la cocina. Puso la cafetera, calentó la leche de Noah con chocolate y
acomodó la mesa
Dos platos, dos tazas. Se quedó mirando la mesa un momento. Dos, no tres. Dos platos, dos tazas, dos servilletas. El espacio donde se sentaba Logan estaba vacío.
Se sentó a esperar.
Los pasos de Noah sonaron en la escalera a las siete y cuarto. Isabella los escuchó venir, rápidos, saltando los últimos peldaños como hacía cada mañana.
Noah apareció al final de la escalera con el pijama torcido, el pelo en todas las direcciones, y la sonrisa de siempre lista para el hombre que lo esperaba cada mañana en la cocina.
Se detuvo. Se quedó de pie en el último escalón, con una mano en la baranda y los ojos recorriendo la cocina. La mesa con dos platos, la silla vacía, la cafetera que humeaba sola.
—Mamá, ¿Y papá?
A Isabella se le cerró la garganta. Le tembló el mentón. Abrió la boca para contestar y no le salió nada.
Noah dio un paso hacia la cocina. La sonrisa se le estaba yendo de la cara.
—Mamá, ¿Dónde está papá?
Isa tragó. Una vez, dos. Se forzó a hablar.
—Hijo, papá no está.
El pequeño parpadeó—. ¿Cómo que no está? ¿A dónde fue? ¿Por qué no me dijo? ¿Por qué no me invitó?
Cada pregunta era una estaca. Isa se levantó de la silla. Se arrodilló frente a su hijo, le tomó las dos manos. Eran tan pequeñas entre las suyas. Tan tibias.
Las lágrimas le empezaron a caer sin permiso, no pudo contenerlas. Le bajaban por las mejillas mientras le sostenía las manos a su hijo e intentaba encontrar palabras que no lo destrozaran.
—Mi amor, ¿Recuerdas que cuando todo esto empezó te dije que íbamos a ayudar a papá mientras recuperaba su memoria?
Noah asintió despacio.
—Sí.
—Bueno, papá fue a recuperar su memoria. Fue a sanarse, mi amor.
—Pero papá podía sanarse con nosotros—frunció el ceño—. No tenía que irse. Nosotros lo cuidamos. Mamá, nosotros somos su familia.
—Lo sé, mi amor.
—Papá me ama, papá te ama a ti. Nos ama. ¿Por qué nos dejaría?
La voz del niño se estaba quebrando. Los ojitos se le estaban poniendo brillantes de lágrimas.
—No nos dejó, Noah. Él no nos dejó, va a volver.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—¿Pero cuándo, mamá?
—No lo sé exactamente. Pero me prometió que iba a volver.
—¿Y si no vuelve?
Las lágrimas le asomaron al niño. Primero una, pequeña, que le bajó por la mejilla izquierda. Después otra, y después el labio inferior le empezó a temblar.
—Mamá, ¿Y si no vuelve?
Isabella lo atrajo hacia ella. Lo abrazó fuerte, tan fuerte que el niño le hundió la cara en el hombro y ella sintió las lágrimas de él mojándole la bata.
—Va a volver, mi amor. Me lo prometió.
Noah lloraba contra su hombro. No entendia por qué el hombre que le enseñó a montar a caballo y que le leía cuentos con voces graciosas se fue sin despedirse.
—Mamá, tiene que volver —dijo entre sollozos—. Tiene que volver. Yo lo quiero mucho.
—Yo también lo quiero, mi amor. Por eso sé que va a volver. Solo tenemos que esperar a que resuelva sus cosas.
Se quedaron abrazados en el piso de la cocina durante un rato largo. Isa meciéndolo despacio, con la mano en su pelo, con las lágrimas cayéndole en silencio mientras su hijo lloraba contra su cuello.
Cuando Noah se calmó, se separó. Se limpió la cara con la manga del pijama. La miró con los ojos rojos y la nariz mojada.
—¿Me prometes que va a volver?
—Te lo prometo, hijo.
No sabía si era verdad. No sabía si tenía derecho a prometer algo que no dependía de ella. Pero lo dijo porque su hijo necesitaba escucharlo, y porque una madre hace lo que tiene que hacer para que su hijo no se quiebre del todo.
Desayunaron en silencio. Noah tomó la leche con chocolate sin hablar. Mordió el pan sin ganas, dejando la mitad en el plato. Isabella bebió el café sin saborearlo, con los ojos fijos en la taza porque si miraba la silla vacía de Logan otra vez no iba a poder seguir funcionando.
Intentó hablarle—. Noah, hoy en el colegio tienen el proyecto del sistema solar, ¿No?