Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La serpiente

Sasha Montero se despertó temprano.

Extasiada, por el plan que creía, la llevaría a la cima con el mínimo esfuerzo.

Creía que aprovecharse de un hombre con “amnesia” sería pan comido, como quitarle el dulce a un bebé.

Se levantó a las seis. Se duchó con agua caliente durante veinte minutos, se secó el pelo con paciencia, se puso crema en todo su cuerpo. Se vistió despacio, eligiendo cada prenda con detenimiento. Un vestido negro, sencillo, elegante, que le marcaba la cintura. Tacones altos pero no excesivos. El cabello suelto, ondulado, cayéndole sobre los hombros.

Se miró en el espejo, y por bastantes minutos práctico la expresión de una mujer rota, una que lleva semanas sufriendo en silencio por un hombre que desapareció. Primero la preocupación; las cejas juntas, los labios apretados y la mirada baja. Después el alivio desbordándose, como si el alma hubiese vuelto a su cuerpo. Y por último las lágrimas. Las ensayó tres veces frente al espejo hasta que le salieron con facilidad.

Menuda hipócrita.

Sonrió, creyendo que pronto el mundo estaría bajo sus pies. Tomó el bolso, las llaves, y salió de su cuarto.

Su madre estaba en la cocina desayunando. Graciela era una mujer de sesenta años, bondadosa, despistada, que creía en la buena voluntad de las personas con una fe que rozaba la ingenuidad. Quería a Elizabeth como a una hermana, quería a Logan como al sobrino que nunca tuvo, y quería a Sasha con una ceguera que no podía o no quería ver lo que su hija era capaz de hacer.

—¿A dónde vas tan arreglada?

—A ver a Elizabeth, mamá.

Graciela levantó las cejas—. ¿A Elizabeth?

—Sí. Quiero ofrecerle mi apoyo. Anoche la escuché muy mal por teléfono. Debe estar destrozada con lo de Logan.

La mujer la miró con esa expresión de madre orgullosa que Sasha conocía y que le resultaba tan fácil de provocar.

—Eres una buena chica, Sasha. Elizabeth va a agradecer mucho tu visita.

—Eso espero, mamá.

Le dio un beso en la mejilla, agarró las llaves del auto, y salió.

Graciela la vio irse desde la ventana de la cocina con una sonrisa. No tenía manera de saber que su hija no iba a consolar a nadie. Iba a incendiar algo.

Condujo hasta la mansión Harrington en veinte minutos.

Conocía el camino de memoria. Había ido a esa casa desde su infancia, conocía el jardín, el vestíbulo con los pisos de mármol, sabía muy bien cómo era cada rincón de esa mansión.

Estacionó frente a la entrada. Se observó una última vez en el espejo retrovisor. Se acomodó los mechones de cabello y se puso una gota de perfume en la muñeca.

Tocó el timbre.

Una empleada abrió.

—Señorita Montero.

—¿Está Elizabeth?

—Sí, pero el señor Harrington está descansando y la señora pidió que no…

—No vengo a ver a Logan. Vengo a ver a Elizabeth, como amiga de la familia.

La empleada dudó, pues sabía de antemano la enfermiza obsesión de esa muchacha con el señor.

—Pase —dijo al fin, haciéndose a un lado.

Elizabeth estaba en el salón. Sentada en el sofá de cuero, con una taza de té entre las manos y unas ojeras que revelaban una noche tan mala como la de su hijo. Tenía un moño recogido pero sin la pulcritud de siempre, y una bata de seda sobre el camisón.

Cuando vio a Sasha en la puerta del salón, su expresión cambió. Primero sorpresa, después algo que se parecía al alivio.

—Sasha, querida. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Mi mamá me contó lo de Logan, Elizabeth. Vine apenas pude. ¿Cómo estás?

Sasha cruzó el salón y se sentó al lado de Elizabeth. Le tomó la mano entre las suyas.

—Estoy destrozada, hija. Meses sin saber de él, meses, y ahora lo tengo aquí pero no me reconoce. No sabe quién soy.

La muchacha le acarició la mano.

—Lo siento mucho.

—Estaba en una granja, Sasha. Viviendo como si fuera otra persona.

—Debe haber sido terrible verlo así.

—Fue... no tengo palabras.

—Realmente lo siento. Ya verás como el poco a poco se mejorará.

—Eso espero, hija —contestó, sabiendo lo mucho que mentía. Pero le prometió a su hijo no revelar la verdad.

—¿Puedo verlo?

—No lo creo, está descansando arriba. El médico viene esta tarde a examinarlo.

—Solo un momento. Para que sepa que tiene gente que lo quiere aquí también.

Elizabeth la miró. Veía a la hija de su mejor amiga, a la chica que conocía desde pequeña, con su vestido negro y su rostro de preocupación. No tenía razones para desconfiar.

—Está bien. Pero no lo presiones, por favor. No le hagas preguntas sobre la memoria.

—Por supuesto que no—se levantó del sofá con una sonrisa y subió la escalera.

Logan estaba sentado en el borde de la cama. Había llamado más de cinco veces al teléfono fijo de Isabella, número que estaba pegado en una nota en la puerta del refrigerador de la casa en el campo. De pronto escuchó los golpes en la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió. Y la joven entró a su habitación.

Logan la reconoció de inmediato. La reconoció con la memoria que ella no sabía que él tenía. Sasha Montero, hija de Graciela, la amiga de su madre. La mujer con la que cometió un error hace cinco años, una noche de champán y mal juicio.

¿Qué hacía aquí?

—Hola, Logan —dijo Sasha.

Lo dijo con una voz suave, temblorosa, cargada de una emoción que a cualquier otra persona le habría parecido genuina. Se detuvo a dos metros de la cama, con las manos cruzadas delante del cuerpo y los ojos húmedos.

—Soy Sasha. ¿Me recuerdas?

Logan la miró. La recordaba perfectamente. Recordaba la gala, el hotel, la mañana siguiente, el café incómodo, la conversación donde le dijo que no. Recordaba todo. Pero se suponía que no recordaba nada.

—No —dijo—. Lo siento. No te recuerdo.

A Sasha le cruzó algo por las pupilas. Algo rápido, que alguien que no la conociera habría confundido con dolor. Más Logan sí la conocía, y lo que vio no fue dolor…fue satisfacción.




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