Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La primicia

El periodista se llamaba Andrew. Tenía treinta y dos años, una ambición sin límites, y un olfato para las exclusivas que lo había convertido en el reportero más temido de la ciudad. Cuando recibió el mensaje de Sasha, estaba sentado en su escritorio comiendo un sándwich y pensando en cómo llenar el bloque de la tarde.

Leyó el mensaje una vez y se atragantó con el sándwich.

Logan Harrington. El heredero desaparecido. El fantasma que llevaba meses de rumores en los círculos empresariales. El hombre que nadie encontraba, que algunos daban por muerto, que otros creían escondido en algún paraíso fiscal. Y ahora una mujer le decía que había aparecido, que había perdido la memoria, y que ella era su prometida.

No verificó la historia, no llamó a la familia Harrington, ni buscó una segunda fuente. Hizo algo peor; vendió la exclusiva.

La vendió a tres canales de televisión distintos, a dos portales de noticias digitales, y a una revista que pagó el doble por tener la primicia en papel. En menos de cuatro horas había ganado más dinero del que ganaba en seis meses de trabajo.

A las seis de la tarde, la noticia estaba en todas partes.

LOGAN HARRINGTON, EL HEREDERO DESAPARECIDO, REAPARECE SIN MEMORIA. SU PROMETIDA SECRETA LO ESPERABA.

Debajo del titular, dos fotos. Una de Logan, como el CEO, de traje gris y mandíbula cuadrada. La otra imagen, Sasha Montero, con un vestido rojo, sonriendo a la cámara.

La nota decía que el heredero había sufrido un accidente meses atrás y había perdido la memoria. Que había sido encontrado en una zona rural, y que su prometida, Sasha Montero, hija de la reconocida empresaria Graciela Montero y amiga íntima de la familia Harrington, lo había estado esperando en silencio durante todo ese tiempo.

La nota tenía citas de la muchacha. Frases perfectamente armadas que sonaban a dolor verdadero.

"Fueron los meses más difíciles de mi vida. No sabía si estaba vivo o muerto. Solo sabía que lo amaba y que iba a esperarlo el tiempo que hiciera falta."

"Nuestra relación siempre fue privada. Logan es un hombre reservado y yo respeté eso. Pero ahora que volvió, ya no tengo razones para esconderlo."

La nota cerraba con una línea que habría hecho vomitar a Logan si la hubiera leído.

"Estamos juntos, y ahora que volvió, vamos a seguir adelante con nuestros planes de boda."

A las siete de la tarde, la noticia era tendencia en las redes sociales. A las ocho, los canales de televisión la repetían cada treinta minutos con un banner rojo que decía ÚLTIMA HORA. A esa hora, no había una sola pantalla encendida en el país que no estuviera mostrando la cara de Logan Harrington al lado de la de Sasha Montero.

Don Aurelio estaba en su sillón.

Era su rutina de todas las tardes. Sentarse frente al televisor viejo que tenía en el salón, el mismo desde hace quince años.

Estaba medio dormido cuando el nombre lo despertó.

Lo escuchó antes de verlo. La voz del presentador, diciendo un nombre que Don Aurelio conocía bien.

"Logan Harrington, el heredero del grupo empresarial Harrington Holdings, ha sido localizado después de meses de desaparición...."

Don Aurelio abrió los ojos de golpe.

Se enderezó en el sillón con una velocidad que su espalda lo sintió como una dolorosa punzada, más no le importo. Buscó los lentes que tenía en la mesa, se los puso con las manos temblorosas, y miró la pantalla.

La foto de Logan. Muy distante del granjero de camisa a cuadros, pero era él.

Y al lado, una mujer rubia que Don Aurelio no había visto nunca en su vida. Una mujer con vestido rojo que se presentaba como la prometida de Logan Harrington.

Don Aurelio se quedó mirando la pantalla sin parpadear.

"...su prometida, Sasha Montero, confirmó que mantenían una relación en secreto antes del accidente y que están retomando sus planes de boda..."

—No —dijo Don Aurelio en voz alta—. ¡No! ¡Eso no es verdad!

Se levantó del sillón con la rapidez que le permitieron sus rodillas. Fue al teléfono de la pared. Marcó un número, equivocándose dos veces antes de acertar.

—Tomás. Ven a mi casa, ahora, y trae a Elías y a Miguel.

Llegaron en menos de diez minutos.

Los tres entraron a la casa de Don Aurelio corriendo.

Él hombre no dijo nada. Les señaló el televisor. Los muchachos se detuvieron frente a la pantalla.

Tomás fue el primero en reaccionar. Se quitó el sombrero de la cabeza con un movimiento lento, como si el peso de lo que estaba viendo le hubiera aflojado la mano.

—Qué diablos…

Elías se quedó con la boca abierta y los brazos caídos a los costados.

Miguel, el más callado de los tres, apretó los puños sin decir una palabra.

La noticia se repetía, las mismas fotos, las mismas citas de Sasha.

—Eso es mentira —espetó Tomás—. Eso es una maldita mentira. Ese hombre está enamorado de Isabella. Yo lo vi, todos lo vimos.

—¿Prometida? —Elías negaba con la cabeza—. ¿Qué prometida? Ese hombre no tenía prometida. Tenía esposa, tiene esposa. Isabella es su esposa.

Todos se miraron al decir eso, porque sabían que Isabella no era su esposa de verdad. Pero después de todo lo que habían visto, después de la feria, del baile, de la cacería, la mentira inicial se había convertido en algo más verdadero que cualquier promesa de una mujer en vestido rojo.

—¿Isabella sabe? —preguntó Miguel.

Don Aurelio negó con la cabeza.

—Isabella no ve televisión.

Los cuatro se miraron.

—Alguien tiene que decirle —susurró Tomás.

—No nosotros —indicó Don Aurelio—. Florencia. Que vaya Florencia.

A Florencia le llegó la noticia por boca de Marta, que la escuchó por parte de los tres amigos.

Se sentó en la silla de su cocina con las manos sobre la mesa y la mirada fija en un punto de la pared. Se quedó así un minuto, procesando. Después se levantó, se puso la chaqueta, y salió.




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