Elizabeth esperó cinco minutos después de que Sasha se fue.
Cinco minutos de pie en el vestíbulo, con la taza de té fría entre las manos, mirando la puerta por donde acababa de salir la hija de su mejor amiga con una historia que le olía a podrido desde la primera palabra.
Elizabeth Harrington no era una mujer que se dejara engañar fácilmente. No había sobrevivido treinta años en el mundo empresarial, no había criado sola a un hijo, ni mantenido una fortuna a flote después de la muerte de su esposo, siendo ingenua. Tenía instinto, y su instinto le estaba advirtiendo.
Dejó la taza en la mesa del vestíbulo y subió la escalera. Tocó la puerta del cuarto de Logan dos veces. No esperó respuesta, simplemente entró.
Logan estaba sentado con el móvil en la mano y el rostro descompuesto.
Cerró la puerta detrás de ella.
—Logan.
—Mamá.
—¿Me puedes explicar qué acaba de pasar?
—¿Con Sasha?
—Con Sasha. Que me acaba de decir abajo que ustedes tenían una relación secreta y que estaban a punto de comprometerse —se cruzó de brazos—. ¿No me dijiste anoche que estabas enamorado de Isabella?
Logan dejó el teléfono sobre la cama.
—Mamá, no tengo ninguna relación con esa mujer. Ni secreta ni pública ni de ningún tipo. No hubo compromiso, no hubo planes de boda, nada de lo que dijo es verdad.
—Entonces, ¿Por qué estaría inventando algo así?
Elizabeth lo miraba con esa expresión que él conocía de toda la vida. La expresión de una madre que ya sabe la respuesta pero necesita escucharla de la boca de su hijo.
Él se pasó las manos por el cabello, respiró profundo. Ya no podía seguir mintiendo, no sobre esto.
—Porque hace cinco años, mamá, Sasha y yo estuvimos juntos una noche. Fue un desliz. Demasiado champán, una decisión estúpida. Al día siguiente le dije que no quería nada con ella, que había sido un error, que no se iba a repetir.
El silencio que siguió fue tan denso que Logan habría podido cortarlo con un cuchillo.
Elizabeth lo miraba sin parpadear.
—¿Me estás diciendo —dijo, con una voz que bajó la temperatura de la habitación tres grados— que de todas las mujeres con las que podías haber cometido una estupidez, elegiste a la hija de mi mejor amiga?
—Mamá…
—¿La hija de Graciela, Logan? ¿De Graciela Montero, la mujer que me sostuvo cuando murió tu padre, la que me llama todas las semanas para ver cómo estoy? ¿Esa Graciela? ¿Su hija?
—Fue un error, mamá. Ya lo sé.
—¡Un error! ¡Un error dice! —Elizabeth caminó tres pasos hacia la ventana, se dio vuelta, caminó tres pasos de vuelta—. ¡Mira el problema en el que estamos ahora! Esa muchacha te está inventando un compromiso y yo no puedo desmentirla sin destruir la amistad con su madre. ¿Te das cuenta de la posición en la que me dejas?
—Mamá, lo siento. En ese momento no pensé…
—¡No pensaste! ¡Exacto! ¡No pensaste con la cabeza! ¡Y cuando digo cabeza, Logan, me refiero a donde tienes el cerebro!
Logan bajó la vista. No había nada que pudiera decir. Su madre tenía razón en cada palabra.
Elizabeth se detuvo frente a él, con los brazos cruzados y los ojos que echaban fuego.
—¿Y qué crees que quiere esta muchacha?
—Lo que siempre quiso, dinero, posición, estatus. Aprovecharse de mi supuesta amnesia para reescribir lo que pasó. Convertir una noche que yo cerré con un no en una historia de amor que ella va a usar para atarse a mi apellido.
—Es una trepadora.
—Es exactamente eso.
Se quedó mirándolo un momento—. ¿Ya hiciste algo al respecto?
—Llamé y puse a investigadores detrás de ella. Quiero saber qué tiene planeado, con quién habló, qué va a hacer.
—Bien, eso es un comienzo. Ahora prepárate.
—¿Para qué?
—Te llevo a la empresa. Necesito que revises contratos, informes, números. Marcus lleva meses haciendo lo que puede, pero el pobre hombre se va a quedar calvo del estrés si no le sacamos peso de encima. Necesitas buscar a alguien de confianza entre los directores para dejarle la empresa.
Logan asintió.
—Y recuerda —levantó un dedo—. Tienes amnesia. Cuando lleguemos a la empresa, no reconozcas a nadie, no saludes a nadie, no hables como el Logan de antes. Yo voy a decir que volviste, que no recuerdas nada, y que vienes a familiarizarte con la empresa.
—Entendido.
—Bueno, eso para ti no debería ser problema. No saludar y no hablar con la gente era tu especialidad.
Logan la miró. Algo le cruzó por la cara que se parecía a la vergüenza.
—Mamá, ya no soy el mismo.
—Eso lo tengo que ver. Ahora apúrate—se dirigió a la puerta.
—¿Mamá?
—¿Qué?
—¿Por qué estás tan enojada?
Elizabeth se dio vuelta despacio—. ¿Cómo que por qué estoy enojada? Te acostaste con la hija de mi mejor amiga, desapareciste durante meses, me hiciste llorar todas las noches, y ahora tengo una loca inventándose un matrimonio con mi hijo en la puerta de mi casa. ¿Cómo no voy a estar enojada?
Vio un zapato de Logan en el suelo. Lo recogió y se lo lanzó. Le dio en el hombro.
—¡Apúrate!
Salió dando un portazo que hizo temblar los cuadros de la pared.
Logan se quedó sentado en la cama con el zapato en el regazo y una media sonrisa que se le escapó sin permiso. Porque por debajo de la rabia, por debajo de los gritos y el zapato lanzado, su madre acababa de hacer lo que hacen las madres; ponerse de su lado.
Media hora más tarde Logan cruzó la puerta de la empresa con jeans, y una sencilla camisa blanca. El lugar se quedó en silencio cuando los vieron entrar. Recepcionistas, ejecutivos, gente que caminaba con carpetas, todos se detuvieron.
Elizabeth habló con voz clara.
—Buenos días. Mi hijo, Logan Harrington, ha vuelto. Como muchos habrán escuchado, él estaba desaparecido. Ahora ha vuelto, pero no reconoce a nadie, así que les pido por favor que no lo presionen. Viene a familiarizarse con la empresa. Cualquier duda o consulta, la hacen llegar a través de Marcus.