Isabella se levantó porque tenía que levantarse. No porque se sintiera mejor, ni porque el sol que entraba por la ventana le trajera alguna esperanza. Se levantó porque Noah necesitaba desayunar, necesitaba ir al colegio, y necesitaba una madre que funcionara aunque por dentro estuviera hecha cenizas.
Se lavó la cara con agua fría, se observó en el espejo del baño y no se reconoció. Tenía los ojos hinchados, los labios secos y las ojeras marcadas. Se recogió el cabello en un moño que le salió peor que de costumbre y bajó.
La cocina estaba fría, la cafetera apagada. Hizo el café, calentó la leche de Noah. Puso dos platos en la mesa. Dos, no tres. Noah bajó a las siete y cuarto.
Apareció al final de la escalera con el uniforme puesto, los zapatos atados, el pelo peinado. Todo solo. Sin que nadie se lo pidiera.
Se sentó a la mesa sin hablar.
Tomó la leche, mordió el pan, masticó mirando el plato.
Isabella lo veía desde el otro lado de la mesa con el café entre las manos, buscando algo que decirle, alguna frase que le devolviera un poco de la luz que le habían apagado.
—¿Cómo dormiste, mi amor?
—Bien.
—¿Quieres que te lleve algo al colegio? ¿Una fruta, unas galletas?
—No.
Nada más. Ni historias del recreo, ni quejas sobre las matemáticas, ni datos sobre dinosaurios. El niño que llenaba las mañanas con su voz, ya no estaba.
Terminaron de desayunar y salieron.
El camino al colegio fue silencioso.
Isa lo llevaba de la mano. Noah caminaba a su lado con los ojos fijos en el suelo. Los vecinos que los veían pasar ya no los saludaban con la alegría de antes. Los saludaban con una inclinación de cabeza, con una sonrisa triste, con ese respeto que la gente del pueblo le da al dolor ajeno cuando no sabe cómo ayudar.
Llegaron a la entrada del colegio, y Noah se soltó de la mano de Isabella, despidiéndose sin ganas.
—Nos vemos más tarde, mamá.
—Nos vemos, mi amor.
Lo vio cruzar la puerta con los hombros caídos y esa manera nueva de caminar que tenía, sin correr, sin saltar, arrastrando los pies.
Después se dio vuelta y empezó a caminar de regreso.
Eran las diez y veinte, cuando Florencia entró a la casa, corriendo. Isabella estaba en el establo llenando los bebederos de las vacas cuando escuchó como ella gritaba.
—¡Isa! ¡Isa!
Por un segundo, por un instante breve y cruel, pensó que era Logan.
No era Logan, sino Flor.
—Isa ¡Ven rápido! Es Noah, iba pasando por afuera del colegio cuando me llamó la directora.
El corazón de Isabella se detuvo—. ¿Qué pasó? ¿Está bien? ¿Se lastimó?
—No lo sé, me pidió que viniera a buscarte.
Isa dejó lo que estaba haciendo, y corrió sin detenerse en dirección a la escuela.
Llegó con la respiración agitada. La profesora la esperaba en la puerta.
—¿Dónde está?
—En la dirección. Venga conmigo.
La maestra la guió por el pasillo. Isabella reconoció el llanto de inmediato.
Noah estaba sentado en una silla que le quedaba grande, con las piernas colgando sin tocar el suelo, la mochila en el piso a su lado, y la cara entre las manos. La directora estaba agachada frente a él, hablándole en voz baja, sin lograr nada.
—¡Noah!
El niño levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, la nariz mojada, y las mejillas empapadas. Al ver a su madre en la puerta, se bajó de la silla y corrió hacia ella con un sollozo.
—¡Mamá!
Se le colgó de la cintura, llorando con desesperación.
Isa se arrodilló—. Mi amor, ¿Qué pasó? Dime qué pasó.
Noah intentó hablar. Las palabras le salían cortadas por los sollozos, entrecortadas, a pedazos.
—Lu... Lucas me dijo…
—¿Qué te dijo Lucas?
—Me dijo que... que su papá vio en la televisión... que mi papá se va a casar con otra mujer. Me dijo que mi papá tiene una novia —continuó Noah, con la voz destrozada—. y que se van a casar, y que por eso se fue. Porque tiene otra familia.
La directora se llevó la mano a la boca.
—Me dijo que mi papá no es mi papá de verdad —dijo Noah, y esa frase le salió con un dolor que Isabella sintió como una cuchilla entrándole por el centro del pecho—. Y que nunca lo fue, y que por eso se fue con ella.
Noah la miraba, buscando en ella una respuesta que le dijera que Lucas estaba equivocado. Que nada de eso era verdad, que su papá iba a volver.
Isabella abrió la boca, y luego la cerró.
¿Qué le decía? ¿Que Lucas mentía? No mentía. La noticia era real, estaba en todos los canales. ¿Que su papá iba a volver? No lo sabía. Ya no estaba segura de nada. ¿Que todo estaba bien? Nada estaba bien, nada.
Lo abrazó con toda la fuerza que podía, apretándolo contra su pecho, y lloró. Lloró con él, las dos caras mojadas, los dos cuerpos temblando, madre e hijo en el piso de una dirección de colegio mientras la directora miraba desde la puerta sin saber qué hacer.
—Mamá —dijo Noah contra su cuello—. ¿Es verdad? ¿Papá tiene otra novia?
—No lo sé, mi amor.
Fue lo más honesto que pudo decir.
—¿Ya no nos quiere?
—Noah…
—¿Ya no nos quiere, mamá?
Isa le apretó la cabeza contra su pecho. Le besó el pelo, le acarició la espalda.
No contestó. Porque la única respuesta que tenía era no lo sé, y esa respuesta no sirve cuando un niño de seis años te pregunta si su papá lo quiere.
Salieron del colegio diez minutos después.
La directora le dijo que Noah podía quedarse en casa el resto de la semana si lo necesitaba. Caminaron por la calle del pueblo. El sol estaba alto y hacía calor, pero Noah temblaba. Isabella le pasó el brazo por los hombros y lo atrajo hacia ella. Caminaron así, pegados, por la misma calle donde semanas atrás habían caminado los tres tomados de la mano, con Logan en el medio y Noah riéndose de algo y el pueblo entero sonriendo al verlos pasar.
La misma calle, Pero otro mundo.
A mitad de camino, entre la plaza y el sendero de los árboles, Noah se detuvo.