Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Adiós

Empezó a empacar esa misma tarde.

Noah seguía dormido en el sillón cuando Isabella subió al cuarto y sacó la maleta del fondo del armario. Era una maleta vieja, de tela azul descolorida, la misma que usó su madre para llevarla a ella de paseo cuando era niña.

La abrió sobre la cama, comenzó por lo práctico. La ropa de Noah primero; las camisetas, los pantalones, la ropa interior, los calcetines. Después su ropa; poca. Unos jeans, unas blusas, la ropa interior, las medias. El vestido floreado de su mamá lo miró desde el fondo del armario y ella lo dejó ahí. No podía llevárselo, no podía meter en una maleta la prenda que se puso la noche de la feria, la noche en que bailó con Logan mientras el pueblo entero aplaudía.

Lo dejó colgado donde estaba, y al lado del vestido, las camisas de Logan. Las de cuadros que los vecinos le habían prestado. No las tocó, cerró el armario.

Bajó la maleta a la cocina. Metió los documentos de Noah, las libretas del colegio, el certificado de nacimiento que guardaba en la gaveta. Metió la billetera con los pocos ahorros que tenía y el cargador del teléfono.

Después se quedó parada en la cocina mirando las cosas que no podía llevar.

La mesa, las sillas, la cafetera, las tazas que no combinaban. El trapo de cocina en el gancho. Las flores secas en los frascos que quedaron de la noche de las velas, la olla donde cocinaron la liebre juntos.

El espacio en la nevera donde estuvo el dibujo de Noah que ella ya tenía doblado en el bolsillo.

Cada objeto era un recuerdo. Cada rincón de esa cocina le contaba una historia que empezaba con Logan entrando por la puerta y terminaba con él yéndose en un auto negro que ella miró desaparecer entre los árboles.

No podía quedarse.

No podía quedarse en esta casa donde él le dijo eres hermosa y eres mía. No podía quedarse en este sillón donde los tres se tapaban con la manta de dinosaurios. No podía quedarse en este pueblo donde cada vecino la miraba con esos ojos de lástima que la hacían sentir más rota de lo que ya estaba.

Tenía que irse.

.

.

Florencia llegó a las cinco.

Tocó la puerta dos veces y entró sin esperar respuesta, como hacía siempre. Se detuvo en seco al ver la maleta en el suelo de la cocina.

—¿Qué es esto?

Isabella estaba sentada en la mesa con el teléfono en la mano.

—Me voy, Flor.

—¿Cómo que te vas?

—Me voy del pueblo. Mañana, Noah y yo.

La mujer se acercó despacio, como si tuviera miedo de que un movimiento brusco pudiera romper algo que ya estaba roto.

—Isa, no puedes irte así. No puedes tomar una decisión así de la noche a la mañana.

—No es de la noche a la mañana. Es de semanas, de meses, de toda una vida de mentiras que se me cayó encima.

—¿Y a dónde vas a ir?

—Encontraré una casa en arriendo. En otra ciudad.

—Isa, por favor. Piénsalo. No te vayas por impulso.

—Florencia, la emergencia del colegio era que un compañero le dijo a Noah que su papá se va a casar con otra mujer. Que tiene una novia que sale en la televisión.

Florencia se llevó la mano al pecho.

—Mi hijo se paró en medio de la calle y me dijo que su papá no lo quiere. Que les mintió, que tiene otra vida. Me dijo somos esto, Flor. Mirando el pueblo, mirando la calle de tierra, con una cara que ningún niño de seis años debería tener.

—Isa…

—No puedo seguir aquí —le tembló la voz—. No puedo ver cómo el hombre que amo se casa con otra, no puedo ver a mi hijo romperse un pedazo cada mañana. No puedo caminar por una calle donde cada esquina me recuerda una mano que ya no me sostiene.

Las lágrimas le volvieron, cayéndole por las mejillas con la lentitud de algo que ya no tiene fuerza.

—Necesito irme, Flor. Necesito sacar a Noah de aquí. Empezar de nuevo en un lugar donde nadie sepa mi nombre, donde mi hijo pueda ir al colegio sin que le digan cosas, donde yo pueda despertar por la mañana sin buscar un cuerpo que no está al lado mío.

Florencia la miraba con resignación.

—¿Y la granja? —preguntó.

—La puse en venta.

—Isabella.

—Ya la publiqué. Con los muebles, animales incluidos, todo junto.

Florencia se dejó caer en la silla de enfrente como si las piernas no la sostuvieran.

—Esta granja la levantaron tus padres, Isa. La levantaron con sus manos. Tu mamá plantó los árboles del sendero, tu papá construyó el granero. Noah nació en esa cama de arriba. ¿Cómo puedes vender todo eso?

—Porque no puedo vivir en el pasado, porque si me quedo aquí voy a ahogarme. Y Noah se va a ahogar conmigo.

Florencia bajó la cabeza. Se tapó los ojos con una mano, las lágrimas le empezaron a caer entre los dedos.

—Mi niña —dijo, con la voz rota—. Mi pobre niña.

Isabella se levantó, rodeó la mesa. Se arrodilló al lado de Florencia y le tomó las manos.

—Necesito pedirte algo.

—Lo que sea.

—Cuida a los animales hasta que la granja se venda. A Canela, a Trueno, a las vacas, a las gallinas, los cerdos. No puedo llevarlos y no quiero que se queden solos.

La mujer asintió sin poder hablar—. Y cuida a Don Aurelio, y a Tomás y los muchachos.

—Isa, por favor...

—Y si algún día Logan vuelve —la voz se le quebró al decir su nombre, como una rama seca que se parte—, si algún día aparece preguntando por mí, dile que me fui, y que no me busque, porque si me busca, voy a caer otra vez. Y ya no me quedan fuerzas para levantarme.

Florencia la abrazó.

Se abrazaron en la cocina durante un largo rato, las dos llorando, la una sosteniéndose en la otra como habían hecho tantas veces en esa misma casa, cuando Florencia era joven y lloraba por su marido que se fue. Cuando Isabella era niña y lloraba porque se raspaba las rodillas, cuando su mamá murió, cuando su papá la siguió tres meses después.

Siempre en esta cocina, siempre abrazadas.

—Te voy a extrañar, niña —dijo Florencia contra su pelo.




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