La clínica del doctor Peter Brown ocupaba el tercer piso de un edificio en el barrio más acaudalado de la ciudad.
Era una clínica privada, discreta, de las que no tienen cartel en la entrada y que solo reciben pacientes por recomendación. El tipo de lugar donde la gente con dinero iba a resolver problemas que no querían que el mundo supiera.
Logan llegó por la mañana con Elizabeth y Marcus. El doctor, un hombre de sesenta años con pelo canoso y manos de cirujano, los recibió en su oficina.
Elizabeth le contó todo. La verdad completa, porque él era amigo suyo desde hace veinte años y la confianza no admitía mentiras a medias. Le contó el accidente, la amnesia real, la granja, la recuperación de la memoria, y la farsa de Sasha.
Brown escuchó sin interrumpir. Cuando Elizabeth terminó, se quedó un momento en silencio, tamborileando los dedos sobre el escritorio.
—Lo que me piden es que lo interne, le haga estudios legítimos, y después emita un comunicado diciendo que recuperó la memoria durante la internación.
—Exactamente —dijo la mujer.
—Los estudios van a ser reales. Resonancia, electroencefalograma, evaluación neuropsicológica completa. Todo va a tener respaldo médico.
—Eso es lo que necesitamos.
—¿Y la amnesia?
—La amnesia fue real, Peter. Que ahora la memoria esté de vuelta no cambia el diagnóstico original. Solo agrega la recuperación.
Brown miró a Logan—. ¿Estás de acuerdo con esto?
—Necesito salir de aquí con un documento que diga que recuperé la memoria y que estoy en pleno uso de mis facultades. Necesito que ese documento sea irrefutable.
—¿Para desmentir a la mujer de la televisión?
—Para desmentirla y para volver con mi familia.
Él medico lo evaluó un momento. Después asintió.
—Tres días. Los estudios toman tres días completos. Al cuarto día emito el informe.
—Tres días —repitió Logan.
Tres días encerrado en una clínica mientras Isabella estaba en una granja creyendo que él se iba a casar con otra mujer.
Tres malditos y agónicos días.
Lo instalaron en una habitación privada del fondo del pasillo.
Cama blanca, paredes blancas, una ventana que daba a un patio interior con un árbol que no se parecía a ninguno de los árboles del sendero de la granja. Una mesita de noche con una lámpara, un televisor que Logan no encendió porque ya no soportaba ver la cara de Sasha en ninguna pantalla.
Elizabeth se quedó una hora haciéndole compañía. Después se fue a resolver lo de la empresa, a hablar con el director que Logan escogió para hacerse cargo de todo.
Marcus se quedó. Se sentó en la silla de visitas con la laptop abierta, conectado a todo, monitoreando las noticias, los movimientos de Sasha, las redes sociales.
Logan estaba sentado en la cama con el teléfono nuevo en la mano.
Marcó el número de Isabella.
Buzón de voz. Marcó otra vez, y nuevamente buzón de voz.
Marcó el fijo de la granja. Sonó diez veces, más nadie contestó.
—Marcus.
—Señor.
—¿Cuántas veces la llamaste ayer?
—Siete desde mi teléfono, cuatro desde el suyo. Su celular sigue desviando las llamadas. El fijo suena pero no contesta nadie.
Logan apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Necesito que vayas a la granja.
Marcus levantó la vista de la laptop.
—¿A la granja, señor?
—Sí. Ahora. Toma el auto, ve allá, búscala. Dile que yo la estoy llamando, que necesito hablar con ella, que todo lo de Sasha es mentira.
—Señor, son horas de camino.
—No me importa si son diez. Ve.
Marcus cerró la laptop, se puso de pie, y salió.
Las horas pasaron con una lentitud que a Logan le pareció una tortura.
Le hicieron la primera resonancia a las once. Lo metieron en un tubo blanco que zumbaba, le dijeron que se quedara quieto durante cuarenta minutos, y él se quedó quieto con los ojos cerrados pensando en Isabella.
Pensando en si habría visto la noticia, en si habría visto la foto de Sasha, en si habría creído que él tenía una prometida esperándolo.
Le sacaron sangre a las doce,e hicieron un electroencefalograma a la una. Le pusieron electrodos en la cabeza y le pidieron que cerrara los ojos mientras una máquina registraba sus ondas cerebrales.
Logan cerró los ojos y vio a Noah.
Lo vio bajando la escalera corriendo, con el pijama y la sonrisa que a él tanto le encantaba. Lo vio trepándose a la silla del desayuno, tomando la leche con chocolate, contándole sobre dinosaurios con la lengua afuera. Lo vio en el potrero, montando a Canela con la seriedad de un jinete, aplaudiendo cuando Logan lograba un trote sin caerse.
Lo vio mirándolo con esos ojitos hermosos diciéndole papá con una convicción que no admitía dudas.
Se le escapó una lágrima debajo de los electrodos.
La enfermera le preguntó si estaba bien. Él le dijo que sí.
Aunque por dentro los extrañaba con toda su alma.
Marcus volvió a las seis de la tarde.
Entró a la habitación con una expresión extraña. Logan lo vio desde la cama y supo, antes de que abriera la boca, que las noticias no eran buenas.
—Señor.
—Dime.
Marcus se sentó en la silla. Apoyó los codos en las rodillas.
—Fui a la granja. La casa estaba cerrada. Los animales estaban en el corral, pero no había nadie adentro. Toqué, grité, di la vuelta. Nada.
—¿Y en el pueblo?
—Fui al pueblo. Hablé con una señora mayor, una tal Florencia. No quiso decirme mucho. Solo me dijo que Isabella se había ido.
—¿Ido? ¿A dónde?
—No me quiso decir. Me dijo que Isabella no quería que nadie la buscara.
Logan se quedó inmóvil en la cama.
—Hay algo más, señor.
—¿Qué?
Marcus sacó el teléfono. Abrió una página en el navegador y se la pasó.
Era un sitio de una corredora de propiedades, y en la pantalla, con fotos que a Logan le cortaron la respiración, estaba la granja.