Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

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El camino a la granja se le hizo más largo que nunca.

Marcus conducía en silencio. Logan iba en el asiento del copiloto con la ventana abierta, dejando que el aire del campo entrara a medida que dejaban la ciudad atrás. El olor, en algún punto de la carretera, cambio de asfalto a tierra, de gasolina a pasto. Pero esta vez no le trajo paz.

Esta vez el olor a campo le trajo angustia. Cada kilómetro que se acercaba a la granja era un kilómetro más cerca de una casa donde Isabella ya no estaba.

El pueblo apareció después de la última curva. Las casas de siempre, la plaza con el roble, el almacén, el colegio. Todo igual, todo intacto. Como si el mundo no se hubiera desmoronado para él.

—Detente aquí —le dijo a Marcus al llegar al sendero de los árboles—. Voy a pie.

Marcus estacionó y bajó del auto.

Caminó por el sendero. Los mismos árboles, la misma tierra bajo los zapatos. Al final del camino apareció la granja.

Florencia lo vio venir desde la cerca del potrero. Estaba alimentando a los caballos, cumpliendo la promesa que le hizo a Isabella. Canela y trueno comían heno desde el balde. Cuando reconoció la figura que caminaba por el sendero, soltó el balde y se quedó quieta.

Él se detuvo frente a ella. Tenía los ojos cansados de quien ha dormido poco y llorado mucho, pero la mandíbula firme.

—Florencia.

—Logan.

Se miraron un momento. Flor lo evaluaba con detenimiento.

—Vi la rueda de prensa —dijo ella—. Lo de la muchacha esa.

—Era mentira, Florencia. Todo…¿Dónde está Isabella?

—Se fue, Logan. Se llevó a Noah y se fue.

Me pidió que no te dijera a dónde.

—Lo sé. Pero necesito entrar a la casa.

Ella metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una llave.

—Me la dejó para cuidar a los animales.

Logan extendió la mano. Flor depositó la llave en su palma.

—Muchacho.

—Dime.

—¿Vas a traerla de vuelta?

—Voy a traerla de vuelta.

—Esa niña lloró desde que te fuiste. No comía, no dormía, no hablaba. Se fue porque ya no podía seguir viviendo en una casa que le recordaba a ti en cada rincón.

Logan apretó la llave en el puño.

—Y el niño —continuó, con la voz quebrándosele—. El niño dejó de ser niño, Logan. Se volvió callado, serio, como si le hubieran robado algo. En el colegio un compañero le dijo que su papá se casaba con otra. Noah llegó a la casa destrozado.

Él cerró los ojos.

—Te pido una cosa —dijo Florencia—. Cuando la traigas de vuelta, no le vuelvas a romper el corazón. Porque esta vez no lo va a resistir.

—No se lo voy a romper. Se lo voy a reparar.

La mujer se limpió una lágrima con el dorso de la mano. Se dio vuelta y volvió con los caballos.

Logan caminó hacia la puerta. Metió la llave en la cerradura, empujó la puerta y

entró despacio.

Ahí estaba la mesa donde se sentaban los tres a comer, la cafetera vacía, las flores secas en los frascos que él decoró en su noche especial.

Caminó hasta la nevera. La puerta blanca estaba vacía. El imán seguía ahí, pero el dibujo de Noah no. Isabella se lo había llevado, se llevó el dibujo de la casa con el tejado torcido, a Noah con el sombrero ranchero, a ella con el pelo largo, y al hombre alto con la camisa de cuadros que tenía la palabra papá debajo.

Logan tocó el imán con la punta de los dedos.

Subió la escalera. El cuarto de Noah primero, abrió la puerta y el golpe fue físico, como un puñetazo en su estómago que lo dejó sin aire.

El estante estaba vacío. Los dinosaurios no estaban, los dibujos de la pared tampoco. La cama tenía el edredón azul pero sin la pelota al lado de la almohada, sin el peluche de cocodrilo.

Noah se llevó lo que más quería.

Logan se quedó parado en la puerta mirando la cama vacía.

Hijo—pensó—. Voy a traerte de vuelta. A ti y a tu mamá, y te voy a poner tantos dinosaurios en ese estante que no van a caber.

Fue a su cuarto, al cuarto de los dos.

La cama estaba hecha, la colcha estirada, las almohadas en su lugar. El armario entreabierto. Lo abrió, el lado de Isabella estaba vacío. Sin blusas, sin jeans, sin la bata vieja. Se había llevado casi todo.

Pero el vestido floreado seguía ahí.

Colgado al fondo, solo, con las flores rojas y amarillas sobre el fondo crema. El vestido de la feria, el de la noche de las velas.

No se lo llevó.

Logan lo sacó del armario. Lo sostuvo un momento entre las manos. La tela ligera, el olor a ella que todavía le quedaba en los pliegues. Lo volvió a colgar donde estaba.

En su lado del armario, las camisas de cuadros seguían ahí, todas. Las que le prestaron los vecinos, el sombrero de paja, las botas. Isabella las dejó como si guardara el lugar de alguien que iba a volver, o como si no hubiera podido tocarlas.

Cerró el armario, se acercó a la cama, se sentó en el lado de Isabella.

La mesita de noche estaba vacía excepto por la almohada de él.

La tomó y vio la mancha. Una marca oscura en la funda blanca, en el centro exacto donde alguien hundiría la cara. Rímel corrido por las lágrimas, seco, impreso en la tela como una huella.

Isabella había llorado contra su almohada. Noche tras noche, con la cara hundida en el lugar donde él dormía, buscando su olor, buscándolo a él.

Logan apretó la almohada contra su pecho. Cerró los ojos, y cuando los abrió, tenía los ojos rojos pero una determinación que le llenaba el cuerpo entero como una corriente eléctrica.

Se levantó. Dejó la almohada en la cama, y bajó la escalera.

Tenía cosas que hacer.

.

.

Encontró a los vecinos en la plaza.

No los tuvo que buscar. Estaban ahí, como si lo hubieran estado esperando. Tomás sentado en uno de los bancos del roble con Elías y Miguel a su lado. Don Aurelio, Rosendo apoyado contra el poste de la luz, Rosa y Marta en la puerta del almacén. Doña Carmen y Florencia.

Todo el pueblo reunido. Como la noche en que Isabella les contó el plan de la venganza por primera vez.




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