Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Frente a frente

Isabella bajó del taxi a las seis y cuarenta de la tarde.

El auto la dejó al inicio del camino de tierra, donde la carretera asfaltada terminaba y empezaba el mundo que ella había dejado atrás hace días. Le pagó al conductor con los billetes contados que le quedaban en la billetera, se colgó el bolso del hombro, y le tomó la mano a Noah.

—Vamos, mi amor.

Noah no contestó. Miraba el camino de tierra con una expresión de tristeza y añoranza.

Caminaron. Isa venía a firmar una venta. Eso era lo que le dijo la corredora por teléfono: un empresario interesado en la propiedad, una oferta de dos millones de dólares que era tan absurdamente alta que ella creyó que había escuchado mal y pidió que se lo repitieran tres veces. La condición era que ella firmara en persona, en la granja, al atardecer.

Era una condición extraña. Pero dos millones de dólares era una cifra que no le permitía cuestionar nada. Con ese dinero podía darle a Noah una vida nueva, una casa de verdad, un colegio bueno, un futuro que no dependiera de gallinas y vacas.

Así que tomó un tren de vuelta, después un taxi, y ahora caminaba por el camino de tierra con su hijo de la mano y una carpeta con los papeles de la venta en el bolso.

No trajo la maleta, no venía a quedarse. Venía a firmar, a despedirse de la casa una última vez, y a irse.

El pueblo apareció. Las primeras casas, la plaza con el roble, el almacén, ya cerrado a esa hora. Todo igual, todo exactamente como lo dejó.

Pero algo estaba raro. No había nadie en la calle. A las siete de la tarde de un día de semana, el pueblo siempre tenía gente afuera. Don Aurelio barriendo la vereda. Los niños jugando en la plaza, las señoras hablando en las puertas. Sin embargo, esta tarde la calle estaba vacía, las puertas cerradas, las ventanas con las cortinas corridas.

Isabella frunció el ceño.

—Mamá, ¿Dónde está la gente?

—preguntó Noah.

—No lo sé, mi amor.

Siguieron caminando. El silencio del pueblo le daba una cosa extraña al aire, como si todos se hubieran puesto de acuerdo en algo que ella no sabía.

Lo que Isabella no veía, porque no estaba mirando, eran las cortinas que se movían a su paso. En cada casa, detrás de cada ventana, una cara asomaba. Don Aurelio desde su sillón, con los ojos fijos en la calle a través de un hueco entre las cortinas. Marta pegada al vidrio de su ventana, tapándose la boca con la mano. Marta con la puerta entreabierta, con la luz apagada para que no la vieran.

Tomás estaba en la esquina de su casa, aplastado contra la pared, asomando la cabeza apenas. Elías a su lado, estirado de puntas de pie para ver por encima de la cerca. Miguel parado detrás de un árbol con los brazos cruzados, invisible como siempre.

Florencia estaba en la ventana de la casa más cercana al sendero de los árboles, con las dos manos juntas frente a la boca, rezando en silencio algo que solo ella sabía.

Todo el pueblo mirando, todo el pueblo conteniendo la respiración.

.

.

Isabella tomó el sendero de los árboles.

Noah caminaba a su lado en silencio, agarrándole la mano con una fuerza que no era normal en él. Miraba los árboles, el camino, las piedras, como si estuviera reconociendo cada uno y guardándolos en la memoria por si no los volvía a ver.

De pronto la granja apareció al final del sendero.

Isabella se detuvo, algo estaba distinto.

La casa no estaba oscura como la dejó. No estaba cerrada con llave ni con las ventanas selladas. Desde donde ella estaba, a cincuenta metros, podía ver algo que no debería estar ahí.

Una luz.

No era la luz de las bombillas que Logan había arreglado en el granero. No era la luz eléctrica de la cocina. Era una luz más suave, más cálida. Una luz que se movía detrás de las ventanas como si estuviera viva.

Velas.

La casa estaba iluminada con velas.

El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.

—Mamá —dijo Noah, apretándole la mano—. Hay luz.

—Sí, mi amor. Hay luz.

—¿Es el comprador?

—Supongo que sí.

Pero no lo suponía. Algo dentro de ella, algo que no era pensamiento sino instinto, se había encendido con la misma fuerza que las velas que brillaban detrás de las ventanas.

Caminaron los últimos cincuenta metros.

Cada paso más lento que el anterior. Sentía las piernas pesadas, no de cansancio sino de algo que se parecía al miedo y a la esperanza al mismo tiempo, dos cosas que no deberían poder existir juntas pero que le ocupaban el pecho entero.

Llegaron a la puerta, estaba entreabierta, y de adentro salía un olor que Isabella conocía con los ojos cerrados.

Liebre. Guiso de liebre con ajo, cebolla, zanahoria y papas. La receta de su madre. El mismo olor de aquella noche de las velas, de la primera cena que cocinaron juntos, del estofado que Noah dijo que sabía igual que cuando cocinaba la abuela.

A Isabella le empezaron a temblar las manos.

—Mamá. Huele a la comida de papá.

Ella no contestó, no podía. Tenía la garganta cerrada y el pulso latiéndole en las sienes.

Empujó la puerta.

La cocina era un sueño. Las velas estaban en todas partes. En la mesa, en la repisa de la ventana, en el borde de la chimenea, en los estantes. Decenas de llamas pequeñas que llenaban el espacio de una luz dorada.

En la mesa, tres platos, tres servilletas, tres copas de cristal. Una botella de vino oscura en el centro. Frascos con margaritas blancas repartidos entre los platos, el pan cortado en rebanadas, la fuente con la liebre dorada, las papas, la ensalada.

La nevera tenía algo pegado con el imán.

No era el dibujo de Noah, era una foto.

Isabella la vio desde la puerta; mos tres. Logan, ella y Noah. Tomados de la mano en la feria, con las luces detrás. Noah en el medio con la pelota, ella riéndose, y Logan mirándola a ella.

Isabella se llevó la mano a la boca, y en ese mismo momento lo vio.




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