Logan dio un paso hacia ella.
Isabella dio medio paso atrás.
Él se detuvo. Extendió las manos hacia las de ella, despacio, con las palmas abiertas.
Isabella las miró. Las manos que le habían acariciado la mejilla en la oscuridad, que le habían preparado el café cada mañana con dos cucharadas de azúcar.
Se las quitó.
Retiró las suyas y las cruzó sobre el pecho, como un escudo.
Las lágrimas le caían por las mejillas sin que hiciera nada por detenerlas.
—No hagas eso —dijo, con la voz rota—. No me tomes las manos, no me pongas velas, no me cocines la comida de mi mamá. No hagas eso, Logan.
—Isa…
—Tienes una prometida. Lo vi en la televisión. Lo vio todo el mundo, lo vio mi hijo, en el colegio, de la boca de un compañero. ¿Tienes idea de lo que fue eso?
—Isabella, escúchame.
—¡No! No quiero escucharte. No puedo. No puedo dejarte entrar otra vez para que me destruyas otra vez. No me queda nada, Logan. No me queda nada que romper.
Logan no retrocedió.
No bajó las manos, no desvió la mirada. Se quedó exactamente donde estaba, con las palmas abiertas y los ojos fijos en los suyos.
Y habló. Con la voz más baja que pudo, con una calma que no era frialdad sino lo contrario, era el esfuerzo de un hombre que necesita que cada palabra llegue a su corazón.
—Isabella, tú eres mi esposa. La mujer de mi vida, y fuera de ti no hay otra. Nunca la hubo.
—La televisión…
—La televisión mintió. Esa mujer mintió, y yo puedo probarlo.
Isabella lo miraba temblando. Todo el cuerpo le temblaba, desde las manos cruzadas sobre el pecho hasta los labios que apretaba para no sollozar.
—Pero antes de mostrarte las pruebas —continuó Logan—, necesito decirte algo. Algo que debí haber dicho hace mucho tiempo. Algo que cambia todo.
—¿Qué cosa?
Logan respiró hondo. Un segundo, dos.
—Recuperé la memoria, Isa.
Isabella parpadeó.
—¿Qué?
—La recuperé, hace semanas. En el gallinero, cuando me golpeé la segunda vez. Desperté en el hospital y recordaba todo. Mi nombre, la empresa, mi madre, Marcus, todo.
El color se le fue de la cara.
—¿Semanas?
—Semanas. Antes de que mi madre viniera a buscarme. Antes de la tormenta, antes de la noche de las velas.
Isabella retrocedió hasta tocar la pared con la espalda. Las piernas le fallaban, se apoyó con las dos manos contra la madera como si necesitara que algo sólido la sostuviera.
—Sabías.
—Sabía todo.
—¿Sabías que no soy tu esposa?
—Sí.
—¿Sabías que Noah no es tu hijo?
—Sí.
—¿Sabías que te traje a la granja para vengarme?
—Sí, Isa. Lo sabía todo.
Ella se tapó la boca con las dos manos. Le salió un sollozo que pareció arrancarle algo del pecho.
—¿Y te quedaste?
—Me quedé.
—¿Por qué?
Logan la miro. Con todo lo que tenía, con los ojos del empresario que la vio entrar por primera vez a una oficina con una carpeta bajo el brazo, con los ojos del granjero que aprendió a cocinar su receta, con los ojos de un hombre que vivió dos vidas y que en las dos la amó sin saber cómo decirlo, y habló:
—Porque te amo, Isabella. Y no te amo desde la granja. No te amo desde que perdí la memoria. Te amo desde antes, desde mucho antes.
Isabella lo miraba con los ojos desbordados.
—Te amo desde el primer día que entraste a la oficina. Yo estaba en la sala de reuniones, revisando un contrato que no me importaba, y tú cruzaste el pasillo con esa carpeta y el pelo recogido y una seguridad en el paso que me dejó sin aire. Me quedé mirándote como un idiota hasta que desapareciste al fondo del pasillo, y cuando me di vuelta, Wilson me estaba hablando y yo no había escuchado una sola palabra.
Ella apretó las manos contra la pared.
—Desde ese día no pude sacarte de mi cabeza. Cada mañana, cuando llegabas a la oficina, el corazón se me aceleraba como si tuviera diecisiete años. Cada vez que pasabas cerca de mi puerta, sentía tu perfume y se me cortaba la respiración. Cada vez que levantabas la vista y me mirabas, yo tenía que apartar los ojos para que nadie se diera cuenta de lo que me pasaba.
—Logan…
—Y en vez de decírtelo, en vez de caminar hasta tu escritorio y decirte que me volvías loco, que no podía dejar de mirarte, que eras la mujer más extraordinaria que había conocido, hice lo contrario. Te traté mal, te humillé delante de tus compañeros, te devolví informes perfectos con marcas rojas que no merecían. Te desconté el veinte por ciento del sueldo por un error que no era tuyo. Dejé que se rieran de ti y no los callé.
La voz se le quebró.
—Porque no sabía, Isabella. No sabía cómo tratar a alguien que me importaba. Mi padre murió cuando yo era muy pequeño y nadie me enseñó después. Mi madre me enseñó a ser fuerte, a ser duro, a no mostrar lo que sentía. Me enseñó a ganar, a competir, a sobrevivir en un mundo de tiburones. Y cuando apareciste tú, cuando sentí algo que no podía controlar, lo único que supe hacer fue esconderlo detrás de la crueldad. Porque ser cruel era fácil, ser vulnerable me aterrorizaba.
Isabella lloraba en silencio contra la pared. Las lágrimas le caían sin que las limpiara, bajándole por el cuello, mojándole la blusa.
—Cada noche llegaba a mi mansión y me sentaba solo en un sillón, y pensaba en ti. Pensaba en tu rostro cuando yo te devolvía un informe con un comentario seco. Pensaba en el dolor que te vi en los ojos cuando les dije a todos que eras solo una contadora. Pensaba en lo que debería haber dicho y en lo que no iba a decir nunca.
Dio un paso hacia ella.
—Y después perdí la memoria, y desperté en tu granja, sin saber quién era, sin saber quién eras tú. Y me enamoré de ti otra vez. Desde cero, sin recuerdos, sin esa maldita armadura que llevé puesta toda la vida. Me enamoré de la mujer que me enseñaba a ordeñar vacas con una sonrisa escondida. Me enamoré de la mujer que seguro se burló la primera vez que anduve en carreta y vomité. Me enamoré de la madre del niño que le ponía curitas de dinosaurios a mi venda.